miércoles, 25 de febrero de 2015

MENSAJE.



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jueves, 19 de febrero de 2015

EFÍMERO.



Efímero -siempre-.
No era una casualidad, era su palabra.
Y también:
que entre dos latidos de reloj no había pausa,
existía una eternidad.
Algunas veces una pierna sobre otra,
sentados al atardecer antes de acabarse el mundo.
Lo piensas.
Por qué era necesario mentir.
Aún existía aquel olor a hierba cortada,
y el mar parecía más alto que la colina,
como encogido para caber en el precipicio.
Le dije: mira, por ese sitio
la gente bebe todo el vacío
durante ocho segundos
para poder morirse.
Y luego los trae el mar a esta orilla
con medio corazón
y las manos abiertas.
Hicimos un largo silencio
en una hora que no hay nada que hacer,
y piensas que mañana será todo diferente:
lo que vayas a pensar
lo que hagas
lo que descubras
lo que vayas a sentir.
Nacidos nuevamente.
Tan frágiles como cuando transitas
por el pasillo de un hospital a las doce
de la noche, sin tener casi esperanza.
Me decía: efímero -siempre-.
Entre cada parpadeo de sus ojos,
sus pliegues en la sien,
si sonreía,
cuando te miraba de cerca.
No sabía si la última vez.
O era sólo un instante
antes de volver.



miércoles, 18 de febrero de 2015

POR EL MISMO LADO QUE SIEMPRE CAMINO.



Para qué recorrer el borde del precipicio
de mano en mano, sin deseo de poder salvarse.
Ir así sin ningún fin premeditado
sin microscópicos relieves en la piel
que te recuerden el sentido del tacto.
Cómo se juntaron las líneas de Nazca,
con qué armonía sin perspectiva
para ser visibles
y quién es el osado que mensuró
el radio del universo
y puso tu nombre infinitas veces para invocarte
cuando el dolor me estremece.
Quién soy en esta parte de la ventana
esperando que aparezcas
cualquier atardecer.

martes, 17 de febrero de 2015

MIRO CUANDO VOY EN EL AUTOBÚS Y PIENSO.



Para Antonio Rodríguez que hilaba con telómeros
trozos de piel herida,
para la piedra desgastada de tantos rezos
sobre su borde ígneo.
Y también para Paula que levanta a su hijo
y se ríe para ofrecerlo en sacrificio.
Y el hombre encapuchado que siega las flores
y las colas de los lagartos, que asesina mariquitas,
y remata crisopas mutiladas.
Para los que vamos en este autobús
la mosca que vuela sobre la cara de Amanda
relativa en su avance.
Y la ciudad que pasa, el anuncio de pegamento
la oferta del banco sonrisas y la miel en un escaparate azul.
Para Sonia que se da golpes en el corazón
y para todo el amor
y mi mano que aprieta en equilibrio
y la grúa monstruosa que se eleva llena de vacío.

lunes, 16 de febrero de 2015

CONSTRUIR.




La Muralla China se hizo para que no entrase la arena del desierto del Gobi.
Construir un escalón para llegar ahí,
fue hecho para eso.
Para ser destruido construyeron el muro de Berlín.
Para esperar el autobús una parada frente a mi casa.
Para tener pánico el ascensor que me sube.
Las sillas del hospital.
La Sagrada Familia para que mires el cielo,
y no te preguntes para qué. Y tantas palabras.
Los socabones atómicos de Kazajistán,
Mururoa, Nuevo México, aquel para jugar a las canicas
en Sinkiang.
El banco de cemento frío en el Parque de Asis,
los pájaros que vienen
a comer las migas que suelto.
El miedo a volver hecho por mi.

ESA COSA. TEORÍA DE LA EVOLUCIÓN.




