viernes, 20 de enero de 2017

MONTESA.




Mi padre conoció a mi madre mientras cantaban perfidia aquel bolero que decía te he buscado por donde quiera que yo voy y no te puedo hallar , y eso, para que quiero tus besos. Mi padre tengo entendido que nunca calentó bien a mi madre antes de follarla, la follaba a lo seco, como se le venía donde estuviera trajinado, al quite supertirón. Aquel día había pasado vestido de domingo con una gabardina blanca, peinado hacía atrás como José Antonio Primo de Rivera, montado sobre una Montesa Brio 80 de 125 cc, varias veces por el medio del baile para impresionar y que lo visen mientras las parejas se iban apartando como las aguas del mar Rojo en lo de Moisés, y el iba por allí muy chulo, encorbatado. Su trabajo le valió la Montesa. Dos años hincando campanas en Ensidesa para los altos hornos, y aquel miedo que se le metió a la oscuridad como si lo hubieran parido atragantado boca arriba, ya sin aire. Cuando iban por al mar espejo de mi corazón  fue cuando se encontraron sus ojos, los de mi madre muy negros los de mi padre muy verdes. A las dos horas pasó la Guardia Civil y se paró el baile porque ya eran las doce de la noche con aquella luna de caramelo tan hermosa como si la hubiera chupado un niño. De aquella tocaban bésame mucho, y vino aquel silencio tan largo, sabes, sólo alguna golondrina que pasaba rezagada, había tanto miedo que ni te imaginas cómo era el miedo que había.

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