martes, 3 de enero de 2012

NO HUBIERAN VISTO NADA.



Señor  Sargento:
La mañana era como si se hubiese salido de madre. Había polluelas pintojonas asustadas, y algún milano dando tumbos por los peñales del Bustio. Pero lo que me asustó mucho fue aquel buitre negro despellejando una  cabeza de becerro sobre los juncales del Calamón, según bajaba hacía el pueblo.
A mi los ratoneros ni las garcillas no me parecen de mal agüero.

Me las puso Jamín, el de la ferretería  la Aldaba, sobre la carroceta, y volví a subir.
Le había dejado dos de butano y tres de camping gas encima de la repisa de un horno en desuso, y me dijo, pasa Antón, tengo orujo de la Ribera de Poncianes, es de mezcla de pulpa de uva y de manzana reineta, está más fuerte que aguarrás.
Me sacó una botella mediada que había sido de anís del mono, de las de jácara y zambomba con tenedor.
Me senté en un taburete de la cocina. Me arrimó la copa, y me la llenó cinco veces, o más, no recuerdo bien.

Pasó el tiempo.
Arrumbaba una carinegra desde los berzales, como hablando.

Pasaron tres bandadas de alondras; se arremolinaban los vencejillos en el nido de los aleros sobre la ventana; entraron tres pitas rebuscando por el suelo y se asomaron a la puerta de la cocina. Por la ventana tapada con tela metálica veía agitarse los laureles de la huerta dando tumbos a un lado y al otro; y sentía sisear el viento filtrándose por las losas del tejado como alma en pena.

Para aquella a la botella de orujo le quedaban tres dedos desde el culo.

La veía trajinar con una pota de cachelos sobre el fuego, les ponía cimos de nabo y dos trozos de panceta. Y me viene entonces con la mano sobre los pelos del pecho. Les dio vueltas como si hiciese una coleta, y me dio aquella cosa por la pernera.

Yo la avisé.

Le dije: abuela Paula, si se la meto la voy a descoyuntar, se le caerá la dentadura. Métemela, Ulpiano –me dijo, eso me dijo, que me muera aquí ahora mismo-.
Ella me había hecho una paja dolorosa como sólo pueden hacerlo las abuelas, muy rápido, tirándote mucho del pellejo hacía abajo, pero me la puso como un tarugo de madroño. Se me arrimó de pie al dorado de la cocina con el sayal levantado y las bragas en el suelo. La pícara me la había dejado al punto de correrme con el frenillo estirado y el capullo como flor hermosa. Se la fruncí hacía arriba sin miramientos. El choto aún parecía que lo tenía algo húmedo, le olía a cuajada y a raíces de abrevadero. No sé cuantos badajazos le di, perdí la cuenta, le daba sin piedad como si arrimara cordal de carro yerbero. Ya ve que tengo espaldas para arrimarla bien a joven (más a una vieja como la señora Paula). Pero, señor Sargento, es verdad que le di con fuerza hasta que me entró el tembleque y me salió la leche, no la maté de otra forma, no piense mal, la maté a pollazos, mírenle allí dentro, todavía estará la nata del último arrimo. Recuerdo que tuve que desengancharla como si fuera una gabita de mazorcas en el hórreo, se la saqué aún dura. La hubiera entrado otra vez pero se cayó de bruces contra el suelo.

Yo la avisé.
Mira que se lo dije.

Las pitas seguían por allí picoteando entre las junturas de las losas. Vinieron dos abejeros como si persiguieran algo .Terminé la botella con calma, tapé a la abuela con una arpillera de patatas y me vine para el cuartel con la carroceta.
Ahí tengo para el ferretero las botellas del butano vacías, de vuelta.
Yo no la maté, Sr. Sargento, se murió del gusto y de estar tanto tiempo sola.

Por allí andaban unas primillas hembra como si no hubieran visto nada.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Todavía sigues guarro GILIPOLLAS