miércoles, 21 de marzo de 2012

SI FUERA MÁS DE DÍA.


-El lugar donde rendido te has dormido no es igual que en el que despiertas. Sin embargo, en el intervalo temporal no ha sucedido nada, no hay un nexo que una los dos estados. Toda la vida he estado eludiendo situaciones comprometidas, vagos fantasmas. Habiendo llegado a una estación desierta. En mi existencia casi no hay relato, sólo un recuerdo circunstancial. No puedo culpar a nadie, el asesino soy yo.

-Por una pequeña ventana una pequeña claridad.

Esta noche me desperté aquí. Y no sé por qué tengo tanto miedo. Siento el eco de pisadas que se alejan al fondo del pasillo. Y ahora lo comprendo todo. A las siete de la tarde me trajeron a este calabozo...

Le había avisado. Había días que subía hablar con él, hasta tres veces, a la nueve de la mañana, a las cuatro de la tarde, a las diez de la noche. Una vez subí a las dos de la mañana. Abría la puertecilla del trastero, encogido, y mostraba aquella cara con sonrisita conejera, “ya acabo”, “es un cajón de la cocina para mi hija la de Barruelo”. Fabricaba para toda la familia y allegados: cucharitas de madera, cestitas de mimbre con asas adornadas de fantasías, orlas, bastones de empuñadura con cara de águila, cestas de ropa. Sobre la pared, aprovechando la caída del tejado con velux, tenía innumerables herramientas cuidadosamente ordenadas. Al fondo, en un mínimo hueco, una sierra eléctrica para madera anclada en el suelo. Al otro lado de la puerta asomaba un banco con escoplos, baquetas, punteros, y una lijadora.

Desde que se fue mi mujer me pasé a dormir a la habitación de la niña. Aún me huelen sus muñecos. Allí se oye más. Primero golpes, puntas que se caen al suelo, la sierra comiendo la madera, el taladro, el escoplo rasgando, una radio a todo trapo. Y eso durante dos años, o un poco más. Pude haber subido más de cien veces. Enfilaba las escaleras en zapatillas, escogía el pasillo de la izquierda, y al fondo, distinguía la luz de su trastero como una luciérnaga debajo de la puerta. Algunas veces estaba acompañado de un crio de unos siete años. Abría la puerta, y lo mismo de siempre, “es una pequeña estantería para mi hija de Ponferrada”, “ya acabo”.

La cabeza es como una botella, se va llenando, y le vas dando vueltas y vueltas para que coja todo. Cuando llegas a la desesperación siempre te encuentras sólo. Nadie te dice eso que estás pensando será tu ruina, o sal a dar una vuelta a que te de el aire, o antes de hacerlo medita lo que es un hombre arruinado para toda la vida.

El martes pasado estuve en casa de mi primo Paco Toncho, el de la Hueria de Carrocera. Antes de comer tomamos unas sidras en una bodega que tiene arrimada a la casa. Tenía cuatro escopetas de caza colgadas dentro de un armario. Y empecé a pensar cómo hacer para que me dejara una.

Cuando el tarro está lleno de una sola idea, ya nada tiene solución. Te obsesionas, y no piensas en otra cosa.

Ayer salí del turno de noche a las 6 de la mañana. Serían las diez cuando un sonido rasgado se me metió por mi cabeza. Subí arriba. Le toqué en la puerta ligeramente con los nudillos, y disparé los dos cartuchos con postas de jabalí. Aún no me han dicho si también estaba el niño.

En esta inmovilidad no sé dónde ubicarme mejor para no tener tanto miedo.
-Si fuera más de día.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

huye, Gran Lobo.

KENIT dijo...

A salvo. Salud.

veronika dijo...

en mi existencia....casi SOY relato.