martes, 17 de marzo de 2015

EXPERIMENTOS DE OLORES.



UN INICIO DE ALGO QUE BULLIA PERO QUE SALIÓ FATAL. CUANDO ESTUVE DE BAJA Y ANDABA DESCANSADO Y MUY SALIDO, MASTURBANDOME A CADA POCO,
CON LA MANO QUE TENÍA BUENA.

No
sé si
era aquí.
Del rellano ese olor a nenuco,
y quién te ha dicho que no hay un bebé muerto metido en la alacena donde las pastillas del avecren. A butano siempre me ha olido y a zotal, a rapidín de matamoscas, a guano. Aún sigue habiendo ese olor a gallina blanca, cuando subo por la escaleras, hay un lugar hacía la cuarta planta que huele mucho a gallina blanca y y y me jode mucho porque me recuerda cuando eché a mi mujer de la casa de la calle del Torno, a empujones, con cuatro bragas que le metí en una maleta a medio cerrar, y le pasé la bisagra del cerrojo y el pasador, por allí cantaba Emilio el Moro por el fondo del rellano o más abajo el mismo fandango del cantimpalo otra vez y otra y otra y otra. Si te fijas aún hay galletas maría de las cuadradas que ponían maría, que mojaba con leche a las siete de la mañana mientras mi padre me daba cabezones y me caían por el pecho o sobre el parbulito y el rayas y el catecismo y el álvarez y el fen y el mapa de España sin Portugal. Lo que más me jode es el aceite de oliva la giralda, el olor a recalentado frito veinte veces con torreznos de cerdo o panceta y aquella patada en los huevos que me dio mi hermano Cosme bajo la mesa en semana santa de hace veinte y tres años con hebras en la garganta por el suelo dando coces de niño como un saltamontes medio ahogado. Y queda jabón lagarto mi mujer se lavaba el coño con el y le olía a mirloto permanente, me huele el armario a jabón del lagarto, y al chimbo y a lejía el conejo, y caseras encuentro también cuando la mezclábamos con vino de valdevimbre en la robla en la obra del tragante de Arribos, y aquella mano que me cogí con el pasador del remolque de la carroceta, y anís el mono y coñaz el veterano recuerdos de cuando me las di de hombre y me lo pusieron en un embudo sobre la boca arriba de acostado, y luego aquellas vueltas, sigue la brillantina Calber que me olía cuando me corrí de pie al lado del estanco de Murias, y el palmolive que me lo ponía a los pelos de la polla cuando llevaba dos semanas sin lavarme, y el búfalo negro que le ponía a mis botas de Monforte de Lemos por el papo, de eso me acuerdo cuando murio Antonio el Plomero la caja me olía a búfalo del líquido, cuarterones no sé si hay, le cogía a mi abuelo en las fiestas del carmen a la mañana, a medio fumar los cigarros, y el jabón la toja a eso le olía el coño a la Toñi, a la toja y a bocartes en las fiestas de los remedios un tufo que no olvidaré, no sé si tuplipán que me sabía a grasa de huntaza, y el varón dandy en la juntura de las ingles, y aquellos flanes que se llamaban potax que se movían como las tetas de la Purita pequeñitas y tiesas, y sabían muy dulces, y el floid ese no se me olvida, lo tengo aquí, cuando me acercó la cara del hijoputa del Moncho y le metí la navaja de abajo arriba y hasta la punta del corazón, y el nenuco que aun se pone la hija de puta de mi mujer antes de acostarse con él. Y no sé, no me acuerdo bien, donde estoy, ese olor que me sube a sopa de mierda mientras espero aquí de rodillas a que venga la guardia civil.
Y también el norit.


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