GRITOS.
Nunca he visto que los techos detengan los sonidos. Los techos vibran. Tiemblan como pieles tensas, como membranas que solo simulan ser fronteras. No retienen nada.
Tampoco han retenido tus gritos.
Ni los que lanzaste cobijado en la sombra de la noche, ahogados entre sábanas, cuando creíste que el mundo era solo un cuarto cerrado y un jadeo.
Ni los que escaparon de tu garganta a pleno día, en un cruce de caminos, cuando el sol era una losa y el aire pesaba como plomo fundido.
Todos.
Incluso los más tenues, esos que apenas rozaron tus labios, como un susurro que se niega a ser palabra.
Todos se han ido.
No se han perdido.
Los gritos de dolor, los de amor, los que nacieron del miedo o de la rabia. El grito que una vez hizo tu mundo más estrecho, más obsesivo, el que te encogió hasta convertirte en un nudo de nervios. Los gritos que te humillaron, los que te escupieron a la cara, imperantes, húmedos de saliva ajena.
Todos han trascendido.
Han atravesado el techo, la atmósfera, la estratosfera.
Flotan ahora en el cosmos, mucho más lejos de lo que tu mirada podría alcanzar.
No hay marcas, no hay rastros. No hay nada que los delate.
Pero están.
No se erosionan. No se desvanecen.
Simplemente son.
Y si aún te estremeces cuando recuerdas aquel grito desolado que te clavaron en el pecho, o aquel otro que te hizo girar sobre tus talones como si te hubieran lanzado un ladrillo a la espalda, o aquel último que fue como una herida repentina, una cuchillada en un lugar que no sabías que podía sangrar…
Entonces es porque tú lo llamas.
Lo invocas sin querer.
Y el grito vuelve.
Resuena en ti.
Se repite.
Y en ese caso, el grito ya no es solo algo que te dieron.
Es algo que eres.
Lo soportas.
Lo llevas.
Eres su eco y su caja de resonancia.
Eres el grito.
Y el grito no muere.
Porque ahora vive en ti.
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