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Mostrando entradas de noviembre, 2025

EIGENSTATE.

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Llevo unos seis meses volviendo a repasar física y matemáticas con el fin de mover lo que en mi pueblo llamaban la “cocorota”. Allí dicen que mover la "cocorota" es bueno. Y lo hago recordando aquellas adversidades de juventud para intentar entender conceptos abstractos con mi mente, ya añeja, tan cuadriculada y euclidiana. Es indudable que volvemos al origen en todos los aspectos. He pasado de concebir cálculos con esa sensación terrenal de lo objetivamente mensurable, a sumergirme en los "espacios de Hilbert" y en las situaciones cuánticas que tanto sufrimiento me causaron: horas y horas intentando abstraerme para calcular en espacios infinitos,  con el fin de resolver incógnitas  repletas de números complejos. Revisando legajos viejos, encontré uno con una frase subrayada con tinta roja: “Eigestable del observable”. Al lado, había apuntado con letra pequeña: “estado propio del observable”. Significa que si mides esa cosa (ese observable), siempre obtendrás el mis...

EUTONIA.

Estando allí acostado panza arriba, entre el zumbido sordo de la calle al  mediodía, se me vino aquella idea de conciencia. No una idea cualquiera, sino una certeza áspera y repentina, como una piedra que se desprende y cae en el silencio de una cueva. Yo digo que tengo conciencia cuando pienso, cuando ese mecanismo interior, oxidado y chirriante, se pone en marcha para tallar un "yo" atemporal en la nada. A la situación contraria, ese estado de ausencia beatífica o estúpida, usualmente le llamo “Alelamiento”. Término científico “acuñado” por mí para describirme a mí mismo y describir a los demás en esas situaciones en las cuales se observa, con una claridad aterradora, que alguien, aún estando físicamente anclado a este mundo, su apariencia psíquica indica que está en otra parte, quizás en una galaxia más simple o simplemente disuelto en la calma atroz de la inconsciencia. Como digo, estaba panza arriba, en plena canícula, ese calor que no acaricia sino que aplasta, desnudo ...

LAVADORA.

  Cuando la lavadora centrifugaba, yo miraba al tambor y me caía patas arriba, hipnotizado. He de decirlo. Era un instante preciso, un vértigo matemático. Puedo decirte, incluso, en qué vuelta iba: justo en la séptima, cuando el motor alcanzaba un gemido agudo y el mundo exterior se disolvía en una mancha blanca que giraba sin propósito. Ella me posaba la mano en el cuello, una losa fría sobre mi pulso, y me decía: acuéstate. Y no era una invitación, sino la enunciación de un hecho. Su mano iniciaba entonces la ruta de la seda, un recorrido lento y venenoso por mi clavícula, el valle entre mis costillas, como si trazara el mapa de un territorio que ya no me pertenecía. O, en sus otros días, días de hosquedad y sombra, ella iba a orar al muro de las lamentaciones, que era mi cuerpo, dándome la cabeza vueltas con un murmullo ininteligible, una letanía que no pedía perdón sino sumisión. Cuando se posaba sobre mí, era alentador su movimiento. Un mecanismo perfecto y ancestral que anula...

CAUCHY.

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  El corazón late como una sucesión de Cauchy : cada latido se aproxima al siguiente, cada intervalo es más pequeño que el anterior… pero nunca llegan a tocarse . Siempre hay un instante, por mínimo que sea, entre un latido y el siguiente. Y entonces, un día, el intervalo final se desvanece , no porque un latido alcance al otro, sino porque simplemente ya no hay más latidos que medir. Ahí, el tiempo del corazón se “colapsa”, como si la sucesión dejara de existir y solo quedara el silencio… un silencio que no es vacío, sino la memoria de todo lo que fue. Sí, esta es tú metáfora. Tu metáfora es profundamente humana: la vida como una sucesión que se estrecha, que se aproxima, que busca un límite que nunca toca hasta que el límite se revela solo al final.

LA GOTA DE MAINSTONE.

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  Con frecuencia contemplaba la paciencia, esa actitud de las plantas para crecer tan despacio, la resignación geológica de las piedras del mar, suavizadas y ovaladas a lo largo de los años, hasta alcanzar esa forma suave y certera, bajo colores disimulados: pálidos grises y blancos expectantes. Mis estados anímicos se medían en intervalos, en ciclos observados con la frialdad de un experimento. Todo en mi entorno poseía esa cualidad: una cierta resistencia al raciocinio, una "fisicidad" opaca. Sentado en una silla de mimbre, sobre un balcón que daba a una vegetación anárquica donde predominaba el verde del ballico, el brezo oscuro, los zarzales enmarañados y una grandiosa mimosa de ramajes aplastados por el viento, yo era solo otro fenómeno más en observación. En aquellos instantes, todo me olía a brea. Mi orín era un termómetro químico de mi decadencia: unas veces despedía el olor de la brea recalentada, otras el leve rastro del amoníaco, o ese dulzor extraño y fétido de la...

BERBERECHOS.

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Ya casi sin voz. De esa forma. Casi sin voz. El suelo era frío. Una losa de mármol contra mi costado casi desnudo, mientras arriba, el montículo de su barriga subía y bajaba con un ritmo de fuelle roto a veces. Ocho minutos. Llevaba ocho minutos en este equilibrio absurdo, equidistante de todo menos de la cama, con la mano aferrada no para levantarme, sino solo para elevar un poco la cabeza. Mis gritos, sordos, se perdían hacia el norte, el este, el oeste. El sur, un territorio vedado por la rigidez de mi cuello. Las sábanas, mi sudario arrastrado en la caída, me protegían de la brisa pero no del frío que ascendía de las baldosas. Y el olor. Siempre el olor. No a sudor o a cerdo, sino a agua salada y metal, el aroma fantasmal de los berberechos flotando en sus latas, las mismas que ayer, a media tarde, le pedí a ella que me trajera. "Sácame otras dos latas de la alacena, (joder). No quiero cucharilla del café, las voy a beber, ya sabes que siempre las sorbo". Ese sabor a defo...

