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Mostrando entradas de octubre, 2025

"TRONO".

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  A qué nunca viste meter un puto piano por una ventana. Ni cumplirse esa paradoja del piano que se cae mientras tú sales por la puerta del portal. Y son dos pasos. Y el avance del piano. Y tu avance. En una secuencia interminable, un teorema de Zenón aplicado a la tragedia burguesa, hasta que varias notas de piano —un acorde disonante, un quejido de cuerdas destrozadas— suenan mientras se deshace y tú te salvas por medio paso. Ese medio paso que es la única diferencia entre la anécdota y el obituario. La vida entera es eso: esquivar por los pelos pianos que caen del cielo, pianos de obligaciones, de recuerdos, de la pesadumbre de existir. Son pensamientos extraños mientras espero en este trono de porcelana, el altar último donde el cuerpo confiesa su vileza y su triunfo. Este retiro es la única catedral que me queda. Mi compulsión mientras estoy aquí, agachado sobre el abismo figurado que me une al mar o a una cloaca, no es terminar, sino tener cojones para salir a la calle despué...

2 ESTRELLAS MICHELIN.

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He devorado un trozo de sentimiento como si fuera un solomillo poco hecho, a trocitos. La sangre de tu esencia, tibia y ferrosa, me ha corrido por la barbilla, un sudario líquido que secaba con el dorso de la mano sin ningún rubor. El acto no era de hambre, sino de conquista. Un sacrilegio íntimo. Me había sentado donde servían cosas realizadas con amor, un lugar que olía a promesa y a albahaca fresca, con un toque de comida llena de colores, como un Miró de viandas en una fuente plana llena de filigranas. Todo era tan bonito que daba asco. Rábanos como corazones miniaturas, purés que eran atardeceres, emulsiones que pretendían ser poesía líquida. Y yo, en medio de ese circo cromático, con un vacío que resonaba en las tripas como un tañido en una catedral vacía. Y como no había guarnición que valiera, te metí en el plato. Tú, con tu sustancia opaca y verdadera. No había nada más nutritivo, más primordial. Y estabas cojonuda, sí. Un manjar de una veracidad atroz. Te comí como si hubiera...

VAPOR.

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  Aristóteles y Platón, con sus juegos mentales de formas perfectas y lógicas estériles, lo jodieron todo desde la cuna. Le clavaron un puñal a la curiosidad y nos condenaron a dos milenios de escolástica y sermones. Luego vino Cristo, con su reino que no era de este mundo, y Mahoma con su yihad; dos nuevas cadenas forjadas en el yunque de la fe. San Agustín, ese viejo zorro norteafricano, fue tan cabrón y retorcido como los doce apóstoles juntos, inventando el pecado original para que naciéramos con deuda. A San Francisco de Asís, ese loco que le hablaba a la luna, yo lo perdono porque en su demencia quiso mucho a los gatos, las únicas bestias que no se arrodillan. Pero en general, si no fuera por esta pandilla de degenerados celestiales, la máquina de vapor ya habría escupido su hollín sobre las legiones romanas, y estaríamos viajando a las estrellas con el latín como lengua franca. Yo, cuando voy a buscarte, pienso en estas cosas y se me empalma el alma, no solo la carne. Es una...

CURVATURA: Sin ellos no existiria Einstein.

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  --Einstein y la red invisible de los genios que le dieron vida.-- Resulta incuestionable que Albert Einstein dejó una huella profunda en la historia de la ciencia. Sin embargo, cuando se le observa con cierta distancia —fuera del mito y del brillo mediático que lo envolvió en el siglo XX—, aparece con claridad que su genialidad se apoyó en una red de pensadores que prepararon el terreno durante siglos. Einstein no trabajó en un vacío, sino en el cauce de un río intelectual que venía fluyendo desde Galileo Galilei, quien estableció la idea fundamental de la relatividad del movimiento: las leyes físicas son las mismas en cualquier sistema inercial. Esa intuición galileana, depurada por el tiempo, se convertiría en el germen de la relatividad especial. Carl Friedrich Gauss y Bernhard Riemann, por su parte, tejieron el armazón matemático que permitiría imaginar un espacio no euclidiano, curvado, donde la geometría dejaba de ser un dogma y pasaba a ser una posibilidad. Sin ellos, la r...

TRIGO.

