martes, 30 de agosto de 2016

SOPA DE AJO.



En un trasiego. La mano ansiosa que me acaricia en esa proporción de piel que le indico. El olor a pan húmedo entre una fritura de pimentón picante y ajo. El sol que se queda parado sobre mi dedo elevado, sobre un pequeño bulto donde mis piernas se juntan al tronco. Eso debe ser la muerte que crece en una extraña paradoja. El sol tan quieto entonces, la sombra perfecta, sin penumbra, y muchas migas sobre la mesa, como si un brazo hubiese pasado de lado desparramando copos de nieve.

La ventana tiene un árbol fantasmagórico que va y viene.
El bosque estaba allí inmenso. Grajeaban las aves de no sé qué paraíso, los radicales mirlos en zigzag vertiginosos, sin pausa. Los azores de ronda dando vueltas sobre el principio de los árboles llenos de hojas de color naranja arrobados por el débil viento del medio día. Y luego los buitres oteando el festín.
Los lobos habían bajado para matar, sin dimensionar primero el ansia, lo preciso para comer, mataron tres reses de las que se llevaron sólo una porción ínfima.

Levantarme despacio para ver cuánto me queda de recuerdos.
Ser un valiente que avanza a pasos cortos venciendo la gravedad, y sin haber perdido aún la esperanza.

No hay comentarios: