viernes, 11 de marzo de 2016

EJACULATION.




CASO PRODIGIOSO OCURRIDO EN EL 2003. RELATADO EN PRIMERA PERSONA, O ASÍ.

Era un gesto caritativo. Limpiaba mis comisuras con un paño lleno de restos de aquella bazofia verdosa; verduras aplastadas, trituradas, recalentadas hasta la saciedad. Una y otra vez la cuchara dando vueltas pacientemente en el borde del plato, no sé aún por qué dando tantas vueltas repleta de mejunje, si luego se paraba para recoger un poco de aquel potaje sobre el inicio cóncavo de la cuchara, y desde allí a mi boca haciéndome aquellos arrumacos como si fuera un niño de dos años. Se doblaba ligeramente sobre mi, era reclinarse lentamente y debajo del peto de su mandil blanco percibía sus amplios pechos casi rozándome en la boca.

Por donde mis omóplatos. Cruzando mis glúteos. Dos estrobos de nailon y el sonido de la maquinita. La habitación blanca llena de neón azulado. El sonido del motorcito eléctrico moviendo el brazo elevador y yo como un bulto en una  posición combada, ligeramente arqueadas mis espaldas hasta reposar sobre la cama, tapadas las sábanas con varias capas de plásticos puestos a propósito para que no se absorbiese la humedad. Pensaba aún en esa operación casi fabril como si esto fuera un almacén de ancianos subdivididos y clasificados por plantas según su dependencia.

Pensaba en cuánto tiempo había pasado para volver a ser como un niño indefenso que volvía hacía la nada.

Algunas veces tocando mi cara había sentido una calavera dibujada en tres dimensione. Mis pómulos prominentes y las cavernas de los ojos, las cejas como dos colinas, el mentón afilado, sobre los maxilares casi marcados los escasos dientes que me quedaban, como abducida la piel sobre lo que era la foto de la muerte. Me estaba quedando en los mismos huesos por aquel síndrome inexplicable, aún no clasificado, aún sin nombre, con la nomenclatura de andar por casa, puesta por el endocrino, algo así como extraños ataques polucionales agudos.

Llegaba la noche tan agradable. Algunas veces la maniobra se alargaba dependiendo de los arreglos del colchón. Otras veces un forzudo enfermero me depositaba bruscamente, y la enfermera me tapaba con aquella especie de ule y el cobertor. Quedaban mis ojos perdidos sobre el techo uniforme, sin ninguna marca, sólo con una leve sombra que no daba pie a imaginarse grotescos personajes. Sólo la luz tenue y los sonidos habituales desde el largo pasillo con el trajinar del tran tran de los carros de comida en el retorno de la recogida.

Luego el sopor y los ojos cada vez más cerrados. Esa penumbra inicial que es como el olvido, lo más cercano al inicio de la muerte. Me viene cada tres días el mismo sueño desde el último marzo de ahora hace ocho meses. La oblonga curvatura, la suave dermis que acaricia mi cara como si fueran las manos de un ángel. Areolas que se posan en mi boca, duros pezones que chupo apretando suavemente con mis encías. Sorber rítmico, paladeo de restos de suero lechoso como si volviera al origen de mi existencia cuando mi madre me ofrecía la teta aplastada con su mano. Los sueños no tienen final, son de dimensión lineal e infinita, voluminosos, voluptuosos, un universo dentro de otro universo. Por mi espina dorsal se trasmiten sensaciones lúbricas y un impulso extraño y familiar. La verga de un viejo curvada y dura como el mismo corindón, inflamada, vibrando igual que si fuera un adolescente. Siento una inicial secreción y los tres estados de la eyaculación en uno durante un tiempo que no puedo evaluar. Podría decir cinco minutos o seis minutos (de sublime placer), con aquel chorro continuado a mas de cuarenta metros por segundo, mojándolo todo, rebotando sobre los plásticos que me rodean, sintiendo la pegajosa y cálida sensación sobre mis raquíticas piernas, más de quinientos centímetros cúbicos de semen con una densidad poblacional de noventa y ocho millones de espermatozoides por cada mililitro cubicado.



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