Yo no tenía una edad conveniente, si hubiera andado a gatas me hubiera desplazado lo mismo. Conveniente en el sentido de lo oportuno, en ese instante en que por una vez levanté mis manos, y luego pude desencorvar  mi débil cuello para mirar al cielo. Cuántos seres humanos habían hecho eso, en cuántos instantes para que ese logro quedase confirmado en nuestra mapa genético.
Esto es así.
De mi perspicacia al estar en la cama y vaciarme despacio conteniendo mi esfinter para que suavemente vaya expulsando ese aire pútrido. Logro despacio elevar las sábanas y lo huelo, para mi de agradable frescura casi un olor que sabe a muchas combinaciones de esencias . Pienso así la deferencia de la naturaleza, por qué en esos tres o cuatro segundos apena que dura el siseo suave siento ese calor agradable en mi zona muscular reguladora. Y me doy cuenta de por qué ese vaciamiento no puede durar más, sólo esos instantes precisos en que expulsas los restos de tu caldera digestora. Me imaginé entonces, llamésmolo así, un pedo de quince minutos de largo en el tiempo y en ese espacio reducido regulado por el pectineo, con ese calor acumulativo creciendo y creciendo hasta llegar a temperaturas extremas por el roce propio del fluido desplazado por esa tierna epidermis. Sé que la naturaleza nos ha modulado en su justa dimensión. Quince minutos de pedo son mucho, si estás acostado boca arriba y el efluvio pasa a esa presión no contenida. No se requeriría gran destreza de cálculo físico para darnos cuenta de que ese gran pedo nos destrozaría a fuego lento por culpa del calor disipado.
Debes creerte que tan importante como ese gesto mil milenario de mirar al cielo con nuestro cuello erecto, único animal que hace ese mueca  tan vertical, fue, debes creerte, la modulación exacta y en sólo unos segundos de un agradable y fluctuante pedo oloroso y grácil que captas con gracia abanicando las sábanas sobre tus narices, dejando apenas un aumento de un grado centígrado que hace ese trance tan natural tan importante y real, casi como la propia vida. Qué decir de la evolución. Podríamos recoger modificaciones evolutivas apenas intranscendentes quizás desde la ancestral vida de los reptadores y babosos deuterostomados hasta nuestros cómodos y agradables días.
Sólo desearos a los que habéis llegado con una gran paciencia  hasta aquí, unos felices libres y olorosos pedos.

viernes, 6 de febrero de 2015

TREN.



Esto era un día, después de mucho tiempo. Te voy a contar cómo llegué allí con todos ellos hablando en mi cabeza para poder pensar tranquilo.

Aquel poema lo había hecho mientras esperaba
partía de una figura exacta y quieta recortada en el horizonte
y llevaba todo el dolor que te puedas imaginar.
Los poemas así sólo se piensan,
palabras con nombres
nombres y nombres que suenan a versos.

Cinco años antes había llegado a la puerta. Aún la recuerdo, de dos hojas que se abrían a la mitad, la de abajo debía de permanecer casi siempre cerrada, la de arriba abierta para la ventilación. Llegar hasta allí fue relativamente fácil en el sentido de que sólo era caminar dando dos vueltas en zigzag para acabar en un tramo recto que te llevaba a la casa. Las vías del tren pasaban por la parte posterior, y cada veinte minutos aproximadamente transitaba un mercancías o un tren de pasajeros, y siempre aquel pitido que empezaba en la lejanía, que se acercaba y se alejaba con diferente tono, como si la vibración se disipase al alejarse y se concentrase al acercarse.
Poco después estuve mirando por una ventana. Era usual en mi ver el camino por el que había llegado, reflexionaba cómo habría podido caminar tanto, cómo habría podido llegar hasta allí por aquel sendero lleno de tortuosidad, cómo habría podido guiarme por aquella senda cinco años antes.
De todas formas me acordaba como si fuera ahora mismo el primer silbido en la lejanía, sus fluctuaciones al acercarse, cuando ya estaba cerca como un chasquido, y luego el sosiego y su particularidad al alejarse hasta una suavidad casi infinita para entrar en un intervalo de casi silencio, sólo la brisa al agitar las hojas de los abedules que crecían en el entorno.
No sé cuánto.
A veces pienso que aquel día el sonido empezó muy lejos. Y pude adivinar por su tono que era un mercancías. Puesto de pie con la cara vuelta a la ventana que daba a las vías. Había calculado con cierta dificultad la distancia desde una robusta viga larguera hasta un caldero de zinc emborcado sobre una mesa blanca y hule azul. En qué instante fue de ahora mismo en que procuré aquella coincidencia, el silbido en la lejanía acercándose, el calculo previo de mi balanceo, para que entre todo el estruendo con aquella probabilidad cumplida, mis ojos se cerrasen sobre mi boca abierta.

