domingo, 18 de marzo de 2012

LAVANDEIRA.



Un pájaro perdido no sabe donde está su nido.
El silencio y la soledad del bosque te acogen.
No llevas tu alma.

Cuando mirabas el río Andunin desde la vuelta de Anxo, a eso de las ocho de la tarde del mes de junio, y el sol ya estaba acabando, lo veías tranquilo, lleno de ondas suaves con un color extrañamente rosado por la luz reflejada que le entraba de costado. Y cuando te ibas acercando y los robledales, y los rodales de castaños, se abrían para dejar verlo, los tonos cambiaban a otros colores entre plateado y azul, que iba quedándose totalmente claro, según de que lado lo mirases. Así lo veía yo cuando me senté unos instantes entre el monte bajo de brezo de color púrpra florido, resguardado por un grupo abedules cortos. Tenía las varas de avellano guardadas a pocos metros entre unos arbustos de espinera. Encendí un cigarro y me quedé mirando la hondonada del Xeixo, y como las golondrinas hacían zigzags vertiginosos a dos palmos del agua. Un poco más abajo el río se metía hacia dentro y recibía las aguas estrelladas que venían de la Peña Douro. Ahora no hacían ruido porque apenas se despeñaba el agua. Al mirar el cielo sólo había ligeras nubes empedradas con aquel tono tirando a rojizo que se anteponía a la anochecida. Pensé que Juvenal (el guarda), ya no debería de andar por la zona, y  saqué las varas, acercándome por un sendero angosto lleno de roca blanca, hacía una quebrada con pequeñas piedras de caliza que resbalaron bajo mis pies. Pase por entre robles, arces, olmos, y cuando llegué al castaño gigante de los de Beron pude ver el agua muy cerca agitándose suave sobre los restos de madera gastada y blanca, y contra las piedras pulidas de la orilla. Caminé unos metros hasta llegar a un recodo angosto, siempre solía armar en aquella zona, era profunda y resguardada, las varas se veían poco, y me parecía que la nutria no era dada a meterse tan profundo para comer las truchas. Empecé a dejar las varas sujetas por buenas piedras tapadas con ramos de castaño. Cuando llegué al Douro había armado unas sesenta y ocho varas con anzuelo y lombriz viva, enhebrada.
Siempre acababa la última vara aquí. Desde este lugar podía ver como la peña se metía hacía dentro, y sobre ella el desfiladero pronunciado de unos veinte metros, con el agua agitada deshaciéndose en espuma blanca. En este lugar del río el atardecer se acaba antes, la claridad parece amortiguada por las sombras de la vegetación que crece en sus bordes. Fue allí donde me paré y encendí otro cigarro. Ahora sentía cercano el sonido del agua que caía chocando sobre las rocas, sonidos como lluvia de goterón desprendiéndose pacíficamente sobre el río. Me quedé sentado en cuclillas, intentando distinguir las varas, mirando el ligero oleaje sobre los pedruscos desgastados. Las varas casi no se distinguían porque la orilla se difuminaba lejana hasta donde podía ver. La brisa ya era ligera y fresca. Miré al cielo de nuevo y ya era de añil oscuro. Cuando volví la cabeza hacía la peña, la vi allí arrodillada sobre una lasca de piedra inclinada que salía del agua; estaba allí, volviendo ligeramente la cabeza para mirarme con una leve sonrisa ; era como si hubiera estado allí toda la vida , y yo no me hubiese dado cuenta hasta este preciso instante. Al volverse de espaldas observé su chaqueta de lana harapienta, las manos extrañamente largas apoyadas en el suelo; y a su lado una cesta de mimbre llena de ropas manchadas de sangre. Por mi espalda corrió un escalofrío extraño, lentamente me puse de pie, me separaban unos pasos de aquella vieja que había surgido de la nada, con cara arrugada, y mirada mística (como si ya hubiera vivido un siglo), sus manos delgadas y huesudas restregaban, ahora, una y otra vez aquella ropa manchada. Permanecí unos instantes sin saber qué hacer, hasta que me decidí a caminar despacio, di hacia atrás unos pasos y estuve escondido en la maleza. Luego, sin pensarlo, corrí monte arriba despavorido, sin sentir el dolor de los zarzales, tojos y helechos arrastrándose al paso de mis rodillas. A mi cabeza venían pensamientos vertiginosos y sin sentido, razonamientos fuera de todo hecho natural (sin poder contestarme), me preguntaba una y otra vez que hacía allí, y por qué precisamente a mí, en esa atardecida de junio, se me tuvo que aparecer la Lavandeira al lado del río Andunin.

Los bordes de la luna eran suaves. Ella se hundió con facilidad. De toda la vida que el río acoge queda su resplandor.

3 comentarios:

delia díaz dijo...

he estado ahí, ahora mismo, y yo también la he visto

si cierro los ojos, aún la veo, mientras siento la sangre brotar por las heridas de los zarzales

gracias, Maestro

dejo aquí mi beso a tu sombra... y... abrázote, ergo sum

La abuela frescotona dijo...

la historia me recuerda a mi infancia, cazábamos nutrias para comer, pero a palos y cuchillo..
las historias como la que cuentas son propias de las zonas rurales, por aqui era "la solapa", hacia estragos junto con la "luz mala", la conciencia suele jugarnos la mala pasada cuando nuestros actos no son del todo buenos, saludos Kenit

BRUXINA dijo...

:)