domingo, 8 de enero de 2012

ÚLTIMO SABOR.


Algunas veces por la boca hay algo que te sabe dulce y no sabes lo que es.

A Bernasito lo que más le gustan son los lacasitos y los caramelos de goma de colores, los afrutados a limón algo amargos, así, blanditos mojados en azúcar. Le hacen mirar con cara pícara de viejo listo. Suelta babonas viscosas, y cuando bajamos por la Rua Armorica hasta las murallas romanas, va estirando la mano como si quisiera decírmelo con sus gestos. En Guayambe a los viejos lelos los llamamos ricochos, pero yo a Bernasito le he cogido mucho cariño, ya es un año de acarreármelo.

En la politécnica salesiana saqué educación parvularia, y a Don Eudes Casielles, el hijo de Bernasito, como que le atrajo porque dice que se ha vuelto como un niño de cuatro años que aún siente los sabores y los colores. Yo  lo noto al llegar a la quiosquera de Fontiñas, mueve las manos como si dijera albricias de niño con su vayvén. Sus reflejos de condición le dicen que le voy a dar los chuches, por eso suelta aquellos limos espesos que le caen por la barbilla.

El viernes me dijo la Chanta: Perucho, necesito hablar contigo, hay cosas de allá, vente para acá aunque sea con el viejo.

La Chanta, las dos Gayambesas, la Peruana, y la de Petare tienen la casa de putas en el Paso del Horno, en el recodo de la muralla, donde el Alcázar. La casa tiene muchos años, y no hay ascensor. Para subirlo nos ayudó Eusebio que echa horas con ellas de petero, y además es cuidacoñero y ñeta. Cuando estaba allí le puse los lacasitos en la mano, pero los dejó caer de lo insistente  que miraba las pantorrillas de la peruana, y se lo digo a la Peru, métele la mano que a Bernasito fijo que se la sacas dura. Aquello fue una risa de pencos, y acabó en apuesta. La peruana se mojo la mano en crema de suavizar los chotos, y Bernasito descapulló en menos de ocho minutos, poniendo una cara como si le hubiera caído el espíritu santo. Yo me gané los veinte eruritos.


Cuando lo bajamos a la calle llevaba una cara muy feliz y la bragueta abotonada a destiempo. De vuelta, cuando pasamos por la Fontiñas, se merecía chuches, le compré regaliz de fresa y se lo dejé chupando hasta que acabamos la Rua Armorica, que se los quité de la boca. Don Eudes siempre dice que le ponen más insulina de lo normal, y que el azúcar no le baja. A Bernarsito el azúcar de los chuches le pone la vida dulce , sinodequé.

Si te mueres decentemente nunca sabes cual es el último sabor.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

eSO ES LUGO.
eXTRAÑO ESCRITO.
fonsa

KENIT dijo...

Hola, Fonsa. Si que es lugo. La hermosa Lugo cubierta de pizarra.
Gracias por leerme. Un saludo.