martes, 10 de enero de 2012

MAÑANA DE ENERO.


A nada que observes, te darás cuenta que abunda la simetría en todo lo que puedes ver.
Incluso en la oscuridad  hay otra parte igual de ti, está en el otro extremo, imaginada.
El que ha segado una vida no se ha dado cuenta que el cuerpo asesinado tiene dos partes idénticas. El guerrero que ha muerto es una figura, un trazo, cruzadas las piernas, los brazos debajo del pecho.
La fruta abierta. El humo cálido de las arenas.
Me sabe mal que no te des cuenta al mirar las hojas de los árboles, cualquier nube pasajera tiene otra parte, los dibujos  del agua. Arrímate a un espejo, si te alejas, te vas al final del mundo donde la soledad más extrema se refleja ya sin profundidad.
Tú a ambos lados. Conmigo en muchos recuerdos de colores. De manos en forma de plumas que acarician y te ponen otra piel.
A nada que me mires me verás dos veces en ti cumpliendo un paradigma.
Abrazarte y amarte, subir con mi boca sobre ti, y bajar sobre ti por un camino diferente,
al mismo sitio, y mirarte horizontal, infinita, desde donde me oculto, como otra parte antagónica, simétricamente  -una locura de  semejanza-.
A nada que digas que  se haga el silencio oirás al gran Señor maravillarse de tanta belleza, y de tanta paradójica tristeza -y así: amor, odio; y así, y así: abierto, cerrado-.
Poder amarte después del tiempo, sin las leyes que rigen la naturaleza.
Esperarte, ya viejo, repartido contra el respaldo de una pared azul de un asilo, en una  mañana de enero.
Viéndote al otro lado del espejo, señalándome con tu mano.
-Al Mensajero le he dicho que me esperes.
No puede ser que esto se acabe aquí, si abunda la simetría en todo lo que puedo ver.
No puede ser si te he amado tanto.
 Si aún te veo ahí, en el lado tupido de un cristal,
de una gélida  mañana de enero.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

bello.
Raul

Anita Noire dijo...

Es preciso Kenit. bss