martes, 26 de abril de 2016

MAÑANITAS.




De todas las andanzas y aventuras aquella era la que más me gustaba, entre todo el silencio de la mañana. La disposición tan simple, el videt en frente de la taza del water a un metro abundante todo rodeado de azulejos blancos con una filigrana de flores en los bordes, eran margaritas de manzanilla con cierta disposición y simetría artística.
Así que me disponía a levantarme con aquella alocada ansiedad que da el controlar aún y no defecar en el propio cubil donde sueñas. Levantarme sin la parte baja del pijama y bajar al baño grande con una pequeña ventanita al patio de luces. Sentarme a horcajadas, sentir el gruñido de la tapa que me acogía como respaldo e ir soltando despacio aquellas envolventes suaves y bien formadas en tres arreones estudiadamente espaciados, para reposar después casi un minutos apretando a intervalos mis esfinteres que soltaban algunos restos exprimidos con ventoseos de chirimías y trompetas, pensando quizás en nada, o en un largo verso, o en la muerte, o en la vida, o en la parte filosófica y cuántica de la existencia. Es bien sabido que por nuestra apilada disposición atómica no logramos nunca tocar en nada, lo cual es la nada, nada de nada.
Era levantarme después de un tiempo con esa relajación satisfecha, dar la vuelta hacía el videt para comenzar a lavarme la raja del culo, y quedar mis ojos contemplando al contrario de mis posaderas aquella obra de arte con cuatro volutas en espiral de un marrón claro, y sobre todo aquel ancestral gusto de oler mi propia mierda.
Cómo he de deciros que aquí no se caga ni se mea, sólo te apareces cuando te saca de excursión la Santa Compaña.


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