ESPLENDOR EN EL MAJUELO.



Lo poético.

El sol apenas despuntaba en la amanecida, cuando los hombres de Arrumias del Fuego Santo ya estaban en el Majuelo, encendiendo con cuidado los rastrojos secos. El humo blanco se alzaba en espirales, lento y denso, llenando el aire de un olor familiar, a campo viejo y ceniza fresca. Al fondo, ya en el valle, todo estaba lleno de  de hiladas de cepas que casi se perdían en el horizonte. 

Los chavales, ya esclavos del campo, mirábamos con los ojos brillantes de curiosidad, desde la linde, fascinados y algo temerosos. Aquello parecía un rito ancestral: el fuego corría ligero sobre la hierba alta y seca, los mayores, con azadas y ramas verdes, lo contenían, domándolo como a una fiera que sólo ellos sabían manejar.

No se trataba de destruir, sino de preparar. El fuego abría paso a la vida: donde antes había monte bajo, jaras, matorral bajo de brezo, pronto habría surcos rectos y oscuros, esperando la semilla. Después vendrían los arados, el estiércol de las cuadras, el canto del agua en las acequias, la lluvia, y al fin, el milagro del grano vadeado igual que un gran mar.

Con el tiempo, aquellas laderas peladas se harían campos de trigo dorado y huertos verdes. La tierra, según los cánones ideológicos…, fecundada por cenizas y sudores de hombres fuertes y rudos..., devolvía en abundancia lo que se le pedía.

Cada verano, cuando el viento traía olor a humo, me retornaba aquel recuerdo: hombres vigilando el fuego, casi niños aprendiendo en silencio, y la promesa de convertir el monte árido en oscuro verdor .

La lumbre de los rastrojos crepitaba como si hablara en una lengua antigua. El humo se mezclaba con la neblina formada por el viento cálido del amanecer, y en la ligera brisa había un perfume áspero de monte viejo chamuscado, de resina que lloraba, de tierra caliente que pronto sería surco.

Los hombres, con boina calada sujetando un pañuelo en la nuca y camisa remangada, vigilaban el avance del fuego como si se tratara de un animal bravo: lo dejaban correr hasta cierto punto y luego lo atajaban con un azadón a golpe seco, o con un “ramazo” verde. Había en sus gestos una sabiduría callada, heredada de padres a hijos, que no necesitaba libros ni decretos.

En un ribazo cercano, algunas mujeres sacaban pan de centeno de las alforjas. Pan negro, denso, que olía a horno de leña. Lo acompañaban de queso  blanco y aceitoso, que se cortaba con la navaja de capador, la misma que había servido para cortar los testículos  a un verraco, o para deshacer un nudo en la soga de la mula. Y para darle fuerza al cuerpo, un torrezno crujiente, que brillaba como oro viejo bajo la luz del sol que ya se alzaba alto sobre la páramo.

Los chavales ayudábamos todo lo que podíamos, quietos a veces en la distancia, se aspiraba aquel mundo como si fuera un secreto de mayores: humo, pan, hierba amarilla, brezo pardo, tierra marrón y negra.

El rito del fuego no era solo la quema del monte bajo: era la promesa de que de aquellas cenizas nacería el trigo y centeno, y de su mezcla saldría el pan, y con el pan la vida.

Con el tiempo, donde había habido jaras y retamas brotarían las sementeras, largas y amarillas, que se mecían al viento suaves y onduladas .

El   fuego siempre quedó grabado en mi retina como una ceremonia que retornaba la sensación a ceniza, y sabía a campo, a pan de centeno, a queso recio, a torreznos con vino fuerte del valle, a la tierra misma que, una y otra vez, se dejaba domar.

//***

El esplendor.