Y nunca más.

Es cierto que nada quedó. Sólo aquella brisa empujada que puedes describir, si te apetece, llamándola silencio.


jueves, 5 de febrero de 2015

ESTADO.



Por qué no quedan poetas que se mueran antes
asesinados

                                elegida la hora más temprana

cuando nace el pan

y acaba el amor.

martes, 3 de febrero de 2015

ANDRÓMEDA.



Para los que cuando era niño me hablaron de Andrómeda
y del estiércol, y del precio de las cosas,
para los que me llevaron de la mano hasta una cama
para ver la cara de la muerte.

A esos, en su afán de enseñanza. Sin palabras extrañas en su relato.


Otra vez se lo había dicho,
el humo que asfixia la noche es más llevadero,
sin la otra mitad del paisaje.
Me puse de pie y le señalé con los dedos
la verdad ahora es esta:
Un trozo sin sabor, desde ;AX a ;-P, dale vueltas en tu boca.
Y dime: te empalagas.

;AX=0A0D  BX=0000  CX=140A  DX=029A  SP=0400  BP=0000
 SI=0000  DI=0000
;DS=16D6  ES=16D6  SS=1808  CS=16C7  IP=001E   NV UP
EI PL NZ NA PO NC ;16C7:001E
B409          MOV     AH,09 ;AX=090D
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EI PL NZ NA PO NC
;16C7:0020 BA9702        MOV     DX,0297
;-p

Al poeta que le quedará para proteger su va y ven,
o el zig zag, apenas media hora de amanecer,
una hora de atardecer, y una mano como que se muere
como que se pliega sobre las comisuras de tus labios
como que habla de ti sin que le reconocerte.

Harto de ver cadáveres anónimos en blanco y negro
y con su color. Parte de la ternura separando una cabeza.
Preguntándote:
de qué color era el fuego y las miasmas,
como huelen a mierda los multitudinarios mitines
y casi los abrazos, las manos levantadas,
los papeles que vuelan en forma de palomas.

Al fin es esto, en su justa medida,
no debes leerlo. Debes escucharlo
como si no entendieras nada.


Input
EscriboMensaje1
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;Copia
el nombre al FicheroDeEntrada convirtiéndolo a ASCII
;pasando
los valores a FicheroDeEntrada. Deberéis de comprobar
;el
proceso secuancial de esta Macro y no sentir miedo.



miércoles, 28 de enero de 2015

SABER VOLVER.



El sentido de la orientación es lo más importante,
luego la gravedad, poder desplazarte
saber por qué tienes que irte, o volver.
Mover el pulgar y el índice para coger cosas
doblarte para aliviar el dolor,
sentir que nada separa las paredes de tu estómago.
Volver aquel cuento de amor:
hubo una vez un hombre que llevaba prisa.
Tropezar lo mínimo contra los límites.
Aún recibir cartas en tu lugar de reposo.
A veces dar muchas vueltas y vueltas
para que el mismo lugar
te parezca desconocido.
De cualquier forma que te apasiones, en un día débil.

Saber volver y quedarte quieto.

martes, 27 de enero de 2015

PUTAS PALOMAS GIGANTES EN LA CALLE.



