SUCCIÓN.

 


Fuimos siempre de la opinión de que, si llovía, había que abrir el paraguas. Hasta ahí, de acuerdo. Incluso, cuando el sol caía a plomo, el paraguas seguía abierto por su utilidad. Nada que discutir. Para pasarle el brazo por el hombro, otra posibilidad: el paraguas, siempre abierto.

Me daba no sé qué la anchura de sus espaldas, el volumen generoso de su trasero, sus piernas robustas con las rodillas tocándose al caminar. Sentía su calor de un lado; avanzábamos juntos, cogidos quizás, de la mano o de otra forma, pero cogidos. Y por algún motivo que ahora se me escapa, con un paraguas abierto aunque ya no era necesario.

Llegamos al "succionador municipal" de Santa Engracia, el que está al lado del estanco y de la floristería, esa que siempre huele a camelias, a gladiolos, a fragancias dulzonas mezcladas con el aroma rancio de tallos podridos y tabaco. Era el primer succionador de la calle Santa Engracia. Había cuatro personas delante; esperamos.

Le dije: —Si llevas un euro suelto y me sujetas el paraguas, te lo agradeceré.

Yo tenía dos euros. En una pequeña chapita metálica, caligrafiado traía una nota: "Sin preparación previa, tres en total; con preparación, seis". Así que le propuse con sensatez:

—Seamos prácticos, nos ahorraremos para un café. Abre mi bragueta y hazme "jueguecitos".

Sentí su mano, tan suave, única para aquello. Escupió en su cuenco, acercó la saliva a su boca, abrió mi bragueta, y en unos instantes deliciosos, comenzó. Mientras sus movimientos armoniosos me envolvían, mi vista se fijó en la estela de un reactor: una línea perfecta que se desvanecía en el horizonte. No cerré los ojos.

Llegó mi turno en cinco minutos, más o menos.

A través del cristal blindado vi la pequeña cabidad en forma de vagina del succionador, ya aséptica y lista. Metí los tres euros en la ranura, y el sonido metálico de la calderilla rodó hasta el estómago de la máquina. En la pantalla digital, números rojos indicaban el proceso: “Succionado nivel dos. Tiempo en intervalos de treinta segundos hasta tres minutos”. Me pareció suficiente.

Introduje el pene. Todo comenzó.

Ella me sostenía por la cintura, sujetando aún el paraguas. Y le dije:

—Cuando ocurra que tiemble, bésame. Bésame mucho. Luego tomaremos un café.

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