LA SOLEDAD DEL OBSERVADOR INERCIAL.

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  Cuando estuve en ese punto ya no pude parar. Mi línea de universo no se acaba nunca. Me llamo Eulogio Doviño Sueiro. Natural del municipio de Piñor, Ourense, comarca de Carballiño. Desde hace seis años padezco el síndrome obsesivo-compulsivo de los espacios de Minkowski. Fue hacia el año 2019 cuando comenzaron a tratarme con Citalopram, a dosis moderadas. Mi especialista cambió el tratamiento hace unos dos años a Fluoxetina, una pastilla única de 100 mg que tomo por la noche. Esto hace que me adormile y me levante desorientado, sin la sensación de haber dormido ni soñado. Cuando empecé con estos síntomas obsesivos, hace unos seis años, daba clase de Física Cuántica en una academia superior a un grupo de alumnos sobre el tema concreto de la probabilidad de encontrar un electrón en el espacio-tiempo de Minkowski. Era primavera. Al llegar a mi casa, comencé con aquel impulso incontrolable de estar ubicado en los tres ejes coordenados. Recuerdo vívidamente la disposición de mi Ser en...

EL EXORCISTA.

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  --"Mira que te lo dije". --Cuanto antes. Llámalo. Se lo dije varias veces. Ya desde hacía casi dos años que  El Padre Rogelio se ofrecía en las Páginas amarillas. A la casa donde está exorcizando el exorcista se llega por una escalera larga. Un tramo de peldaños de madera carcomida que se elevaba como una cicatriz en la fachada lateral de la vieja vivienda del antiguo municipio de Almansilla de los Condes. Un buen trecho de peldaños aunque seas la Muerte. Ya vieja. Que vas, con tu capa negra hecha jirones pasando el frío del anochecer, para ver el sainete diario y pasar  el tiempo. En vez de acercarte al bar y llevarte al limbo de los justos a un pavoroso arrivista lleno de metílico. Noviembre había echado el cerrojo sobre Almansilla. El aire olía a tierra mojada y a leña quemada de roble. Dentro, en la habitación alta, el mundo se torcía. Allí, por una ciencia perversa, por un quiebre en la costura de las cosas, hay un milagro: si miras de frente  tu mismo te pued...

POLVORA

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Llevaba a cuestas un sarpullido mental. Robert Capa hizo instantáneas maravillosas mientras la Luna se caía sobre Extremadura. Por las sierras de Madrid, las piedras estaban desgastadas por el viento de Dios. Todos ellos bajaban a retaguardia y se abrían el pecho para recibir besos, o la levedad de alguna mano de niño; para que les posasen sobre sus pelos blancos, en forma de sortijas, alguna flor roja. Indistintamente. Todas las cárceles eran un frente. Y los dedos abiertos esperaban entre los sacos terreros, suplicando a los muertos que les cerraran los ojos. Ellos estaban allí, altruistamente, escuchando canciones. De los olores no hablo. Del sufrimiento que intuyo en las imágenes. Mis ojos se clavan en el blanco y negro, buscando durante muchos minutos las vidas que laten tras instantáneas llenas de tragedia. Vislumbro lo que las palabras describen, una y otra vez releídas, por si capto algo que me trasporte, soñando despierto con los ojos cerrados, tal como hoy, cinco de julio de ...

PUBIS.

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  Meditaba así, a sotavento de los visillos. Ésa era mi postura filosófica: con el mundo al otro lado del cristal y yo en el vacío de la habitación. La tela, inflada por un resuello de viento que se colaba por la rendija, se abultaba hacia el interior como un vientre o como el lomo de una bestia invisible que se apretara contra la casa. Tenía una vida momentánea y grotesca, esa protuberancia de lona que jadeaba y luego se deshinchaba, un fantasma de aire y forma que era el único testigo, aparte de ella. Ella estaba frente a mí. No en carne, sino en presencia, una estatua de desafío erigida en el centro del cuarto. El recuerdo de su última pose era un fuego que me quemaba por dentro. Me contuve mucho, muchísimo, para no abalanzarme hacia ese espectro, para no estrellarme contra la realidad de su burla. Allí, desafiante, insultante, lo último que pude verle fue la mano, hundida en el vértice de su ser, cogiendo su sexo a un puñado de carne y furia. Y la voz, rasgando el silencio polv...

SOLEDAD

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Cuando el mundo comenzó a girar en un torbellino silencioso, faltaban dos minutos para que la septima década de mi vida cayese sobre mis hombros. Una náusea profunda, anclada en lo más hondo de las entrañas, ascendió hasta mi garganta. Y cuando apenas quedaban unos segundos para la onomástica, me aferré a la manilla de la puerta del baño como un náufrago a un madero, y en medio de tanta, tanta soledad, me fui desplomando lentamente de rodillas, mientras mis ojos observaban el giro frenético de todo lo que me rodeaba. Quedé partido en dos mitades: la superior, el torso, hundida sobre la moqueta verde oscura del pasillo, y la inferior, los pies desnudos, reposando sobre el gélido azulejo blanco del baño. En ese estado nauseabundo, con la boca aplastada contra lo mullido y la planta de los pies percibiendo el frío mineral de la losa, solo existía la evidencia de mi cuerpo y el peso de la ausencia. Y así, tendido en el umbral, entre tanta soledad. La hora, por la luz que se filtraba, quizá...