martes, 17 de mayo de 2016

CAGABAS SIEMPRE DESPUÉS DE CENAR, ERAS COMO UN RELOJ.



Habíamos coincidido uno frente al otro, y no teníamos espacio. Nos miramos por unos instantes. Casi no había espacio para ignorarnos, aquel pasillo tenía apenas un metro y medio de ancho.

Cómo pudo suceder que hubiéramos estado casi treinta años juntos intentando conocernos. Que hubiésemos llegado a no cerrar la puerta del baño, que ella viese como me agitaba el capullo, y yo cómo se limpiaba esas gotitas finales de su coño.

Oler sus pedos que procuraba tirar sin hacer ruido.
Ella oler mi mierda con ese color extraño que dan los lacteos, y la compota de manzana.

Y ahora, en este puto pasillo, por una casualidad extraña me llega de refilón su mirada a la que yo le hice una mueca, y su fragancia que aún guardo en no sé que parte para construir los recuerdos.

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