miércoles, 30 de mayo de 2012

DESDE ESE PUNTO.



Te ofrezco un párrafo, algo cruento sin mucho significado. Hay migas de ayer en todo el fondo de la mesa de mármol. Me he dado la vuelta muchas veces detrás de ti. Sobre tu cabeza mi cabeza, sobre tu espalda mi brazo, rozándote.
Ahora que hace sol descubro los bordes amenazantes en vértice y las malas noticias. La sombra nueva entre dos rayas paralelas de penumbra.

Y rozándote. Rozándote.

Mis partes me las toco en la ducha o en el bidet buscando algún bulto. La mano me la paso por el culo varias veces, deambulo bajo los brazos, entre las piernas, en el cuello mis dedos en forma de punzón.
 Mi padre tenía una hernia como dos puños y por las mañanas se ponía un cinturón de cuero con dos topes de madera a modo de faja, tiraba árboles, arrastraba troncos, daba puñetazos a las mulas, tenía el culo lleno de almorranas, cuando se apartaba para cagar venían cientos de moscas brillantes al festín de color betún.

Algo muy malo lo pudrió para morirse. Por la nariz un rastro amarillento. Todas las moscas en él. De todos los colores. Los coros siseantes, vueltas y vueltas.

Hay más párrafos de los que pudiera escribir, según se cae el sol por donde todos los días, como abriéndose paso.

Un toro se moría de reventado, una mula y un toro, el toro hincando las dos patas de delante sobre la hojarasca, dos hombres a palos sobre sus espaldas donde estaba el rabo atado, y la mula quejándose,  el tallo de madera casi no abarcado, arrastras hacía abajo, la mula, el toro, todos sobre un descanso de zarzales, raíces arrancadas, y rastros de brezo, el toro muerto con los ojos abiertos, y las moscas de la mierda sobre sus ojos. Los Coros siseantes, vueltas y vueltas.

Mis huevos tienen esa forma extraña de colgajo, me los veo, con el calor se me pegan, sudan, no adopto otra postura hasta que no llega el sol a esta parte. Me levanto a masturbarme sobre el lavabo, las cuatro gotas de semen con restos de sangre despacio hacía el fondo. Toco el rastro con mi dedo. Lo huelo. Abro el grifo y se pierde.
He de hacer con el brazo así y así sobre toda la mesa, todas las migas al suelo.
Lo salvaje mata a la vida. Lo salvaje no tiene un término medio, no tiene marcas, no hay un lugar en donde puedas esconderte, mata ancianos, mujeres, niños, lo salvaje deja cadáveres en el suelo innombrables, anónimos, sobre sus huellas de sangre.

El toro muerto reventado. Una cabeza de toro muerto reventado, los cuernos enterrados, la mula en un laberinto de cuerdas amansada sin poder levantarse en una trampa, el largo tronco en un equilibrio peligroso, inamovible por un gesto, derrumbado por una casualidad que no lo llevase  monte abajo.

El bosque estaba allí inmenso. Grajeaban las aves de no sé qué paraíso, los radicales mirlos en zigzag vertiginosos, sin pausa. Los azores de ronda dando vueltas sobre el principio de los árboles llenos de hojas de color naranja arrobados por el débil viento del medio día. Y luego los buitres oteando el festín.

Las golondrinas mucho más altas, casi indistinguibles.

A la barriga del toro cuatro hachazos. Sale sangre y tripas. La gravedad las lleva humeantes con un olor nauseabundo, salen solos como un torrente los intestinos. Para el corazón otro tajo certero en el esternón. El cuello a un lado, la cabeza se va de bruces sobre la hojarasca las fauces de morro en posición amenazante, levantados los cuernos ya muertos. El troceo de los pernales, y los lomos, para aprovecharlos, y un reguero de sangre en hilos interminables que se pierden entre las hojarascas de abedul y roble.

Las moscas llegaban desde todas las mierdas. Los Coros siseantes, vueltas y vueltas.

No está mi mirada sobre la luz. Mi boca arriba sobre la luz. En un trasiego. La mano ansiosa que me acaricia en esa proporción de piel que le indico. El olor a pan húmedo entre una fritura de pimentón picante y ajo. El sol que se queda parado sobre mi dedo, sobre un pequeño bulto donde mis piernas se juntan al tronco. El sol tan quieto entonces, la sombra perfecta, sin penumbra y muchas migas sobre la mesa, como si un brazo hubiese pasado de lado.
Sé que he  de empezar a morirme desde ese punto.


1 comentario:

goab dijo...

Vertical y cálido como el sol a mediodía. No deshaces el asombro más bien lo diluyes, lo apoltronas sobre un colchón de lana, como si el terreno que pisamos no contara con nuestra presencia para lo importante.