martes, 1 de marzo de 2016

COCOROTA.



Llevo días dándole vueltas.
Yo no creía en aquella teoría de los hombres corocota de camello. Pero cuando vi a mi Agustinico por primera vez empecé a creer en aquella teoría de los abovedados con un pequeño valle entre la zona parietal y frontal del cráneo.
Cuando Emerita llevaba seis meses preñada de Agustín le entraba un furor extraño coincidente con las lunas. Yo me imaginaba que lo hacía con el fin de tenerme satisfecho por el miedo a que se me subiese el semen al cerebelo y me saliese por los ojos. Pero no, era porque a ella le iba la marcha de un modo extraño.
Así que nos disponíamos con un cojín gigante en forma de corazón rojo, ella en postura supina forrada la espalda completamente en pelotas y yo envergándola casi como si se la metiese por el culo. No era así. Se la metía por donde el Agustinico saldría dentro de tres meses bien contados. Y era tal la excitación, que había algo de sadismo en los tres últimos quites a vida o muerte. Tan fuertes eran los envites que alguna vez temía que se le fuesen a salir las bolas de los ojos como ya dice el vulgo.
Hasta bien entrado el noveno mes lo hicimos con fruición casi salvaje, yo muy envarado, con mi glande redondito bien regado, muy dilatada la rendijita por donde sale la meada.
Algunas veces en la última embestida tenía esa sensación de chocar con la cabecita del Agustinico, una y otra vez, de forma frenética.
Ahora que lo tengo en brazos, y le miro la cabeza, y que lo observo detenidamente bien, empiezo a creer en las corocotas en forma de glande. Cuando voy por la calle, con esta moda de los rapados, no paro de remirar todas las calvas con ese pequeño oquedad en el medio de la misma sutura Fontanelle, descaradamente fascio y en forma de capullo.
Lo bueno es observar desde platea, tanto cráneo resplandeciente, con la misma pipita de mear mirándote hacía arriba.


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