martes, 24 de abril de 2012

LA MARIPOSA.




Me acuerdo que le sabía a panetela enroscada llena de mermelada. Para el coño era pulcra y limpia. Se lo lavaba mucho.
Yo siempre esperaba dos horas a que cogiese sabor.
Como comer el coño de casa no hay. Los coños de fuera a saber por dónde andan. En cualquier momento el coño lo tienes allí, mientras friega acaso, allí mismo. Con un puñado primero, agarrándolo.
La última vez que le comí el coño fue por Pentecostés, comiéndoselo mucho. Se lo comía abriéndoselo mucho, ella me ayudaba estirándoselo mucho con las manos. Yo le comía el coño sin ninguna ciencia. La lengua de abajo arriba igual que los perros, llevándomelo el flujo hacía su ombligo. Le brillaba la mata de pelos como el rocío sobre la hierba en las mañanas de Marzo.
No sé cuánto había que no follábamos rico, en el sentido de corrernos ahora tú ahora yo, que ya estoy que lo tiro, con el culo bamboleándolo mucho, a lo dámelo, guarra, so putona.
No sé cuánto había. Nunca guarra fue. Aséptica mucho.
Una vez por la noche mató una mariposa con la mano y me dio mucha pena. Habría como dos horas, o no sé cuántas, mirando cómo daba vueltas alrededor de la fluorescente de la cocina, dejando aquel polvillo, con mi único punto ciego. La mariposa estuvo contra una cenefa de flores azules, no llevaba sangre, con mi único punto ciego.
Me dije, esa me las pagas, hija de la gran puta.
Si te fijas, aún el espíritu de la mariposa en un cementerio de azulejos con una cenefa de flores blancas y azules.

Aquel domingo era de esos en que te levantas después de haber dormido mucho, algo sudado, y al abrir la ventana ves esa calima baja que parece tapar los edificios más cercanos, y no sabes si es contaminación de fábrica siderúrgica o niebla que trae el mar. Ella se había levantado por su lado y yo por el otro lado, y allí habían quedado aquellos dos huecos en la cama casi perfectos; la fina colcha por el medio, sin deshacer, indicando que en toda la noche no nos habíamos ni rozado.
Yo estaba acabando de limpiarme los dientes cuando ella entró en silencio en el baño y me puso aquella lista encima de la repisa de cristal donde estaban las toallas. Miré la lista de reojo y mientras me enjaguaba la boca, fui leyéndola: cuatro tazas de eupcakes, dos porciones de tarta de chocolate, un bizcochuelo, uno de crema de chantilly, dos palmeras, una porción de tarta de queso, un trozo de tarta de nueces, una torta de almendra, y cuatro carbayones, -lo de cuatro carbayones me lo había escrito con mayúsculas-.

Los domingos por la mañana la ración de dulce era doble. Ya habíamos pasado la dimensión geométrica de foca y estábamos en la progresión a león de mar, apenas nos quedaba cuello, y nuestras cabezas deambulaban pegadas al cuerpo como si hubieran sido posadas por el arcángel de los seres satisfechos.

Cogí la lista.

Cuando salí a la calle pude apreciar aquella bruma cálida de agosto. Me produjo sofocos mientras la atravesaba en rojo, y me metía en la pastelería Cupertino, nuestro habitual suministrador. Allí le estuve diciendo, después de guardar cola: ahora dos porciones de esa, ahora dos porciones de aquella, ahora dos palmeras doradas, ahora la torta, y le dije, deme cuatro carbayones, pues no me quedan carbayones, me dice, pues pronto se han acabado, le digo, aún son las nueve de la mañana, pues ya se las han llevado todos, pues déme el resto, pues cóbreme; y eso.

Me dejó el lacito, colgué el paquetito del índice, cogí la vuelta, y salí de la pastelería hacia el quiosco de Elvira, allí compré La Nueva España con el suplemento, y me volví para casa.

Cuando entré en la cocina ya estaban los tazones sobre la mesa, había un agradable olor a café recién hecho. Puse el paquete encima y me senté frente a la ventana, en el borde más estrecho de la mesa, ella se sentó en la parte larga. A todo esto, ni los buenos días nos habíamos dicho desde que nos levantamos. Cuando ya humeaban los tazones, ella tiró del lacito y desmadejó el papel que envolvía los pasteles. Sus ojos dieron un repaso rápido al paquete, moviendo con su índice los de crema de chantilly y las palmeras, y entonces me dijo aquello con voz de sargento de la legión, mirándome a los ojos, y acercándome mucho su cara plana de boxeador: ¿Dónde están los carbayones?, y yo le digo, pues Cupertino me dijo que se le habían acabado”. La cosa retornó a un silencio sepulcral, sólo se oía el crepitar de la masa pastelera en nuestras bocas. Cuando se volvió hacía mi y me echó aquella mirada que no pude soportar..., yo me había zampado el de tarta de queso y una palmera. Cuando le di aquel empujón con todas mis fuerzas ella tenía en la boca, a medio masticar, el de tarta de nueces. Cuando yo estaba comiendo una tacita de cupcakes y miré al suelo, mis zapatillas se mojaban sobre un charco de sangre, y ella permanecía caída sobre la silla, la cabeza apoyada en el borde del mármol de la repisa de la cocina, a un paso de desmoronarse contra las baldosas.
Como me imaginé que el día iba para largo, cogí la palmera que quedaba y la mojé lentamente en el café con leche. Sobre mis pies descalzos sentía una cálida humedad pegajosa.
Se ve que era una mujer de mucha sangre.
La mariposa parecía que aún estaba allí, sobre la cenefa, en una flor azul, muy muerta.

3 comentarios:

delia díaz dijo...

esta puede decirse que sí es una venganza dulce

encantome leerlo, Maese

y aplaudo silenciosamente, no quisiera despistar a la mariposa

La abuela frescotona dijo...

tanto merecía la mariposa muerta?
el hombre era muy vengativo, quien compartirá sus noches ahora?
Kenit este escrito lo tiene todo, sexo, comida y muerte..
saludos

goab dijo...

Tus personajes piensan tanto que dan miedo del silencio que contienen.