jueves, 18 de diciembre de 2014

EL AIRE.







vi varias veces la bolsa  vuela de American Beauty
cuando tengo miedo lo miro dar tantas vueltas
juro que me afano por no perder la esperanza
por dormir y despertar, vivir del aire
si estás ahí la llamada es posible
a horas normales dime algo
mándame palabras mensajeras

lunes, 15 de diciembre de 2014

ANESTESIA.



¿Qué tal si hablamos de soledad?
Qué será del amor si nadie llegase para tocarte.

Tengo la sensación que he despertado en otro lado. Aquí la luz es un tanto desigual. También son desiguales las formas que ilumina. Parece proyectada por un punto alargado que penetra desde el cielo. A ciencia cierta esta habitación puede ser otro lugar no identificado, otro mundo, aún no lo sé. Alguien apareció en el umbral de la puerta dispuesto a interrogarme, no percibí completamente su cara, y no entiendo lo que quiere decirme, en el fondo de esa perspectiva de ojo de buey en que lo detecto. Ayer pude haber estado aquí o en otro lado. Noto una inclinación inusual que dificulta mi reposo, estoy en el fondo de algo, físicamente apoyado, al revés, sobre un tabique. En estos casos suelo razonar con cierto sosiego, -quiero decir que no me pongo irrazonablemente nervioso-. Ahora, más despierto que antes, reconozco que quizás nadie se asomo al umbral de la puerta, pudo ser una sombra alargada. No hay ruidos, nada gutural, nada humano; así que es muy posible que esté sólo, con innumerables objetos sobre mi que me atenazan, y me hacen fijo y solidario a este mundo extraño. Deberé llegar a la luz de la ventana, a esa forma de cilindro que se tiende hacia mí como un bastón. Deberé irme en algún momento del día o de la noche, no puedo soportar estar cercado, así inclinado, unas veces ingrávido y otras con la gravedad devolviéndome a la estabilidad de esta geometría informe en donde reposo. Lo primero que debo hacer es sobreponerme al sopor nauseabundo, y ponerme sobre el suelo. La única solución en estos casos es reptar hacia la claridad que me deslumbra. Puede que nunca llegue al final de la luz, pero deberé intentarlo para seguir viviendo . Sé muy bien que  llamar al 112 mi última esperanza.

viernes, 12 de diciembre de 2014

DIME ALGO.




Había cosas que no encontraba. Iba allí y me daba la vuelta preguntándome a mi mismo que había venido a buscar. Me quedaba de pie. Una palabra que debía recordar. Me quedaba de pie por si acaso   empezaba por eme.
Es algo sutil eme eme eme eme. Y eso.
A veces pensaba a mis años voy a empezar a aprender música, o un idioma. Estar viendo el mar todos los días era de tontos.
Aprender álgebra vectorial para mover eso del tálamo o donde esté.
A mezclar cosas. Leer crimen y castigo, guerra y paz debajo de las nubes o un árbol.
Ir a que me la chupen muy despacio.
Apuntarme a cáritas y a la cocina económica, puedo acarrear, condimentar, hacer sopa boba.

A cuántas millas de mi están los náufragos y los hombres descuartizados.
¿Aún hay compasión? ¿Cuántas latas de conserva he de llevar a los almacenes?

Cuando duermo bien me tiro un pedo muy largo lleno de corcheas y suena bien.

En este autobús sobre la libertad no pregunto. He de levantarme.
-Podré soportar hermosos paisajes.
-No lo sé.

Os debo contar algo. Mezclar. Fundir.

Me acabo de estirar todo lo largo que doy.
Me veo en el espejo del armario en la esquina derecha de la cama.
Un pingüino, de repente, se extravía de su manada y va caminando como un cura por la sabana helada setenta kilómetros o más hasta que se muere agotado.
No hay una razón explicable. Quizás la locura.
Hay un hormiguero en forma de montículo de hormigas rojas sobre un sendero lleno de restos de hojas resecas y maderas peladas. Sigues caminando unos veinte metros y observas una hormiguita perdida que lleva entre sus fauces diminutas un trocito de insecto. Si la observas detenidamente da vueltas en círculo, desorientada, perdida del pequeño nido apenas unos metros más abajo - es un mundo de desesperación-.
Mi padre una vez se marchó de casa como a las doce del medio día. Lo fuimos a denunciar a la guardia civil. Apareció al día siguiente lleno de arañazos, con los pantalones rotos y unas sandalias por donde se le veían los dedos de los pies ensangrentados. No sé aún cómo pudo volver. En qué momento se dio cuenta de que tenía que volver. Ni cómo se orientó para volver desde donde había salido.
Me estiro todo lo que doy. Me da gusto estar tirado sin nada que hacer. Me vienen cosas a la cabeza sobre olvidos. Esa sensación que existe en la que no sabes dónde esta el coche aparcado. O lo que ibas hacer un segundo después de ahora mismo. Muchos segundos de olvido de ti mismo.
De repente.
Me da por no saber lo que hago aquí.
Hay otra vuelta y es ponerme boca abajo.
Mi cara sumida dentro de la oscuridad de mis brazos.

