jueves, 31 de mayo de 2012

SEGUNDOS.



Deberías reflexionar si preguntas la hora a un desconocido.
Ante la duda y la sorpresa lo inmediato se presenta  en forma inexacta.
Entre el gesto de interpretar la pregunta y su mirada, y luego su amable contestación.
Ante la duda si es cierto su tiempo marcado. Las ilusorias marcas progresivas en que él cree vivir, dando por cierto su ritmo en la vida.
-Incluso, si su reloj estuviera en su pulso descompuesto, los gusanos horadando sus orbitas, existirían ciertas dudas en la certeza de su tiempo transcurrido-
El que te pregona el tiempo es un iluso, no alcanzo a sonreírme por vergüenza.
Debería quedarme quieto y dudar de su verdad.
Otear en qué dirección me propongo el desplazamiento. A veces harto de hacer el recorrido de los olores, del tacto, de los colores, de los sabores, o por otros lados, caminos polvorientos que me llevan a colinas lejanas por varias vías y direcciones que debo elegir.
Escogí hacer con mi navaja  un trozo de vara con una punta que apoyo en la tierra y que me sirve para rebuscar sobre piedras movedizas lo que se esconde a cada hora en esos mundos desapercibidos. En esa dirección en que por el verdor sospecho que se acomoda la humedad. Toda una vida allí, no hace falta asomarse mucho para ver ciempiés dando vueltas absurdamente sobre si mismos, sin comprender que la libertad empieza en la zona seca e infinita, y otros insectos cegados por la luz sin reposo, dando multitud de vueltas.
A otro desconocido le pregunté la hora, y fue lo mismo, sólo cinco minutos desde la última hora, con esas dudas de la mirada y el gesto de interpretar qué hora tenia él para decírmela a mi -sin duda inexacta-, afirmándome mucho los minutos. – Me dijo con énfasis los minutos. Desechados los segundos. No sé por qué razón todos obvian los segundos-
Pasaba un can famélico marcado los costillares, el hocico afilado, la cola curvada hacía arriba, husmeando mis zapatos. Pasó un carro arriero de ruedas de madera tirado por dos lentos bueyes,  sabiendo exactamente que  debía escoger hacía la izquierda por donde se veía un pueblo encalado con una alta torre de iglesia. Se reúnen a lo lejos los vencejos, los veo subir y bajar, los cuervos dando tumbos, las golondrinas con esa forma de volar en direcciones opuestas unas de otras, su pecho blanco.
Desde la ultima hora cuánto aún.
Con mi palo haciendo una figura aleatoria sobre el suelo, sin ningún fin. He de decidirme por qué lugar abordar la colina más lejana, sin nadie cerca para preguntar la hora en que he de partir, sin saber, si podré llegar a tiempo a tocar el cielo.
Es obvio que todos los segundos que me guardan en secreto, juegan en mi contra.


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