Recuerdo aquel verano como si lo tuviera tatuado en la piel. Había bajado a la era a buscar mas pan de centeno para acompañar los torreznos. El aire llegaba allí, olía a humo de rastrojos y como a sudor de mula arriera. Al entrar en la caseta de aperos, la penumbra era espesa, húmeda, con un tufo de aceite viejo, a embutidos colgados de cuerda de bramante.

De pronto, la puerta se abrió y apareció Edelmira, la mujer del Guarda forestal vestida de negro. Gordita y neumática, con las carnes prietas que parecían reventar el vestido. Tenía una mirada turbia, como se pone después de beber aguardiente.

Bien sabía ella que el Guarda, de aquella…, andaba, mucho más arriba,  a otros menesteres vigilando la quema.

—¿Qué haces aquí, hombre? —me dijo, y su voz me sonó ronca con rastros de cazalla.

No esperó respuesta. Se acercó con paso firme y me agarró la bragueta como quien coge un conejo de las orejas. La sangre me golpeó en las sienes y en la entrepierna. En un instante me bajó los pantalones, se arrodilló en la paja reseca, y se metió mi "verga" en la boca con la violencia de una bestia que bebe el deseo, y tiene una sed brutal. Sentí su boca suave, profunda, el paso de su lengua, una y otra sobre mi “capullo”. Sentía un placer enorme, y como mis piernas  empezaban a doblarse sin fuerzas.

Cuando ella consideró que mi polla estuvo dura como un pedernal, me empujó hacia atrás. Yo caí sobre un ovillo de esparto que me arañó la espalda. Ella se subió las faldas, se bajó las bragas de forma apresurada y, sin más ceremonia, se dejó caer encima de mí. Pesaba como un yugo de bueyes, y me apretaba los riñones contra el serón de esparto. Me cabalgaba con una furia ciega, ansiosa, gruñendo, tirándome de los hombros como si quisiera arrancarme la carne y sentirse traspasada.

Sentí el dolor y el placer mezclados, un tajo de fuego que me partía en dos. El esparto me raspaba, la sangre corría, y la mujer jadeaba con un bramido animal. Me corrí debajo de ella, exhausto, como si me hubieran estrujado las entrañas.

Se levantó de golpe, se acomodó las bragas y, al llegar a la puerta, se giró con la cara roja y los ojos brillantes. Se llevó un dedo a los labios y, con una sonrisa torcida, dijo:

—De esto, ni una palabra… o te mato. Y ten cuidado, que el “hijoputa” del Guarda  ya sabes cómo se las gasta, y me dijo que iba  hasta en el Majuelo.

Salí de la caseta con la hogaza de pan apretada contra el pecho, como si llevara un secreto. El aire afuera era distinto: más denso, más caliente aún, cargado todavía del humo que subía de los rastrojos encendidos. Caminé hacia la linde tambaleándome un poco, con las piernas flojas, como si la tierra misma me hubiera absorbido las fuerzas.

Los hombres seguían allí, callados, vigilando el fuego que avanzaba con lengua roja por entre los surcos. El crepitar de las ramas secas me sonaba igual que mi propia sangre en las sienes. Sentía un calor en el vientre, una fiebre extraña que no venía del sol ni de la lumbre.

El pan olía fuerte, a horno de leña, a corteza dura y a humo pegado. Lo acerqué a la cara y respiré hondo, como si en aquel olor quisiera ahogar lo que aún me hervía dentro. Pero no se apagaba nada: todo estaba más vivo, más sucio, incluso más hermoso.

Tuve la sensación de que todos me miraron de reojo cuando llegué con la hogaza, pero nadie me dijo nada.

Suponía que todos sabían de mi secreto...

El fuego estaba en su plenitud, el humo lo cubría todo, y yo, con el sudor frío en la nuca, me senté sobre una piedra. Tenía la boca seca, la lengua pesada, y en el fondo de los ojos un relámpago extraño que no se iba.

Cuando volví mi cabeza y observé hacía arriba, allí estaba el Guarda sentado sobre una pared, mirándolo todo.

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