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Qué actos tan inocentes y a la vez tan profanos cometíamos. Desnudarla con miradas que pretendían candor, o inventar juegos de escondite para que el destino —y no nuestro deseo— nos arrojara el uno contra el otro detrás de los viejos almacenes de trigo. Cuatro cilindros que iban hacía el cielo como una gran fortaleza medieval. Tú no sé si sabes lo que es una lluvia de trigo. Nadie puede saberlo realmente. No has visto cómo el grano abandona su estado sólido contenido y se desplaza en torrenteras doradas, formando coletas líquidas que desafían la física, como si la materia misma dudara de su propia esencia y se desintegrase con su peso enorme, disgreandose en un polvo dorado que ahoga la respiración. Todos los años, por septiembre, cuando el tiempo cumple su paradoja y se pliega sobre su propio inicio, regreso al lugar. El tubo largo, ese cilindro herrumbroso que muestra sus tripas de ladrillo derruido entre brezos, zarzales,  y maleza aún permanece. No es una reliquia, sino una col...

FANTASMA CUANTICO.

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  Poema de Amor para un Fantasma Cuántico Es una casualidad cósmica, un guiño del azar en el tejido espacio-temporal, que tenga que componer un poema de amor en este preciso instante. Y es que estás tú. Siempre estás tú. Será el poema número doscientos ocho billones, un millón cuatrocientos mil noventa y ocho, registrado por la humanidad. Con copyright, por si acaso las moscas, o alguna entidad menor, pretendiera plagiar este espasmo del alma. Y aclaro, para los registros de la nada: de esa ingente cifra universal, descuento y declaro nulos, los siguientes: Los poemas de desamor, esos fraudes lacrimógenos; los oníricos, deslumbrados por mensajes celestiales de dudosa procedencia; los actos posesivos disfrazados de versos; los que dicta la tristeza en su monólogo infinito; los susurrados por la ansiedad en la oreja; los que comenta la locura en susurros estridentes. Descuento al asesino poeta, al predicador mentiroso, a quien deja rastros vocalizados de Satán mientras habla como los...

NALEDI.

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  El Homo sapiens es el animal que se quedó a medio hacer. Sin garras, sin piel gruesa, lento en la llanura. La noche no era su amiga, el bosque lo acechaba, la inmensidad del cielo estrellado lo empequeñecía hasta la insignificancia. La agarofobia. Miedo al campo abierto, a lo demasiado grande, a lo que no tiene paredes. Y el universo entero es el espacio abierto definitivo. Todas nuestras grandiosas ceremonias, nuestros dioses altísimos, nuestras pirámides que arañan el cielo, nuestras catedrales que simulan bosques de piedra... no son más que la cháchara compulsiva de un acojonado. Es el mono desnudo, gritándole a la oscuridad para asegurarse de que su voz aún produce eco. Para construir, con sonidos y piedras, una cabaña mental donde esconderse del viento cósmico. El Homo naledi, en su silencio fósil, lo entendió. Nosotros, los sapiens, somos los locos. Los que, aterrorizados por el silencio, inventamos el ruido. Los que, aterrados por la vastedad, inventamos el rincón. Los que...

ESPALDA.

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  He medido sus proporciones en todo lo que podría suceder, en lo que no ha sucedido y en lo que, quizá, nunca sabré si sucederá. Su espalda —un plano exhausto por el tiempo— parecía hecha de la materia de los días secos, de la geometría del límite. Cuanto más la besaba, más me era imposible distinguir el deseo del recuerdo de desearla. Pensaba en todo lo que me apetecía, en cómo acercarla más, no solo a mi boca, sino a la idea de mi boca. Por si acaso esta vez — la última, o la primera disfrazada— había calculado mal las medidas de su alma, y el error era, en realidad, la única forma humana de medir la dimensión de los recuerdos.

HOMO.

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  Durante millones de años, vivíamos mirando hacia el suelo: la tierra que daba frutos, los rastros de los animales, las huellas del peligro. La supervivencia nos hacía mirar abajo. Pero cuando por fin levantamos la cabeza, el cielo se nos ofreció como un misterio inalcanzable: inmenso, silencioso, luminoso, eterno… Y frente a esa vastedad, el cerebro —ya capaz de abstracción y simbolismo— llenó el vacío con significado. Nació la trascendencia. Por eso, cuando muere alguien querido y decimos “está ahí arriba”, no lo decimos solo por costumbre religiosa. Es como si en lo más antiguo de nosotros —en ese Homo erectus que por primera vez miró hacia arriba— hubiera quedado grabada la idea de que lo que se eleva se libera. Lo alto se volvió símbolo de lo puro, lo eterno, lo inalcanzable. Y en el fondo, esa metáfora es un eco evolutivo de nuestra postura erguida, de la primera vez que miramos al cielo y comprendimos que estábamos vivos.

DESVÁN.

