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Mostrando entradas de abril, 2026
 Cuando tenía cuatro años, mi madre posaba mi cabeza sobre sus enormes tetas. Yo me dormía al instante.Sentía aquel calor, el movimiento suave y acompasado de su respiración, el sonido de su corazón como un tambor lejano leve y caliente. Recuerdo que en aquel regazo no había miedo posible. Ni sombra. Ni futuro. Casi no había presente. Yo estaba locamente enamorado de mi madre. Tiempo después, aquel amor me dejó marcado por una extraña anomalía. Me salió una lengua bífida, capaz de enrollarse en espiral sobre sí misma. Besaba siempre dos veces. Era un prodigio. En condiciones normales, arrastrada por el pasillo de mi casa, medía cinco metros y doscientos ocho centímetros. Una barbaridad. Pero en los transportes urbanos, o en cualquier aglomeración pública repleta de seres humanos, mi lengua bífida se deslizaba aparentemente como una rama de yedra. Reptaba. Elegía a las hembras más apetecibles que llevasen faldas o pantalones amplios, y se deslizaba sigilosa hasta alcanzar sus hermos...
 El hilo de lo incierto A mí lo incierto siempre me ha parecido cosa que ha de venir sin previo aviso. Como el tiro que no oyes. Como la madre que muere mientras tú estás comprando el pan. Me llamo Ramón. A eso respondo volviendo la cabeza si me llaman, pero no sé bien quién llama ni si el nombre sigue siendo mío. Qué he de decirte en este nuevo día de febrero que me alcanza aún en fuga. Febrero: mes corto y desollado, como un animal que se arrastra hacia su propio fin. Siempre he sentido que lo incierto es, al final, la semilla de lo inevitable. Algo que llega sin aviso, sí, pero que deja su impronta en cada latido —como si el latido mismo fuese ya un eco anticipado del golpe. Así cada mañana me despierto sabiendo que mis ojos, tímidos ante el reflejo de la vida, deberán encararse con el misterio del porvenir sin demasiado temor. Pero lo hacen con temor. Siempre con temor. Porque esa obsesión compulsiva que me aprisiona no es otra cosa que la certeza de que lo incierto ya está aqu...

EL PEPINO PENERASTA.

El párroco, el padre Guixot, nos decía: «Hijos míos, el placer está en vuestro cuerpo. Abusad de él, pero confesadlo bien, que la culpa entra con vaselina, y se hace remordimiento». Luego nos daba tres padrenuestros y una mirada que no sabías si era de perdón, de advertencia o de deseo.Yo no distingo si lo que llevo en el alma es pecado original o de esos que vienen en bote con tapa de rosca.Ahora bien: si te metes un pepino por el culo, lo contagias. Eso lo decía mi señora. Mi señora, la Paquita. Mujer de carnes rotundas y ojos como aceitunas negras en salmuera. Con ella descubrí la botánica doméstica. Elegíamos los pepinos  de exportación, los mejores de Viladecans, y el mejor de los invernaderos: " El   Cogombre que consola" . Los de piel tensa pero fina y leve, no los de piel  como espalda de legionario. Los de exportación. Con etiqueta. Y aceites superfinos para el acabado final: aceite de almendra, de sésamo, de virgen extra y hasta de coche, si la noche se po...

ÁNGEL.

 Entre los chopos mustios del Retiro, bajo un cielo gris que olía a tierra mojada y a hojas podridas, ella estaba tan cerca de mí que me parecía imposible que hubiese ocurrido. El estanque, quieto como un espejo de otro mundo, reflejaba nuestra demora. Hay momentos en los que naces para eso —para esa cercanía inútil— y vives instantes en los que, ciertamente, el tiempo tiene la singularidad de la inexistencia. El viento no soplaba, los patos dormían sobre el agua turbia. Era el momento tan esperado desde hacía tanto tiempo que nada de lo que me rodeaba me importaba: ni los árboles desnudos, ni el otoño que se pudría en los bancos de piedra. Ficticiamente le miraba a los ojos, y se fue acercando; y yo también me fui acercando. Y cuando te acercas así, es como si fuerais a encontraros en el mismo meridiano de Greenwich, por cualquiera de sus alturas —un punto exacto donde la tierra se vuelve vértigo y la carne, un mapa sin coordenadas. Tuve aquella sensación que daba su boca y sus la...