miércoles, 23 de mayo de 2012

YA HE DEJADO DE VERLO AQUÍ.



Nunca me quité aquella cara de la cabeza.
-Es muy posible que siempre encuentres lo que buscas si lo haces obsesivamente.
Presentí que era él cuando posé mi mano sobre su hombro, y se dio la vuelta. Breve instante aquel en que me miró a los ojos y yo miré los suyos. Un segundo de pensamiento puede tener un gesto furtivo de bestia acorralada, y él lo supo, no había hacía dónde correr. Le dije, pienso me que conoces, y el me siguió mirando sin decir nada. Había una extraña luz de medio día como cuando las nubes se mueven suavizando la claridad. Nuestras sombras aparecían y desparecían en una extraña osadía que era como un presentimiento que se difuminara levemente para volver con fuerza. Su brazos llenos tatuajes carcelarios, sus facciones escuálidas de pómulos prominentes. Le dije, ahora sé fijo que me conoces. Sus ojos se habían hecho grandes, apenas parpadeaba como suponiendo una gran sorpresa. Le dije, te acuerdas de una mujer llamada Julia, aún cruza las piernas, y por las noches grita horrorizada. Ahora, sus ojos se cerraron, casi se cerraron, como si un recuerdo le hubiese taladrado las sienes, al mismo tiempo que daba dos pasos hacía atrás, como si de repente hubiese comprendido los susurros del mismísimo Belcebú en la orilla de su alma.
Al sol le tocaba el instante de una nube oscura. Mi sombra casi deshecha levantó una grotesca forma de bolsillo, y se escucharon seis disparos. Se cayó de bruces, apenas unos instantes apoyado en sus rodillas, luego de lado, y boca arriba, su boca abierta, sus dientes negros, y un rastro de sangre en las comisuras. Fueron una paradoja sus ojos abiertos mirando al cielo. A decir verdad casi nada de sombra en el contorno de su cuerpo derrumbado. Me di la vuelta y comencé  a alejarme lentamente. Mientras caminaba sentí ese extraño placer que te da el despertar de la conciencia y la venganza consumada. Por encima de mi, otra vez el sol, bajo un fondo plenamente azul. Aún tardaría en esconderse para volver a salir de nuevo.
Sus restos yacen borrosos, disueltos en mi satisfacción. No siento ningún vértigo cuando me miro a mi mismo, y avanzo como una aparición.
Ya he dejado de verlo aquí.

2 comentarios:

Anita Noire dijo...

:(

Jesús Mendelssohn dijo...

La vengaza es dúlce, en cualquiera de los casos.
Estupendo relato Kenit. Me gustó muchísimo la fluidez con la que narras, la sensibilidad con la que explicas algunos acontecimientos.

"Había una extraña luz de medio día como cuando las nubes se mueven suavizando la claridad"

Lo dicho, Kenit. Genial.
Espero leerte más pronto ;)