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  Y al desván. Se subían los muertos. No como fantasmas, sino como una cosecha final, una podredumbre silenciosa que ascendía por la noche a ocupar su último territorio. Sus manos abiertas, pálidas y rígidas entre el grano de centeno, no suplicaban; eran solo herramientas olvidadas, arañando la oscuridad en un gesto inútil de siembra postrera. Eran la levadura de nuestra propia descomposición, fermentando en la penumbra bajo el techo. La antena de la radio era un hilo de cobre, una vena umbilical conectada al cadáver del mundo. La radio, un altar de caoba, estaba tapada por un tapete blanco, un sudario para la voz de los vencidos. La antena salía por la parte de atrás, una serpiente metálica que se enroscaba hacía arriba, atravesaba las tablas del techo—la delgada membrana entre lo habitable y lo innombrable—hasta el desván. Allí, en la bodega de los espectros, se enredaba sobre una viga larguera carcomida, como una enredadera parasitando un esqueleto. Salía una punta simple de ala...

SUEÑO.

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Me ha pasado que no he podido despertarme a tiempo de tan rápido que he dormido. O, quizás, la premisa es un engaño más de la conciencia. ¿Dormí acaso? O sólo me sumergí en un estado de suspensión paliativa, un interludio de no-ser que ahora se desvanece, dejándome varado de nuevo en este limbo de sábanas y huesos cansados. Me sucede a menudo, casi siempre ahora, que deseo quedarme aquí, revuelto entre los sudores fríos de la noche, en el profundo hueco del colchón desgastado, marcado por el efecto de los muelles que son como las costillas de un animal fosilizado en cuyo vientre reposo. Este hueco no es mío; es la huella de incontables cuerpos anónimos, de pesadillas ajenas y de un vacío que, con los años, ha ido tallando su forma en la espuma y el acero. Yo soy sólo el último ocupante de esta fosa común de sueños frustrados. Hoy, a ciencia cierta, podría contemplar largo rato las claridades hirientes que se filtran por la persiana, esas cuchillas de polvo danzante que me ofenden. Las ...

PRODIGIO MARIANO

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Romualdo Ardura Aguirreituriagorza fue maestro de escuela en Espesura del Infantado, un pueblo tranquilo,somnoliento, en la comarca de Miranda del Ebro, en ese lugar donde la meseta castellana comienza a plegarse en los umbrales del País Vasco. No era un maestro cualquiera; Romualdo era un espíritu inquieto, un hombre cuyo horizonte mental se extendía mucho más allá de los muros encalados de la escuela y de las páginas amarillentas de los catecismos. Su verdadera devoción no estaba en los santorales, sino en los insondables misterios de la Física General, que exploraba con una profundidad inusual para su tiempo y lugar. A sus alumnos, entre el tufo a tiza y la memorización mecánica de las tablas de multiplicar, les desplegaba, con esquemas coloreados y rompecabezas de cartón, el arcano y terrible secreto de la fisión nuclear. Aquello era un anatema en una enseñanza primaria empeñada en doblegar el entendimiento ante el dogma, una herejía silenciosa contra un régimen que prefería héroes...

MI DORITA LA SUPERMASIVA.

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  Se volvió supermasiva mi Dorita. allí donde poso mi boca para respirar dentro. Llevamos años viéndonos en cada esquina de la mesa. A pesar de las onomásticas transcurridas. Tan densa de ternura y de misterio, que el espacio entre nosotros es suavemente curvo hasta hacerme caer en su mirada. No hubo velocidad de escape, ni luz, ni pensamiento que pudiera huir. Su voz —como una supernova lenta— me quemó los miedos hasta el núcleo. Crucé su horizonte de sucesos sin querer regresar. En su centro, donde el tiempo no pasa, sigo girando, enamorado, como el primer día. Allí el amor no pesa: se comprime en la eternidad. Os digo que adoro a mi Dorita la supermasiva. Aunque me valga la existencia. Se muy bien que nunca saldré de su agujero negro.

DESAZÓN.

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                                                                    El Principio de la Incertidumbre también se aplica al Alma. No hay observador neutro en el espíritu. Cuando uno intenta medir su tristeza, la tristeza cambia de lugar. Cuando uno busca el origen del vacío, el vacío se disfraza de pregunta. El alma humana, como el electrón, no habita un punto, sino una nube de probabilidades. A veces vibra cerca del amor, otras se escapa hacia la frontera del miedo. El pensamiento recursivo se mira a sí mismo y, al hacerlo, se descompone en infinitas versiones de sí. No hay certeza posible en ese laberinto; solo la danza del quizá. El cosmos y la mente son dos espejos enfrentados, y en su reflejo interminable se borran los contornos del yo. Lo que llamamos “yo” no es más que la interferencia entre lo que fuimos y lo ...

ASTEROIDE.

