miércoles, 25 de enero de 2012

REZA ALGO, POR DIOS.


En la calle unos niños están jugando. Cuentan desde diez hacía atrás. Pienso que cuando lleguen a cero, no sé que pasará. Me escondo.
Así que todos estamos a merced de este puñado de imberbes.
Tanta dialéctica para acabar pendientes de un conteo negativo.
No soporto no saber, no saber, no soporto no adivinar, no soporto no saber, que bragas tienes puestas ahora, cómo te marcan, no soporto no saber cómo son tus bragas, no soporto no saber que bragas te pondrás cuando lo vayas a ver a él.
Hija de la gran puta.
Un día se me abrió de piernas. Todo aquello era para mí. Los niños, recuerdo, empezaron desde ocho millones abundantes hacía abajo, y yo me quité la dentadura, las dos, la de arriba y la de abajo.
Le comí el coño, sólo lengua y encías mucho más suave que el culito de un bebé.
Se retorcía. Me decía, hay Chusquito, me haces volar. Yo para ciertas cosas llevo el ritmo del bolero de Ravel (tararealo), así, a ese son, se lo hacía a ella con mi boca.
Los niños contaban y contaban, hacía atrás. El final nunca llegaba. Se dilató por primera vez cuando iban más abajo de doscientos ochenta y ocho, de los ocho millones abundantes hacía abajo. Los niños nunca pensaban que llegarían hasta cero, y con tres añitos (apenas) se angustiaban. Sentí esa leve vibración armónicamente acelerada de su botoncito, mi bolero proseguía, incansable, sus caderas se movieron como una barca por el oleaje de otra barca, y luego me apretaba hacía arriba follándose mis encías, cuatro movimientos bruscos. Pongo algo de paisaje. He de decir que estaba de plenilunio, el cielo impermeabilizado por una cubierta de celofán irradiado por un atardecer suave repleto de colores. El sol desaparecido detrás de su oquedad, unas montañas que tapaban otro paisaje detrás de las montañas, otra oquedad -no sé ciertamente si había aves-. Fueron trescientos mililitros de flujo (aproximado) (eso), soltó un chorrito hasta mis amígdalas. Digiérase para mi gusto que era como un sabor a eucalital a Peppermint , a salmonete con destiempo, a miel de la Alcarria con un toque de anís de Chinchón, aromas de butifarra con pelusina. Y ella nunca como hoy, me dijo, tus encías son de suave margarina. Las sábanas estaban con resplandores de luz por los limos transparentes. Vi que me miraba levantando levemente la cabeza, aprecié desde mi sumisa postura sus ojos asomados sobre sus tetas, y vio mi boca en forma de chocho, los labios ondulados, las dos partes de mi dentadura sobre la colcha, y la hija de la gran Chingala va y me llama cerdo, y aún toda húmeda, se viste y se va dando un portazo.
Repito, qué hija de la gran puta.
En la calle los niños están jugando.
Los niños van en diez. Ha pasado una eternidad y ya tienen barba.
Contar desde ocho millones hacía atrás es mucho mucho mucho.
Yo deambulo buscando mi dentadura.
Cuando lleguen a cero me taparé los oídos.
Reza algo, por Dios.









4 comentarios:

BRUXINA dijo...

jejeje... amén

Anónimo dijo...

vuelves con tus cerdadas, judio de miera?????????????????????........

KENIT dijo...

De verdad, muchas gracias.

Bosie Douglas dijo...

Volver al pasado para masoquearnos, porque siempre hay atrás una o un hijo de puta como decís vos que nos hace perder la cabeza... me pasa seguido... bastaaante seguido