Hubiera pensado que era de noche, pero los ruidos son del día.
Esta palabra la escribiré hasta que me canse de pensarla.
Pero cúal.
Dime algo.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

EL TIEMPO.




Navegaría por el mar de  Joló, más al sur del sur,
a esperar una ola gigante,
mientras me huele a café y a lobos.
Me iría a despertarme a una llanura de sal
mientras el sol  hace mojama
la parte santa  de mi corazón.

Qué será del viento si no se abren amapolas
al borde de la nacional seis,
de qué rellenaré mis palabras para que crezcan.
Cómo arderán mis huesos para no dejar rastro,
sobre la tierra incapaz de recibirme hecho briznas.

Tengo fe en que el cielo tiene brazos para acogerme
en mi regreso a la tercera planta,
a una noticia de una sola palabra.
Deseo abrir mi puerta y aullar
dentro de mi madriguera.
Volver a encogerme sobre mis brazos
tocar mi cara con mis rodillas
y recordar el tiempo en que estaba vivo.

viernes, 5 de diciembre de 2014

AITANA.



Hasta la saciedad
es un sueño repetido. Me dice el Dios:
Qué pregunta debo hoy hacerme. Aitana. Otra vez.

Hay una parte de azar para que ocurra un suceso, incluso en toda inmovilidad aparente.
Son antiguas paradojas: Aquiles y la tortuga, el arco y la flecha,
sin alcanzarse nunca,
o recogiendo un impulso.

Aitana con su regazo abierto.
Todo es posible, llevar comida hasta su nido.
Ir allí donde no hay hambre. Aquí.

Es muy cierto que antes de devorar digieres mentalmente la presa.
Y que la imperfección está decorando las esquinas donde hay algo expuesto.
Pero no estoy de acuerdo que para regenerarse todo debe destruirse.
He sabido que de lo inanimado procede lo animado.
El insecto que debajo de tu zapato sobrevive,
sale reptando en un gran desafío, y es una burla para la fortuna,
o la semilla que explota para alejarse por un designio que casi parece imposible.

A veces los ojos de Aitana, fresas en sus uñas. Y el pelo en forma de música.

No es una casualidad que si algo se  muere, algo tiene que nacer.
No es una casualidad que algo que está aquí esté en otro lado a la vez.
No es una casualidad que un  hombre ya muere cuando olvida su nombre.
No es una casualidad que  un ser humano nace cuando lo señalan.
En el amor suceden  dos estados, cuando estás y te aprieto,
cuando sobre mi queda tu mano, aunque ya te hayas ido.

Si me cortasen ese hilo invisible que une a ti. Aitana con tu velo blanco en el pelo.
Mi vientre lleno de burbujas porque voy a verte.
Aitana como una noticia.
Te ruego una paloma mensajera.
Hoy.

Ante toda imposibilidad, si exceptuamos el descuido,
antes de asesinarlo,
un hombre siempre te mira a los ojos.

Si no vienes volveré a oír palabras como un loco.
Aitana en el fondo del agua.
Tu cara.


jueves, 4 de diciembre de 2014

ESPERANZA.


Imploro cierta ilusión.
Que entre cada estío haya un periodo  exuberante.
Que el duelo de la tierra deje paso a rastros de espesos  colores,
y la vida  alberge sublimes  instantes antes de desaparecer llena de dolor.
Deseo imaginarte.
Aunque estés clínicamente muerto, sobre el vapor que suelta tu boca en  un espejo se podría pintar un corazón.
Tengo que decirte que cada cierto tiempo,
en todo lo que toco pacientemente con la mano elevada hay un gesto de caricia.
El deseo intacto.
Que me huelo a mi mismo y no me ofende, como si presagiase dentro de mí el estiércol como una solución final.

Sin perder la esperanza con  sólo una nota en mis bolsillos.