Aún no sé muy bien por qué me dio por violar aquella vieja que daba de comer a las palomas todos los días a las siete de la tarde lloviese o hiciese frío. Tenía unas piernecillas tan escuálidas que la levanté tres veces por los aires antes de correrme entre sus junturas, más seca que la mojama, y se lo dije, le dije de usted, mecago en su puta madre, no me eche más de comer a las palomas que la vuelvo a violar, venía todos los días con aquella mezcolanza de lentejas y arroz y mugres de pan y algún que otro garbanzo que quedaba por allí porque las palomas no podían tragarlo, bajaba de San Julián, por Abastos abajo, se largaba del asilo por aquella manía que tenía la hija de la gran puta, con la bolsa de plástico, yo desde la ventana muchas veces le hice fotos con el móvil para los putos municipales, pero nada de nada, y me dije, la violo, y la esperé en el portal de Intimidades Mónica, cerrado por jubilación, según bajaba por Donoso, todo oscuro y transito poquito, por allí quedaron migas de otros criaderos a los que iba, yo me vine para casa y bajé con la escoba a barrer las lentejas y los kikos, muchas veces lo comento en hacienda con los compañeros, estoy hasta los huevos del zureo de las palomas, por las noches se me vienen ese ruido de nana, y es como si cantase su puta madre

lunes, 26 de enero de 2015

LENGUA.



Le dije, entre tanto desánimo hoy deberías darme un poco de placer. Incluso le afirmé, el amor fue la primera dimensión. Antes que todas las dimensiones ya estaba el amor recto e infinito.

Este día es necesario, con tanto frío sobre mis manos.

Déjame hacerte el macho suplicante. Estamos en la estación amorosa, y debes darte la vuelta: hay una mariposa en la alfombra que  aún no está del todo muerta.
Las paredes blancas, no sé en que parte la geometría perfecta del cubo, y en el techo nubes defectuosas entre sombras.
En este juego deseo vivir en tu orilla entre párpados abiertos ligeramente aceitados.
Previamente buscada tu amplitud, dos dedos abriéndote en una medida perfecta.
Sin escupir mis desdichas, sin decirte nada osado escupiendo.
Donde habitas  meto la lengua para indagar antes de cerrarse. Nada es pútrido en ti.
Luego juegas como metiendo cosas donde se acaba el vientre, donde a veces empieza el mar desde tu boca.
Sibilas mentirosas que adivinarán nuestra muerte en este trance contagioso.
Caín y Abel, indistinto. Gomorra se llenaba de cenizas y aún jodían apresurados con polvo en los oídos, los rostros de un gris fantasmagórico.
Joder y contemplar tu alma, avanzar en zigzag  la lengua por las quebradas de tu  línea pectinea. Deseamos siempre sentir lo suave contra lo suave.
Pétalos no hay, no hay.
Esencias de flores de Bach, no hay.
Para gozar del cielo es necesaria la inspiración, no basta mirarlo.
Si te das la vuelta he de sorprenderte, sodomizarte, sumido mi rostro donde te acabas.
El tiempo necesario hasta que abras la boca mirando al suelo.
Aún la mariposa del invierno está dando vueltas agónicas sobre si misma, sin acierto a dónde. La armonía en si misma será su reposo absoluto en lo inerte.
Llámame un día de estos y te hablaré por el culo hasta que salgan de tu boca palabras de amor.
No apagues la luz nunca más, oscuro no me gusta, me da miedo,  -tápame el pecho con tu espalda-.
Dime que vaya a verte, yo no me atrevo a pedírtelo.
No sé cuanta vida hay cuando te miro, cuánto me queda, cuánta miseria percibes en mis ojos.
Ni cuánto queda para dos horas, ni cuánto es ese tiempo.
Dime, ven.
Dime, trae los ojos abiertos y la boca. No traigas la esperanza.
No necesito tus manos.
Pregúntame.
Cómo sabe  tu mierda.
Y quédate conmigo hasta que la mariposa esté quieta.
-Dos horas sólo sin ver el abismo, es un precio justo-.
En su forma de pervivir, la muerte respira por última vez por donde te meto la lengua.