domingo, 25 de marzo de 2012

DESVÁN.


Hay algo que gira y que casi se hace invisible.

Entre las gruesas losas entretejadas del desván había pequeños nidos de avispas y crecía el moho. Luego el aire entraba de aquella forma de silbo, y al subir y dar vuelta a la trampilla entrabas en un mundo inmaculado con un rastro de polvo posado sobre un desbarajuste de objetos. Percibías el rastro de los insectos por el suelo, y las telas de araña haciendo finos equilibrios sobre pontoncillos de madera llenos de polilla.

Hay veces que piensas que ya has vivido algo. No sé cómo se llama. Es una extraña sensación de apenas dos segundos en que la realidad tiene las tres certezas del pasado del presente y del futuro. Ocurre que algo que percibes despierta en ti una rara dimensión desconocida.

Recordaba los años transcurridos desde la última vez que había estado allí, sin tener una conciencia clara de cuándo había sido. Quizás lo que presentía en mi estómago, y en el peso extraño de mi espalda, era el principio angustioso del pánico que hacía revivir aquel espacio identificado en mi memoria.

Hay pensamientos que se vuelven como imágenes en blanco y negro; son como cine mudo que puedes percibir cerrando los ojos.

En primavera, con siete años, yo andaba a las cerezas y escalaba donde estaban los cuervos picoteando aquellas bolitas rojas abiertas y heridas por la lluvia, reventadas, con aquel resto marrón y transparente de miel dulzona de hormiga.

El valle estaba abajo y a mi madre me llamaba desde arriba. La casa recién pintada con cal apagada como dibujada entre el maíz. Yo bajaba del cerezo con agilidad pasmosa avezado a gatear hacía atrás con los bolsillos llenos a reventar de ramas cortadas al ras. Algunas veces me ponía sobre las orejas pendientes de cerezas, o las rumiaba despacio tragando las pepitas.
Luego era la estampida, correr pendiente arriba hasta agotarme.

Hubo un día de un mes de un año en que ya era de tarde, la misma tarde que ayer y antes de ayer en las dos primeras horas que marcan la siesta. Cuando llegué a casa mi madre estaba amasando pan en la artesa, la veía gesticular con sus brazos y levantar sus manos hacía la frente sudorosa con aquellos restos de harina apelmazada sobre sus codos. Cuando entré la vi así y no le dije nada, yo pensaba y pensaba, llevaba cosas de niño en la cabeza, y corriendo subí los escalones de una escalera de dos vueltas en caracol que iba hacía el desván.
Abrir la trampilla del desván era imaginarme los secretos de las cosas.

Y no lo sé. No sé lo que tienen los desvanes. Allí había vida.

Los desvanes tienen penumbra y tienen aire que sisea, patatas tiradas, mazorcas de maíz, apeos, cajas viejas llenas de recuerdos, y una pequeña claraboya en el mismo centro de sus dos vertientes así redonda y un cilindro de luz que se estrellaba sobre el suelo lleno de polvo que había despertado la corriente.
Y yo llevaba muchas cosas en la cabeza, buscaba una larga caña de bambú con una veleta de cuatro colores clavada sobre su punta.

Los niños cuando piensan en el próximo juego se absorben, imaginan, enmudecen.

Mis ojos se tardaron en adaptar a un pasillo estrecho y la tabletilla de madera sonó levemente mientras mi cabeza chocaba con algo extraño que colgaba. Miré hacía arriba y aún recuerdo el escalofrío, y mis piernas temblando. Mi padre estaba allí mirándome con aquellos ojos abiertos, inanimados, su cuello ladeado sobre una gruesa cuerda de carro que aprisionaba su nuca. Fueron dos o tres segundos. Percibí el leve calor de mi orina bajando a través de mis pantalones cortos, y luego su goteo por encima de mis pantorrillas.

Me agarré sobre sus manos llenas de manchones de cal y estiércol.

Acabo de entrar, y está el polvo y la cercha de madera y muy al fondo hay una caña de bambú y una veleta de colores parada con una misma vuelta en el tiempo.

Nunca espanté a los cuervos con mi caña de bambú y mi veleta. Hubo un tiempo en que en el valle de Senlla había flores blancas y cuervos que comían bolitas rojas y hormigas que subían presurosas por el tallo dejando un rastro de melaza, y niños que corrían y corrían, trepaban y trepaban, llenando los bolsillos de ramas con cerezas.

Ahora.
Queda un desván apenas observado y mis huellas y la cercha medio podre que sujetó la misma muerte. Y mis pies que reculan apoyándose sobre escalones endebles, y me cabeza sujetando una trampilla que se cierra para siempre.

3 comentarios:

Anita Noire dijo...

Los peores desvanes son los que sujetamos sobre los hombros.
Un beso, querido

Anónimo dijo...

EL DESVAN DEL lOBO.

BRUXINA dijo...

has hecho que me sienta niña, y que sienta el desvan, el olor, la escasa luz, todo... Me gusta :)