VEINTE CÉNTIMOS.

 


Yo iba por la calle Modesto Areas con ese andar que me caracteriza con pasos irregulares,  cansino, de quien arrastra historias colgando de los hombros. Cuando camino así, es que voy pensando en algún momento especial de mi vida..., casi siempre injusto.

Al llegar a la altura de la Sidrería La Checlaina, vi la máquina expendedora de "Serventa", encajada entre una cámara frigorífica que daba a la calle y una tienda de prendas íntimas. Me detuve, observando aquella mezcla. De un lado, sujetadores con aros para todos los bustos, camisones de tirantes finos, bodys, fajas de encaje, braguitas bordadas con flores. Del otro, las bocas inanimadas de un sargo mediano, un besugo tristón, un lenguado que parecía vestido de negro, una lubina enroscada mordiéndose la cola, y mucho perejil tirado entre el hielo.

Dejé el maletín en el suelo, introduje dos euros en la "Serventa" y seleccioné el A-28: "ensalada ligera con brotes de soja". Abre fácil, ponía. Esperé. Miré la maquinita ejecutar su gesto de autómata, recoger la ensalada Isabel y soltarla al vacío. Pero la hija de puta no cayó. Entonces aprieto el botón de devolución de monedas. Nada. Golpecitos en el corazón donde se almacenan las monedas. Nada. Una patadita en la espinilla metálica. Como si la hubiera acariciado. La rabia me encendió, entre el hambre y la ira por los dos euros robados. Tomé impulso y comencé a propinarle patadas al estilo Karate Kid, "un Akitetoko furioso". Medio cristal roto. Bolsas de patatitas, gomillenas, nubes de frambuesa, potajes de frutos secos, japomix, kikones picantes, kitkats, huevos Kinder, combinados de almendras y maíz, pipas peladas, huesitos de chocolate... Todo rodando por el suelo. La gente parada, mirándome. "¡Chalao!" decían. "¡Chalao!".

Salió el sidrero, mandil verde y grumoso. Me gritó: "¡Tú eres gilipollas o qué!". Le respondí: "¡A que me cago en tu puta madre!". Se metió adentro. Como soy legal, cogí lo que me correspondía por mis dos euros: una ensalada ligera Isabel y tres huesitos. Y aún le regalé a la máquina veinte céntimos. Me senté en un banco, junto a un sauce callejero, y me puse a comerlo todo. Allí me atraparon los policías nacionales por altercado y el desorden público.

Salí de la comisaría a las seis de la tarde, con mi maletín y mi traje negro impregnado de olor a calabozo. Me sentía neurasténico, con el encefalograma casi plano y esos mismos andares con los que camino. Parecía recién parido allí dentro, con cuarenta y ocho años y sin ningún porvenir.

Luego, al empezar a caminar, me hirvió la cabeza.

A un hombre lo ves solo y está solo, no le des más vueltas. Yo no daba vueltas, circunvalaba. Me invadió el resentimiento. No ese dolor de pisar mal y que te duela la pierna. No. El resentimiento que crece dentro, que hace maquinar y maquinar por qué te han hecho eso a ti, que no te lo merecías. Intentas bajarle el tono, razonar, incluso hacerte tu propio abogado del diablo, culpándote a ti mismo. Pero es en vano. El resentimiento crece, y o lo solucionas o te devora. Es una vorágine.

Caminando así, cogí la línea 12. "Uno diez", me dijo el conductor. Rebusqué en los bolsillos, casi sin suelto, porque aquellos putos dos euros seguían atrapados en la máquina. Me bajé en la esquina de Santa Eugenia con Edelweiss. Entré en el surtidor y le dije a la muchacha: "Necesito llevarme dos litros de gasolina, pero no tengo en qué meterlos".

No siempre camino así, como si sembrara trigo, con estos andares que me dejó el patio de la cárcel. Dos mil doscientos cincuenta días de patio, adelante y atrás, con el chándal, llegando a un lado y volviendo al otro. En la calle, si has sido preso, sabes reconocer a otro por sus andares cuando lleva prisa.

Regresé a Modesto Areas. La Checlaina bullía. La máquina de "Serventa" ya había sido reparada y repuesta. Se respiraban efluvios lejanos de serrín, caldo de marisco y sidra. Cuando llegué a la puerta, se me acabó la prisa. Me invadió una calma extraña. Como si el mismo Luzbel me hubiera susurrado: "Hazlo todo con cuidado, disimulado y lentamente".

Dentro, un partido de fútbol en la televisión, jubilados enfrascados en partidas, la barra repleta de hombrones con el codo apoyado y la pierna derecha semidoblada, en esa pose de sidrero profesional. Había tanta gente que seguir los dictados de Luzbel resultó sencillo. Abrí el tapón de la garrafa y, con la destreza de un negro vendiendo relojes, vertí la gasolina desimuladamente en el serrín. Tal vez la sidra atenuó el volátil aroma, pero pronto los parroquianos empezaron a mosquearse. "¡Aquí tufa a gasota que te cagas!", gritaban.

Para entonces, yo ya estaba en la salida, mechero encendido, mano en alto. Miré al hijo de puta del mandil y le grité: "¡Oyes, socapullo! Me debes veinte céntimos y te los cobro ahora. ¡Que te mueras, socabrón!".

Al salir, vi el resplandor amarillo y el humo espeso. Seguí caminando, con mi andar de ser sin alma, pero más lento. Y pensé, para mí mismo, que un hombre tan solo, sin nada más que perder, si le huele a asado de hombre y a sidra, todo se la trae floja.

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