HABITACIÓN.
No sé muy bien cómo describir este fracaso anatómico.
Lleno de un aburrimiento lento, lleno de dudas y de malas noticias. Dispuesto a realizar un ejercicio imposible. Ocurrencias que me vienen por estar tan lleno de soledad, satisfecho de ocupar y habitar el espacio que me corresponde, tan lleno de soledad.
Masturbarme mientras me introduzco el dedo por el culo ha sido siempre un imposible. Tumbado, la pelvis se resiste a elevarse lo suficiente; incluso de pie, frente al lavabo, la postura se vuelve una incómoda parodia de equilibrio. He probado con la mano derecha en la polla y la izquierda hundiéndose en el ano —esta vez por puro placer, no por obligación—, pero todo terminó en derrota. Demasiada atención en la mecánica del acto, demasiado poco el placer mismo como recompensa por tanto esfuerzo.
Desde que me da el recuerdo, estoy casi seguro de que nunca he dado placer a nada. Nunca mi mano escribió palabras sobre una espalda ajena, ningún gesto con esa intención. Nunca ninguna ocurrencia de ese tipo.
Siempre fui egoísta en mi afán de gozar de dos zonas de mi cuerpo a la vez, en lo que se llama “hacer un doble mi mismo”: el dedo entrando y saliendo del culo con lentitud obscena, mientras la otra mano acelera el vaivén del prepucio hasta la saciedad. Pero el cuerpo, traicionero, no se deja. La carne es torpe, muy limitada si tu imaginación está vacía, sin ese recuerdo sensual que inicia el acto en sí hasta el derrame como esperado efecto.
--No lo dudes. La resistencia siempre acabará en fatiga.
Debo creer que soportaré la vida. Así. Resistirme a toda nueva angustia, especialmente a la que se disfraza de obsesión. Quizá no sea más que miedo a la esquina llena de incertidumbre, a lo que oculta su recodo: ese punto ciego que debo pasar, y que podría ser un final cruento.
--Por que siempre estoy en estado de fuga.
Prefiero mantenerme cerca de la puerta. Poder escapar sin riesgo. Contar los escalones, memorizar las huellas. El sol del mediodía que entra por la ventana de mi habitación es una daga en los ojos, pero al menos ilumina —a veces— el camino que aún debo imaginar.
Ten en cuenta que siempre debes planificar el regreso. Si no planificas el regreso entonces qué será de ti...
Hay que nombrar los caminos para marcar el retorno. Incluso un nombre provisional servirá, aunque solo sea para sembrar la duda de si el retorno podrá culminarse con éxito.
—¿Será este el camino de vuelta?
Todos estos profundos pensamientos sin haberme movido de mi cama. Pasando el rato, intentando obtener algo de placer de “mi mismo”, si es posible. Como ya te dije al inicio. Sodomizándome.
El dedo ahí, la mano ahí. Dándole y dándole con cierto orden en el ritmo.
-Bien.
-Posiblemente ahora irá. Pero aún estoy aquí, sin ese pensamiento necesario.
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