No debes temer cuando surjas del estío como  una nueva vida.
Eufórico.
Vas perecer de nuevo, y de nuevo resurgirás.
Fluir sin ninguna ley es el enigma de la teoría del caos.
De dos sucesos antagónicos uno será sacrificado, y no tiene por qué prevalecer el más fuerte. Mastica mucha ilusión.
Los designios dentro de  una vorágine no existen.
A ciencia cierta no sé cuantos hombres en este instante se han doblado,
golpeados por el odio de  un rígido puño cerrado, ni cuántos insectos contemplan vorazmente una articulación de un reptil muerto, en estos instantes en que la luz apremia para despertar.
Cuando voy al baño me doy la vuelta y observo la taza restos sanguinolentos.
La desdicha premeditada. El sobrevivir necesita que te observes. Realmente cuánta pasión atesoras, cuántas ganas de amar, o cuántas veces vas a masticar sin perder la compostura. Cuando trituras tienes algo de australopiteco. Cuando miras tu mierda y la hueles para olvidarla, tienes algo de lobo estepario, de perro vagabundo.
Es interesante que sepas,
 por si te hace falta desfallecer al lado de un camino,
viendo la inmensidad de la solitaria llanura en un instante cósmico,
que no tienes dimensión. No eres mensurable.
Y recomendarte 
que entre cada estío dejes  tu rastro sobre la tierra,
con un afán vano de que puedan descubrirte si tienes que caerte muerto.
Con cierta ilusión, los ojos abiertos, inanimados,
y que jures aún que no has perdido la esperanza.

miércoles, 3 de diciembre de 2014

TREN.




Si no fueras viento una vez en tu vida,
si no lo hubieras soñado una vez
un viaje a una ciudad desconocida
los largos paseos
por el jardín de tu ventana
deberías estar muerto.

Una vez sólo la mano de tu madre
dibujando círculos alrededor de tus labios
el aroma a pan sobre su vientre.
Si no lo recordaras
deberías estar muerto.
Si no crees.
En ese calor. La leve blandura en que reposan tus ojos cerrados.
Deberías estar muerto.

Un motivo sólo
para estar en este valle aún.

¿Qué tal la belleza que observas en ti?
Superadas
noches interminables
su medida en los latidos que salen por tu boca
el prodigio de la inercia al despertarte
superados tortuosos pensamientos.

El rastro invisible que dejas para volver
al olor de tu escalera
sin esperanza.

Pensar otra vez.
en la longitud de los trenes que te esperan
sin ninguna mano abierta.




lunes, 1 de diciembre de 2014

MAITE.



debo asegurarte que  he perdido
el recuerdo
en el noveno paso
pero podría describirte los muros
de la vieja Sippar
por un prodigio.

Lo ves en mis ojos
si te acercas
las calles tortuosas
y los guerreros
los muertos anónimos
esparcidos
pisados por los caballos.

Ayer
dentro de mis brazos vacíos
recordaba a Maite
y una huella delante de mi portal
muy antigua.
                 
                    (De lo inmediato
                    te digo).

Fue imposible
qué dedo era 
aquel rastro sobre mi espalda
qué laberinto dibujó
hasta crearme una herida.

Fue imposible en Mayo
el olor a rosas de cheddar
rosales de Alejandría
flores de Bach.

Si Maite ya no está
amor tantas veces
tantas veces 
en mi
toda la noche desbordada
por un abrazo
lleno de oscuridad.

Qué debo hacer ahora
con esa figura invisible tras los visillos
que quiere entrar dentro del viento
siempre aquí
siempre sin Maite

y casi el vacío.

martes, 18 de noviembre de 2014

PINGUINO.



A veces, así vestido, podría volar si no fuera tan pesado.

Desearía converger hacía algún sitio, ahora que ando sobrado de fuerzas y no me acorralan los misterios, ni la distorsión de pensamientos que a veces me hacen obsesionarme con cierta insistencia compulsiva. Voy por la calle vestido de pingüino, con un chaquet negro que me queda demasiado grande a pesar de las vueltas fruncidas que le dio mi mujer para que no barriera las colillas de las aceras. He aparcado mi seiscientos negro en un vado para minusválidos, porque mi gestión es corta. En el maletín sólo llevo dos papeles escritos, por lo que no pesa mucho. La filosofía de la vida nunca ha sido clara conmigo, las paradojas del destino me han devuelto la jugada, ya que habiendo sido un timador frustrado ahora recaudo las penas de la gente, asusto con mi indumentaria de payaso, doy vueltas como un bailarín para enseñar mis espaldas, entro implacable dando saludos de alerta, y me hago notar al público presente. La técnica es el disloque, la burla, el choteo ajeno de los presentes, ante el interfecto que te mira con ojos planos y manos temblorosas, tremendamente asustado unas veces, otras con ojos de jabalí.
Ahora tomo un café cargado de azúcar, me espabilo para poder andar los cien metros que me separan del quiosco, y aunque estos de aquí, me miran extrañadamente mal, no imploro clemencia, y me importa un bledo lo que digan.
Camino despacio hacía el vendedor de golosinas. Ojeo pausado unas revistas colgadas, y entro a este estrecho zulo que no tiene más huecos para colgar cosas, y colocar chuches. Le miro a los ojillos al anciano que me debe lo nunca prescrito, lo siempre contractual hasta el final de los tiempos, y es entonces cuando veo aquella niña, allí, detrás del pequeño mostrador, en la silla de ruedas, con las manos torcidas, la cara de vieja, la baba colgándole por la boca. Y ese gesto de no tener casi alma.
En este instante necesitaría converger hacía algún sitio, pero ahora mismo se me ha helado el corazón, y se me han quitado las fuerzas para seguir en esta puta mierda de trabajo.

viernes, 14 de noviembre de 2014

INDAGACIÓN.



