miércoles, 8 de febrero de 2012

PARA EL DESENCANTO.


Desde el mismo momento en que has vencido en la batalla empiezas a retroceder hacía  la derrota.
Sin darte cuenta.
Alguna vez hubo algo. De alguna manera. No sé en qué parte.
Naces boca arriba o boca abajo para que te devore la vida.
Debes mirar.
Todo tiende a la decrepitud, en cualquier estado que lo observes:
suponiendo todo objeto en equilibrio, aún hay dudas.
Lo sólido, aún.
Lo líquido, aún.
Lo gaseoso en su trasiego de libertad, presuntuosa, evaporada.
Lo bello, aún.
En lo más extremo de lo que puedas imaginar nada se sostiene.
Irrumpe lo inestable hasta  conseguir el estado nulo,
y cualquier ciclo, cualquier ritmo, decae sobre si mismo.
Debes mirar, no apurarte.
En todo fenómeno observado de origen vertiginoso está el propósito de la lentitud.
Las manos de tantas veces acogerte sobre su pecho, las sinuosas caricias, los mismos besos. Decaen sin el resplandor de su nacimiento, hasta diluirse.
Y lo que era leve y grande y lleno de fantasía a la vez -en su extensión emocional-,
se vuelve un gesto pretencioso, usual, nimio, vulgar, fuera de toda hermosura.
De vez en cuando renace una llama con la ausencia. Un espejismo de luz que  no existe. Idénticas imágenes  quedaron marcadas  en el recuerdo, y dan una vuelta más en ese esperado reencuentro hacia el olvido, haciendo a tu ser amado un gran desconocido.
Tú.
Puedes preguntarte.
-¿Cómo se pude olvidar lo que un día  hasta el dolor  te llenó  de pasión?
Sabes.
Por una ley incierta todo empieza a abandonarte desde el primer segundo en que lo invades.
Debes mirar.
Desde el primer momento que aprietas otro corazón, este late más fuerte para fugarse.
Lo mismo que todo lo creado, huye en todas direcciones buscando la muerte.
Misteriosamente, no es una equivocación el desierto que avanza entre dos ciclos de plena avaricia.
En una alegoría de lo íntimo, podrías  vestirte con la piel de ser que amas, y aún así no llegarías a trasmitir un  leve roce a sus sentidos.
Sabes.
Los recuerdos que te estremecieron sólo cuentan para el olvido. Serán irreconocibles.
Todo lo que tus ojos alcanzan  de la eternidad no deja de ser una dudosa lejanía.
Y al fin.
En su ritmo, lo que innumerables veces se repite tiende a la monotonía previsible.
Yo creo que lo más inmediato es lo eterno, lo que puede durar acaso un día, una hora.
He de decirte.
Lo que aún no ha nacido no debería morir nunca.
No sé en que parte, aún, vas a nacer tú dentro de mi.
Pedirte unos segundos tan sólo, no es un tiempo previsible para el desencanto.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola, Kenit.
Te llevo leyendo desde hace dos meses más o menos.
Me parece grandioso como escribes.
Tampoco sé si publicas.
Este poema me gusta sobremanera, por lo que tiene de relativo con lo existencial y el desgaste del amor.
No he podido pasar sin decirte algo.
Un abrazo.
Nerea. Tenerife.

KENIT dijo...

Hola Nerea.
Me agrada que me leas y tus palabras.
Lo de publicar algo no ha pasado por mi cabeza, ni tengo fuerzas.
El papel de un eucalipto es una vida.
Sé que ahora el que emborrona publica.
Yo me conformo con emorronar aquí, es más leve y llevadero.
Un abrazo.

BRUXINA dijo...

me emocionaste !!!
lo sepas, besin