jueves, 22 de marzo de 2012

CUÁNTICA.


De todos los lugares que visitas siempre hay uno más frío.
Otro lugar que visitas tiene un cálido recibimiento.
Y otro te huele a confituras, a zapatos, a goma, a comida.
Si existe el desdén me encuentro en su punto medio.
Bajo sus influjos ausentes.
Mis ojos están en medio de un punto muerto.

Estábamos unos frente a otros, nos encontrábamos con los ojos una vez más de tantas veces, usualmente los domingos, sin nada qué hacer, habían bajado el día, alguien, para que estuviese allí, y había bajado con el día cierta claridad que asomaba por la ventana y caía encima de la mesa.

Se cumplía la paradoja: existía lo que olía.
Casualmente olía a potaje de garbanzos con bacalao.

Los garbanzos mezclados con el bacalao, el bacalao hervido, todo junto, humeante. Casualmente la cocina era un espacio habitado, todos juntos, y la abuelita.

Si ves nuestras manos boca arriba o boca abajo, son manos que llegaron hasta allí de aquella forma tan ruda cogiendo pan, cogiéndo los cubiertos, comíamos ayudados por cucharas y tenedores, y yo bebía vino tinto a morro y ellos agua en vasos de cristal.

Ella lo cocinaba bien todo, le ponía amor, los garbanzos era de lo mejor, incluso, con cualquier cosa que le dijeses de mezclarlos, imaginate, garbanzos con mejillones, te los haría, borboteantes los mejillones y los garbanzos, también.
Le dije: tú, todos nosotros, estamos hechos de átomos, somos átomos, los átomos son tan pequeños que si la tierra fuera como un garbanzo, un garbanzo de esos que está en tú plato, sería un átomo comparado con la tierra de forma de garbanzo, sí, sí,sí, así.

La abuela trituraba el bacalao con su dentadura postiza pegada al cielo de la boca con una ventosa, hebras de bacalao y les daba vuelta en la boca, y yo estaba dispuesto con el puño cerrado a darle en la nuca, a desnucarla, si no lo escupía rápido a donde fuese, incluso al suelo, pero lo tragó después de un sonido estertóreo.
Yo se lo dije a ella lo del átomo, y también le dije que por la siesta íbamos a follar, como sonaba lo de follar, se lo decía para que se sentase en el bidet y se hiciese las abluciones por si me daba por comerle el coño.

La abuelita es mi abuela no la de ella, es la mía, y no se muere aún.

Les dije a todos, epiciclamos, quiero decir que vamos en línea recta y luego damos vueltas sobre nosotros mismos, tú cuando vas al súper epiciclas, y el niño cuando va al cole, y yo epiciclo cuando recojo los tampax en los vateres de los edificios oficiales, o si el jefe me manda a la sección de desratización por las alcantarillas, epiciclando, las ratas aguaronas también epiciclan.
Y me da por mirarlos a todos, todos estamos hechos de átomos, muchos átomos todos juntos unos encima de otros ordenados, fluctuando, y en realidad no nos tocamos nunca, es una ilusión.

La abuelita rebanaba con el pan, le daba vueltas al pan limpiando el plato, y yo le escurría al vino a borbotones, la abuelita aún con hambre, y yo vi aquel ramallaje de bacalao enredado como maleza entre unos veinte garbanzos y un trozo de patata temprana, y se me vino Poncio Pilatos a la mollera y se lo puse a la abuelita en el fondo del plato, tan profundo, lleno de florecillas en el fondo.
Proseguía hablándoles.Los átomos con cargas electrónicas desiguales en su ultima orbita se llaman iones, tu tienes iones y yo también.
En un momento que miraba el plato, por decirlo, así me viene aquel rugido, no era el niño ni ella, era la abuelita como una madeja en el suelo agitando las piernas, epicclando, y mi mujer que se levanta para abrirle la boca, y yo que le digo, tu quieta, deja esa boca, que sea una boca menos.

Objetivamente hablando, no se puede determinar exactamente la posición de algo que se mueve a tanta velocidad y que es tan pequeñito. Si medimos la posición de un electrón con una precisión del orden del tamaño de un átomo, el principio de incertidumbre dice que no podemos conocer su velocidad ni su estado en un instante preciso. Cómo vas a medir con un metro de costurera la cabeza de un alfiler, sí,sí,sí,sí, eso les decía mientras el niño y ella lloraban porque en realidad no tenían ni puta idea de física cuántica, y la abuelita ya estaba medio muerta sobre el suelo.





4 comentarios:

Anita Noire dijo...

Los misterios de la física cuantía, es como el misterio de la santísima trinidad.
besos

Anónimo dijo...

¿nos llevas ventaja, Gran Lobo?
Salud, Camarada.

KENIT dijo...

No dudes que mucha.
Salud.

Damián Aguirre dijo...

Ni la física cuántica es capaz de develar los misterios de la vida, mucho menos los de la muerte