Estaba la estética, la armonía dando sentido a cualquier brizna diminuta, incluso a las violentamente arrancadas al horadar, arrastrar, alisar, pulir, pinchar, descuartizar, cortar, aplastar, machacar…
Cada hoja amarillenta que caía de las ramas lo hacía cumpliendo un designio.

De cualquier forma que pusieses las manos para hacer fuerza, lo que quedaba en el suelo era parte de la armonía.
Estuve años así, pensando que lo único anárquico era el comportamiento humano.
Por las mañanas sin nada que hacer deambulaba a veces imaginando
que un día a la naturaleza se le rompería una atadura, la que la ungía del don de poder retroceder sobre si misma y volver a iniciar el juego de lo que nacía y moría sin descanso.
Muchas veces me pregunté si en realidad tengo algo que ver contigo.
Yo, no otro.
Lleno de manías cuando bebo agua,
debajo de un agitado abanico de hojas en un banco público.
Contigo si me observas, si no me observas. Con otro que me observe,
para certificar que existo,
alguien que me ame o me odie,
para certificar que existo.
Todo lo que matemáticamente se realiza con una función entre paréntesis,
y que aleatoriamente produce una figura de colores,
los simétricos fractales,
las hojas de los árboles, y el sol en su esquina, moviéndose en una semejanza matemática.
La propia miseria que hoy me acucia.
Desaparece la poesía y los objetos hermosos son horribles.
Arquitecturas perfectas, lineales, simétricas, asquerosamente esperpénticas.
Se que detrás de todo Algo coloca las cosas en su justo equilibrio estable,
bajando hasta el cero absoluto , para reiniciarse desde esa ubicación,
en esa posición en la que existe sólo el reposo.
Lo hermoso es una locura, la poesía una banal esquizofrenia,
de palabras puestas para que suenen bien. En realidad,
los poetas suelen cagar mal y les salen plumas de colores en la espina dorsal.
Que te metan el dedo por el culo puede ser una caricia de amor,
o la indagación de un astrólogo.

jueves, 6 de noviembre de 2014

COSAS.


A veces me pongo a meditar sobre todas las cosas que fueron mis sueños y no las recuerdo muy bien. Me hace falta más memoria, pero eso no sé si es posible. Lo que si tengo claro que al contrario de muchos botarates ningún sueño se ha hecho realidad para mi.
Meditaba así a sotavento de los visillos, abultados hacía la habitación como si una figura invisible los empujara con esa forma abombada que les da vida momentánea.
Ella estaba frente de mi. Me contuve mucho para no irme hacía ella, ella  allí, desafiante, insultante, lo ultimo que pude verle fue la mano en su coño a un puñado diciéndome comeme aquí so maricón, hijodelagranputa, picha flácida, impotente, al fin y al cabo no dejaban de ser  palabras de amor.
En estos estados, a veces, también a veces, no sé lo que contemplo, mi cabeza es tan extraña que suelo enderezarla hacía la más recóndito de la infancia cuando me daban la hostia de la primera comunión, o cuando mi padre me perseguía sin el cinturón para alcanzarme.
A veces detrás de los visillos hay una luz tenue, y un alma en pena.
Tenía sus cosas delante de mi y las contaba con mucha violencia al mismo tiempo que me pregonaba la historia generada por cada cosa, la historia de cada cosa enumerada, donde las había comprado, cuanto le habían costado, o quién se las había regalado. Al final del todo por fin abrió la puerta para irse y los visillos se fueron a barlovento muy agitados,  quedándose  girando sobre si mismos envueltos sin ningún orden.
Yo permanecí sentado.
No tenía nada que decir.
Yo apenas tenía nada, casi ni me quedaban sueños que recordar.

lunes, 3 de noviembre de 2014

NOVIEMBRE.



Siempre le decía: necesito rozarme contra algo suave para poder correrme. 
Quizás estaba el cielo como ahora, de un gris laso, casi fúnebre en su apariencia.
También venía la brisa que te imaginas, con cierto frescor.
Ella me ofrecía sus zonas más suaves, como si fuera una flor mostrándote sus largos y afilados estigmas.Yo  me arrimaba con aquel movimiento que tenía cierta armonía hasta lograr volverme completamente flácido.
Así transcurrieron las tardes de los sábados de aquel largo mes de Noviembre.
Yo no sé, aún, por qué debía recordar a todos los muertos que alguna vez, unos instantes, habían sentido ternura hacía mi.