lunes, 12 de agosto de 2013

ENTRE TANTA SOLEDAD.



Cuando todo me empezó a dar vueltas, faltaban dos minutos para la sexta década de mi vida. Percibí una intensa sensación de nausea . Y cuando quedaban apenas unos segundos para la onomástica, me cogí a la manilla de la puerta del baño, y entre tanta soledad me fui cayendo lentamente de rodillas. Quedando la mitad de mi sobre una moqueta verde oscura, y la otra mitad de mi -los pies desnudos-, sobre los azulejos blancos del baño. En ese estado nauseabundo, mi boca sobre lo mullido, mis pies descalzos soportando el frío de la piedra. Y así, entre tanta soledad.

La hora por la luz, quizás medio día,
por los ruidos de la calle, quizás media tarde,
por la algarabía de los niños, quizás la mitad
de una hora temprana. Y siempre.
No sabría cómo.
Entre tanta soledad.

Entre tanta soledad debía decidir el rumbo. A un lado la puerta de la cocina, al otro la ventana del balcón entreabierta por la que se agitaban unos visillos blancos abatidos por el aire. Entre todo aquello una radiante claridad azulada casi milagrosa.

Tendido todo a lo largo por el suelo un hombre es un reptil. Si elevas la cabeza tus ojos sólo ven una inmensa profundidad.
No hay abismos para el que repta.

Si observas donde el rastro de los pies hay un mundo de infinitos caminos.

Mi razonamiento fue absoluto, no había otro razonamiento en ese lugar, donde los pies se arrastran. Al decidir mi huida escogí el balcón al final de todo, y me dispuse a proporcionarme impulso con los brazos, de forma que el recorrido – unos quince metros-, fuese lo menos desagradable posible.

Imposible menos, entre tanta soledad.

Inicie el avance con cierta facilidad. Luego, sin esperar lo que había imaginado como fácil, todo se hizo pesado, difícil y angustioso, por ver tanta profundidad delante de mi.
Me refiero a lo lejano.

-Cuánto tiempo no lo sé.
A veces así: deshecho los segundos para la contemplación de las cosas.
Contagioso preguntar la hora, y contestar sin precisar los segundos.

Próximo al balcón mi agitación aumentó. Mi corazón con un ritmo casi sin tiempo entre los latidos.
Todo por aquel logro sublime de haber reptado totalmente desamparado, y estar allí, con mi cara metida como una cuña de madera entre los barrotes forjados del balcón. Con la boca abierta, casi sin aire, entre tanta soledad.

Ya no quedaba nada para el final.
Quizás, la soledad.




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