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Sobre las cinco de la mañana, el temblor me recorrió como un calambre seco. Di la vuelta en la cama y me encontré con la espalda de mi Panchita, inmóvil, supuse sus ojos abiertos clavados en la pared. Le acomodé las piernas en la posición de la cucharita, abordándola por  por detrás, un acto mecánico, un rito vacío muchas veces repetido. Fue entonces cuando la mente, traicionera, me empezó a escupir imágenes: el vencimiento del seguro, el peso de plomo de la hipoteca, la cara de la abuela, sus ojos vacíos y perdidos, pálida y triste en el balcón de las Adoratrices. Todo mi cuerpo se rindió, se volvió flácido y débil. Panchita me apartó con una coz precisa. —Saca esa puta mierda de de pellejo de ahí, socabrón, y deja de temblar —. Mientras oía su voz, el sonido llegó desde la calle: el desbarajuste de vidrios rotos en el contenedor de residuos. Me di la vuelta, boca arriba. En el techo, las cuatro rayas de luz blanca de la persiana se dibujaban, paralelas, eternamente condenadas a n...

SOMOS ONDAS.

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  No somos piedra ni carne ni tiempo, sino el eco de una vibración antigua. Antes de que hubiera ojos para ver o bocas para pronunciar, ya temblaba la energía en el silencio primordial, una onda pura que, al expandirse, se soñó a sí misma en forma de galaxia, estrella y pensamiento. Cada átomo de nuestro cuerpo fue una vez luz, luego polvo estelar, y después molécula que aprendió a latir con ritmo propio. Ahora esas ondas, organizadas con delicadeza, se miran al espejo y se reconocen: yo soy esa vibración que siente . No hay bordes ni principio. La vida es una interferencia pasajera, una sinfonía en la que cada nota dura lo que un parpadeo cósmico, pero su resonancia —su esencia— no muere: solo cambia de frecuencia, solo se dispersa en el tejido inmenso del espacio-tiempo. Somos el canto de un universo que vibra, ondas conscientes del mar que las mece, fugaces y eternas al mismo tiempo.

EL CAPADOR.

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  Benancio Apaiña Sueiras, natural del Fornelo, con una casa  al lado de la comarcal que baja hasta Lugo, cerca de la iglesia de Xoan Alto, que tiene cuatro pilares para el cabanon del pollo, y dos campanas medianas para tocar a muerto, al que dicen que le cayó un rayo y quedó una campana milagrosa derretida en forma de corazón de la Virgen Santísima. También decían que esta iglesia era de parada obligada para la Santa Compaña, que de la cubierta de bigas y cerchas de madera alguno se ahorcaba para demostración de que seguía vivo al aflojarse la corredera por sí mismo, bajarse, y seguir camino. -- Muchos feligreses los vieron ir avantando al camino--. Por marzo casi vencido, Apaiña empezaba la ronda. Salía con el atadillo de badana de Duernas e iba de pueblo en pueblo por Chamoso, San Pedro, Quintas, Lousada, San Martin, y todos los que había entre Fornos y Cainzo, y alguno más que se me queda. De noviembre a Febrero Apaiña hacía el recorrido inverso, esta vez de matarife con ...

NEUTRINA EN EL CUARZO.

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  Nadie la vio venir. Casi sin masa. No tenía peso ni sombra. Era una vibración tan leve que ni la luz la reconoció como hermana. Atravesó el espacio como si el vacío la estuviera soñando, y al llegar al cuarzo —esa catedral inmóvil de sílice—, no se detuvo. Las redes atómicas, los nudos del tiempo cristalizado, todo se abrió ante ella como un pensamiento que se disuelve. No rompió nada, no dejó rastro: solo un estremecimiento minúsculo en la memoria de la materia. Si el cuarzo hubiera podido sentir, habría jurado que algo lo había atravesado sin tocarlo. Ella siguió su viaje, sin nombre, sin destino. Una partícula en reposo absoluto que, sin embargo, no había aprendido todavía a quedarse quieta.

EL COLCHÓN.

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Hay poca belleza en lo que se pierde. Aunque nada se "pierde" del todo, solo cambias de estado. El universo, debes entender, no está tan lejos de ti; tú también eres parte de su memoria suave, vibrando en el horizonte de lo invisible. Nunca mi cabeza, limitada por la parte neuronal que me tocó en suerte, pudo concebir que, al cruzar el umbral del bazar Shun en pos de un mero artefacto de confort —un colchón de prometida densidad viscoelástica—, en realidad estaba suscribiendo el contrato para mi propia aniquilación experimental. La intuición me fue negada con una precisión cruel. No tuve de ese hecho  futuro ni una leve premonición paranormal que me pusiese de sobreaviso para el acontecimiento vital que se acercaba. --Me llamo Eriberto, y aún no sé que dentro de unas horas me voy a morir . Mi condición está definida por una pulsión atávica hacia un guiso: los calamares en su tinta. Un manjar que no despierta un recuerdo, sino la memoria ancestral de lo que fue mi madre cocin...