lunes, 15 de diciembre de 2014

ANESTESIA.



¿Qué tal si hablamos de soledad?
Qué será del amor si nadie llegase para tocarte.

Tengo la sensación que he despertado en otro lado. Aquí la luz es un tanto desigual. También son desiguales las formas que ilumina. Parece proyectada por un punto alargado que penetra desde el cielo. A ciencia cierta esta habitación puede ser otro lugar no identificado, otro mundo, aún no lo sé. Alguien apareció en el umbral de la puerta dispuesto a interrogarme, no percibí completamente su cara, y no entiendo lo que quiere decirme, en el fondo de esa perspectiva de ojo de buey en que lo detecto. Ayer pude haber estado aquí o en otro lado. Noto una inclinación inusual que dificulta mi reposo, estoy en el fondo de algo, físicamente apoyado, al revés, sobre un tabique. En estos casos suelo razonar con cierto sosiego, -quiero decir que no me pongo irrazonablemente nervioso-. Ahora, más despierto que antes, reconozco que quizás nadie se asomo al umbral de la puerta, pudo ser una sombra alargada. No hay ruidos, nada gutural, nada humano; así que es muy posible que esté sólo, con innumerables objetos sobre mi que me atenazan, y me hacen fijo y solidario a este mundo extraño. Deberé llegar a la luz de la ventana, a esa forma de cilindro que se tiende hacia mí como un bastón. Deberé irme en algún momento del día o de la noche, no puedo soportar estar cercado, así inclinado, unas veces ingrávido y otras con la gravedad devolviéndome a la estabilidad de esta geometría informe en donde reposo. Lo primero que debo hacer es sobreponerme al sopor nauseabundo, y ponerme sobre el suelo. La única solución en estos casos es reptar hacia la claridad que me deslumbra. Puede que nunca llegue al final de la luz, pero deberé intentarlo para seguir viviendo . Sé muy bien que  llamar al 112 mi última esperanza.

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