miércoles, 18 de abril de 2012

DEPENDENCIA



¿Cómo es el tiempo?
(Los simples mortales jalonan el tiempo).
Para abandonarnos lo primero que hicimos fue no recibir noticias del mundo. Sin noticias del mundo es estar abandonado. Un poco de luz por aquí, un poco de luz por allí. De la calle unos pocos ruidos, algarabías de niño, rugidos de motor, y las aves del verano muy gráciles subiendo a plomo, subiendo verticalmente para volver a dejarse caer ingrávidamente. Nos abandonamos aún sabiendo que ya estábamos abandonados. Ella se acercaba con la silla de ruedas a la cama. Ya se había levantado antes para comprobar la realidad de nuestro abandono. Se acercaba muy despacio cuando yo aún estaba de espaldas sobre el colchón tapado por una simple sábana de color violeta, y me movía con su mano vieja y huesuda (moverme, no), era tocarme, pasarme la mano por la espalda para despertarme. Supuestamente yo ya estaba despierto, paradójicamente, haciendo un análisis existencial en la que Ella era la otra parte razonada.

Tengo la impresión de que nunca elucubraba sobre sucesos muy lejanos en el tiempo. Más bien eran hechos inmediatos. De cómo percibía el mundo. O de cómo yo estaba en el mundo. Si mis sentidos habían llegado a su fin para poder percibir, en toda su plenitud, nítidamente el mundo.

Me dice, he empujado hasta aquí tu sillita de ruedas. Pero antes date la vuelta mirando hacía el techo, y levántate la camiseta y bájate los calzoncillos. Yo de alguna forma aún estaba con los ojos cerrados casi sin haber llegado hasta la mañana, o habiendo llegado hasta la mañana no me encontraba completamente despierto. Sentía la toalla mojada por mi barriga, un desagradable frescor por mis ingles, por las pantorrillas el jabón pegajoso, por debajo de los brazos aquel olor fuerte a sudor como si fueran restos de amoniaco. Y una vez terminada su ablución yo permanecía allí acostado boca abajo, o dada la vuelta, era indistinto, hasta que retornaba en su sillita con una bandeja en el regazo y un vaso de leche y galletas que yo, ligeramente sentado para poder deglutir, empezaba a disolver en mi boca.
-¿Qué hemos decidido hoy exactamente?
-Hoy no hemos decidido nada.
Digo un día, pero no es un día a lo lejos, no es un día después de muchos días que casi olvido. Un día es ayer o mañana. Ayer mismo, pero siempre dices: un día.
Es mejor pensar, desde no sé cuando andamos con nuestros carritos a partir de las doce de la mañana por toda la casa, son ejercicios de moverse, ida y vuelta por el pasillo, unos ocho metros de pasillo intentando no cruzarnos (cruzándonos no cabemos, se lo digo). Así que ella asoma en la puerta de la habitación y espera a que yo pase hacía la cocina, ella emprende el trayecto y se mete al salón y yo salgo de la cocina, y giro ciento ochenta grados en el salón y ella, a su vez, se mete en la cocina para que yo pueda hacer de nuevo la recta del pasillo. Para meternos en el baño (por un maldito resalte ), son maniobras especiales. Con sumo cuidado circulamos sin intromisiones en el avance.

-Digo un día, pero puede ser el día de hoy.
-A ciencia cierta para qué nombrar los días.
-¿Es absolutamente necesario?
A una hora próxima al medido día, a media jornada, ya lo habíamos decidido.
- Esto debería ser pronto el final. Una vez abandonados. ¿Merece la pena seguir percibiendo la claridad?
Habíamos coincidido uno frente al otro, y no teníamos espacio. Nos miramos por unos instantes.
Ya no podíamos cruzarnos más.
En realidad, ¿cómo es el tiempo?


1 comentario:

delia díaz dijo...

abandonarse cuando se ha llegado al extremo cansancio y se pierde el valor, o todo pierde valor...
abandonarse... me suena tan a humano, a pesar de todo lo que nos dicen de la valentía de vivir, de lo que podamos creer o no, ese deseo alguna vez asoma tras una esquina perdida

es como una eutanasia compartida, un suicidio conjunto; duro, duro y real, tan duro y real como la jodida vida


en fin, no quiero ponerme melodrámatica... que me ha gustado leerte, Kenit, like always