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Mostrando entradas de diciembre, 2025
  De bronce, la manilla resobada. La mano huele a rastro de metal. Abro la puerta y me siento muy lentamente en el borde de siempre; siento cómo la cama gime. Me voy recostando hasta encontrar la almohada. La perfección puede ser una postura de reposo. Incuestionable, el ejercicio para el descanso. Lo absoluto: la huella del cuerpo, la sensación de casi ingravidez, como si no fueras responsable de ti mismo. Abro los ojos a la plenitud del techo. El orden anárquico de tres hendiduras en zigzag, con su final trágico en una esquina. De fuera llega la claridad. La ventana, entreabierta. Presiento un rastro azul. En todo lo que me rodea hay desorden. Hubo otros habitantes aquí. Alguna fotografía sobre el mar. Un cuadro inclinado de un barco muy lejano, casi sin verse en su horizonte, sobre una planicie de agua imaginada gris. Dos anaqueles llenos de loza blanca: platos reclinados, rodeados de coronas de flores entrelazadas. Ayer también fue aquí. Llegué de esta forma, siempre haciendo l...

EL ESPEJO.

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  A veces parecía que yo era el que se quedaba atrapado aquí, en este lado del mundo, mientras que Él, al otro lado del cristal, era el real. Él, en el reino plano frío y silencioso del espejo. Tan  auténtico. Llevaba tiempo —una eternidad de días idénticos— con la certeza visceral de que algo iba a suceder. No era una premonición, sino un conocimiento orgánico y real, esa sensación de un nudo de alambre vivo que se enroscaba en el estómago y apretaba con cada latido. Podía olvidarme unas horas, sumergido en la neblina de la inacción, pero al despertar, siempre regresaba con la misma plenitud. La amenaza era parte de la respiración cuando la realidad volvía. Se lo dije el día anterior. A Él. Ya sabes cómo se dicen esas cosas cuando tratas de asustar al otro, para defenderte a la vez: en voz no muy  alta, pero en un susurro ronco, imperativo, como si no quisieras que las paredes te oyeran delirar, los labios ligeramente entreabiertos, diciéndesole muy cerca a la imagen esp...

EL VIEJO NOKIA 808.

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  Es un sonido. Un susurro mecánico que corta el aire, más íntimo que un latido. Medias de red, medias con costura y ese triángulo pálido de carne que se hurga hasta las bragas; medias caladas, negras, una cartografía de filigranas sobre piel; otras, al estilo pantys, un estallido de color hasta la rajita prometida. Las térmicas me repelen: son un erial, la ausencia del mapa, la negación de la piel. Los ligueros, voluptuosos, se enganchan en el precipicio de la cadera como un artilugio circense; luego están las medias auto-sujetas, un atrevimiento que clama por otras manos. Las antiembólicas son el desastre de la irracionalidad, una fotografía perdida en el archivo de lo patético. Las superxesis guardan el encanto de lo virginal, lo que se esconde con pudor. Los leotardos… los leotardos huelen a necesidad extrema, a polvo de carretera, al camionero que va a Lesaka con un cargamento de piezas de motor y un vacío entre las costillas. Podría hablaros de las bragas. Debajo. Encima. Sin...