viernes, 3 de enero de 2014

PASEO.





Mi imposibilidad fue en aumento. No sé en qué vez de tantas veces, llegar con mi mano al omóplato derecho fue un problema. Meterme el dedo por el culo también.
Yo llegaba a la ventana a eso de las once de la mañana. Era un largo viaje por enero con ese frio en forma de vapor traslúcido. El afán que me daba fuerzas era ver los capullos de las camelias que rozaban sobre las contraventanas de madera. Ya se les veía por entre las hojas apretadas un rastro de pétalos rojos, o blancos, indistinto fenómeno en una misma rama.
La única especialidad que me quedaba era el pensamiento. Lo otro era tan lento que apenas se describía con unas pocas palabras.
Asomar mi cara entre los visillos como si estuviera rodeado de una mortaja y ver el cielo.
A veces su mano se metía entre mis piernas y Ella notaba mi humedad, la urea con ese poso de amoniaco, pero no le daba más, para mi era como una caricia, aunque me cogía como a un cabrón, sin apenas apretar.
Si alguna vez te has dado la vuelta desde ese sitio, y sabes que tienes que llegar al lugar desde donde partiste, te darás cuenta que en la vida todo es relativo, que ya era relativo desde hace miles de millones de años.
Volver para mi es otro viaje lleno de peligros. 
Toda una aventura que reconozco como tremendamente excitante.
Si alguna vez dejo de poder meterme el dedo por el culo para mi será un gran conflicto existencial,
aún obtengo cierto placer cuando le doy vueltas y vueltas, y lo dejo así todo el día para poder olerlo.

1 comentario:

Miquel dijo...

Caramba, que texto tan lúcido ¡