sábado, 11 de febrero de 2012

LA NARANJA.


Antes de separarse la luz de la oscuridad.
Ya existía la respiración.

Antes de juntase las aguas por debajo del cielo.

Ya existía la angustia.

Antes de que  el amor y el odio se propagasen.

Ya te esperaba para apretarte contra mi.

Estaba sentado pelando una naranja con un plato en mi regazo viendo como pasaba la gente por la calle, los trocitos de piel dentro del plato, y aquel olor a naranja que podía oler tan intensamente y que salía de mi plato.

Había una libélula medio inconsciente con cuerpo de mujer y le hablé, la sacudí, le grité, la pellizqué suavemente, comprobé si su pecho subía y bajaba, puse mi cara sobre su boca para sentir el aire de su boca sobre mi mejilla, no tenía signos de vida, así que la puse lateralmente aplastando sus alitas derechas y abrí su boquita por si tenía restos vegetales o algún insecto de agua muerta de pantano, le tuve que extender el cuello, y elevarlo lentamente, sus ojos de mujer libélula permanecían cerrados, y así, casi sin esperanzas, empecé a realizarle compresiones torácicas al ritmo que me daba mi entender, al mismo tiempo presioné sus pequeñas fosas nasales, y empecé a besarla soplando dentro de su boca, se elevaba su pecho cada dos o tres segundos, pero la mujer libélula parecía que no tenía vida, y era todo muy extraño, que la mujer libélula estuviese sobre el cristal, que me oliese a naranja, y que la gente que pasaba por la calle llevase los hombros caídos, de esa forma en que se camina pensando sobre los tristes problemas de la vida.

El cielo parecía despejarse.

Yo con la naranja. Dejaba un rastro de naranja, y entonces me siguió oliendo a naranja como solamente pueden oler las naranjas. Yo ya sabía eso porque había comido muchas naranjas.
Una vez que abrí los ojos vi aquel peruano colgado de un arnés, una cuerda antiácida, retráctil, un mosquetón sujeto al arnés, otro mosquetón cogido a dos cuerdas que bajaban por no sé donde, sentado sobre una sillita de madera, colgado un cubo de su cintura, con un gran rollo pintándolo todo de azul. Sí, lo vi, descender pintándolo todo de azul, de un tono añil, y cuando estuvo frente a mi me miró muy fijo a los ojos y quiso reírse suavemente como se ríen los peruanos juntando los ojitos, y entonces le enseñé mi libélula cogiéndola por las alitas, y al peruanito se le puso la cara triste, y siguió pintando, lo venía pintando todo de añil y todo quedaba del color añil.

Llevar horas aquí y aún seguir recordando. Mover levemente los visillos y ver otro edificio, y un poco del cielo por una parte en que no hay edificios, y sólo está el cielo ahí, el cielo ensimismado sobre mi.
Acaso nunca has machacado una naranja con tus dientes y con tus muelas y en algunos casos con tus encías. Acaso cuando aprisionas los gajos de la naranja no has sentido su jugo recorriendo tú boca por donde te queda la parte del sabor que tienen las cosas, e interpretas, no te imaginas, interpretas que comes la naranja de todos los días a las once de la mañana, y que eso es un recuerdo, que un recuerdo es cada naranja que comes.

En agosto mariquitas y libélulas. En las dalias haciendo de mineros muchos mosquitos. De vez en cuando me funcionaba la memoria. Mi padre apagaba cal dentro de un cráter lleno de agua, y yo removía con un palo, y sobre mis sandalias, a mis deditos les caían gotas de cal que quemaba, y se ponía dura y blanca. Luego un palo largo de una rama de avellano atada al sobresaliente de una rama deforme de roble, y en la punta una brocha con forma de cepillo, yo acercaba el cubo de la cal apagada un metro arriba un metro abajo, mi padre mojaba y lo iba pasando sobre la fachada de la casa, y como a los dos minutos se iba quedando blanco. Y todo esto era por la mañana, en agosto, antes de las fiestas.
 
Otras veces para que no me den ataques de pánico pienso en mí, sólo en mi. Pienso en mí dentro de todo, pienso en mí dentro del universo, pienso en mí en que navego y nunca encuentro el final, pienso en mí que estoy dentro de aquí, o aquí, pienso en mí y cierro los ojos. Lo mejor en los ataques de pánico es pensar que no existes dentro de nada -yo nunca estuve dentro de nada, no lo recuerdo-.

La libélula con forma de mujer está entre los pulgos de la naranja. Fue una mala resucitación, incluso, suponiendo que hubiera hecho una resucitación, tal vez la besé sin meterle aire, incluso, quizás le saqué el aire porque ahora que recuerdo veía que se hinchaba para dentro.

Mi madre una vez me contó un cuento y cuando le miré a los ojos vi en su iris una lacena de platos de loza. Me acuerdo que el cuento iba sobre una familia de enanitos que vivían debajo de una seta amanita casearía decorada como una amanita muscaria, con unas hermosas manchitas blancas que les había pintado mi padre y un peruano pintor de fachadas. Su casita era muy hermosa de forma ovoide, con muchas laminillas transparentes en el techo. Los enanitos tenían una cocina calefactora y los fines de semana hacían empanadas de caracoles. El cuento iba sobre una rebelión de caracoles que aunque andaban muy aprisa siempre los cogían. Y mi madre se dormía junto a mí, pero yo no me dormía y miraba a sus ojos cerrados y ya no veía una alacena de platos de loza blanca, mi madre movía ligeramente los labios y yo pensaba y pensaba que mi madre tenía alitas transparentes.

Una vez mi madre una vez mi madre una vez mi madre una vez mi madre una vez mi madre, que estaba muy cansada, me contó un cuento y se quedó dormida para siempre sobre sus alitas de libélula.
Ahora mismo mis manos huelen a jugo de naranja, y pienso que te esperaba para apretarte contra mi.

7 comentarios:

Anónimo dijo...

ME HA AGRADADO LEER TU RELATO.
ESCRIBES MUY BIEN.
LA POESÍA INICIAL ES SUBLIME.
(LAURO)-SEVILLA

Bandada de Palabras dijo...

Kenit libre nos hace libres.

Mar Galván dijo...

me encanta....

Didier Freitas dijo...

Tu principio me recordo a "Amorosa raíz" de Alí Chumasero, el relato es muy bueno.

saludos

La abuela frescotona dijo...

que linda lectura es como asomarse a un alma llena de recuerdos sin dirección que van del olfato al corazón de niño, donde estan presente la solidaridad y la soledad que se refugia en el recuerdo de un alado y amor maternal, te abrazo

Anita Noire dijo...

Naranjas :)

JOAQUIN DOLDAN dijo...

mi esposa ama las libélulas