martes, 18 de noviembre de 2014

PINGUINO.



A veces, así vestido, podría volar si no fuera tan pesado.

Desearía converger hacía algún sitio, ahora que ando sobrado de fuerzas y no me acorralan los misterios, ni la distorsión de pensamientos que a veces me hacen obsesionarme con cierta insistencia compulsiva. Voy por la calle vestido de pingüino, con un chaquet negro que me queda demasiado grande a pesar de las vueltas fruncidas que le dio mi mujer para que no barriera las colillas de las aceras. He aparcado mi seiscientos negro en un vado para minusválidos, porque mi gestión es corta. En el maletín sólo llevo dos papeles escritos, por lo que no pesa mucho. La filosofía de la vida nunca ha sido clara conmigo, las paradojas del destino me han devuelto la jugada, ya que habiendo sido un timador frustrado ahora recaudo las penas de la gente, asusto con mi indumentaria de payaso, doy vueltas como un bailarín para enseñar mis espaldas, entro implacable dando saludos de alerta, y me hago notar al público presente. La técnica es el disloque, la burla, el choteo ajeno de los presentes, ante el interfecto que te mira con ojos planos y manos temblorosas, tremendamente asustado unas veces, otras con ojos de jabalí.
Ahora tomo un café cargado de azúcar, me espabilo para poder andar los cien metros que me separan del quiosco, y aunque estos de aquí, me miran extrañadamente mal, no imploro clemencia, y me importa un bledo lo que digan.
Camino despacio hacía el vendedor de golosinas. Ojeo pausado unas revistas colgadas, y entro a este estrecho zulo que no tiene más huecos para colgar cosas, y colocar chuches. Le miro a los ojillos al anciano que me debe lo nunca prescrito, lo siempre contractual hasta el final de los tiempos, y es entonces cuando veo aquella niña, allí, detrás del pequeño mostrador, en la silla de ruedas, con las manos torcidas, la cara de vieja, la baba colgándole por la boca. Y ese gesto de no tener casi alma.
En este instante necesitaría converger hacía algún sitio, pero ahora mismo se me ha helado el corazón, y se me han quitado las fuerzas para seguir en esta puta mierda de trabajo.

viernes, 14 de noviembre de 2014

INDAGACIÓN.



Estaba la estética, la armonía dando sentido a cualquier brizna diminuta, incluso a las violentamente arrancadas al horadar, arrastrar, alisar, pulir, pinchar, descuartizar, cortar, aplastar, machacar…
Cada hoja amarillenta que caía de las ramas lo hacía cumpliendo un designio.

De cualquier forma que pusieses las manos para hacer fuerza, lo que quedaba en el suelo era parte de la armonía.
Estuve años así, pensando que lo único anárquico era el comportamiento humano.
Por las mañanas sin nada que hacer deambulaba a veces imaginando
que un día a la naturaleza se le rompería una atadura, la que la ungía del don de poder retroceder sobre si misma y volver a iniciar el juego de lo que nacía y moría sin descanso.
Muchas veces me pregunté si en realidad tengo algo que ver contigo.
Yo, no otro.
Lleno de manías cuando bebo agua,
debajo de un agitado abanico de hojas en un banco público.
Contigo si me observas, si no me observas. Con otro que me observe,
para certificar que existo,
alguien que me ame o me odie,
para certificar que existo.
Todo lo que matemáticamente se realiza con una función entre paréntesis,
y que aleatoriamente produce una figura de colores,
los simétricos fractales,
las hojas de los árboles, y el sol en su esquina, moviéndose en una semejanza matemática.
La propia miseria que hoy me acucia.
Desaparece la poesía y los objetos hermosos son horribles.
Arquitecturas perfectas, lineales, simétricas, asquerosamente esperpénticas.
Se que detrás de todo Algo coloca las cosas en su justo equilibrio estable,
bajando hasta el cero absoluto , para reiniciarse desde esa ubicación,
en esa posición en la que existe sólo el reposo.
Lo hermoso es una locura, la poesía una banal esquizofrenia,
de palabras puestas para que suenen bien. En realidad,
los poetas suelen cagar mal y les salen plumas de colores en la espina dorsal.
Que te metan el dedo por el culo puede ser una caricia de amor,
o la indagación de un astrólogo.

jueves, 6 de noviembre de 2014

COSAS.


A veces me pongo a meditar sobre todas las cosas que fueron mis sueños y no las recuerdo muy bien. Me hace falta más memoria, pero eso no sé si es posible. Lo que si tengo claro que al contrario de muchos botarates ningún sueño se ha hecho realidad para mi.
Meditaba así a sotavento de los visillos, abultados hacía la habitación como si una figura invisible los empujara con esa forma abombada que les da vida momentánea.
Ella estaba frente de mi. Me contuve mucho para no irme hacía ella, ella  allí, desafiante, insultante, lo ultimo que pude verle fue la mano en su coño a un puñado diciéndome comeme aquí so maricón, hijodelagranputa, picha flácida, impotente, al fin y al cabo no dejaban de ser  palabras de amor.
En estos estados, a veces, también a veces, no sé lo que contemplo, mi cabeza es tan extraña que suelo enderezarla hacía la más recóndito de la infancia cuando me daban la hostia de la primera comunión, o cuando mi padre me perseguía sin el cinturón para alcanzarme.
A veces detrás de los visillos hay una luz tenue, y un alma en pena.
Tenía sus cosas delante de mi y las contaba con mucha violencia al mismo tiempo que me pregonaba la historia generada por cada cosa, la historia de cada cosa enumerada, donde las había comprado, cuanto le habían costado, o quién se las había regalado. Al final del todo por fin abrió la puerta para irse y los visillos se fueron a barlovento muy agitados,  quedándose  girando sobre si mismos envueltos sin ningún orden.
Yo permanecí sentado.
No tenía nada que decir.
Yo apenas tenía nada, casi ni me quedaban sueños que recordar.

lunes, 3 de noviembre de 2014

NOVIEMBRE.



Siempre le decía: necesito rozarme contra algo suave para poder correrme. 
Quizás estaba el cielo como ahora, de un gris laso, casi fúnebre en su apariencia.
También venía la brisa que te imaginas, con cierto frescor.
Ella me ofrecía sus zonas más suaves, como si fuera una flor mostrándote sus largos y afilados estigmas.Yo  me arrimaba con aquel movimiento que tenía cierta armonía hasta lograr volverme completamente flácido.
Así transcurrieron las tardes de los sábados de aquel largo mes de Noviembre.
Yo no sé, aún, por qué debía recordar a todos los muertos que alguna vez, unos instantes, habían sentido ternura hacía mi.

lunes, 20 de octubre de 2014

PAISAJE INDEFENSO.



Dos sombras.
Entre las sombras una penumbra indefinida.
Todos los días recurro a mi escondite.
Nidos a los lados con no sé cuántos corazones. Entre tantas posibilidades de felicidad tiene que existir alguna desdicha.
He abierto mi puerta.
Encuentro mi olor, y cierro.
Todo mi territorio desierto.
Y de vez en cuando un espejismo.

martes, 7 de octubre de 2014

CASIOPEA.



No tuve miedo por aquel prodigio. Tuvo lugar con los ojos cerrados, la oscuridad dentro de la oscuridad.

Parece que empezaba otra vez a escuchar las voces. Era una costumbre que estuvieses dada la vuelta mirando hacía la cómoda, y a dos puertas de armario. A mi me venían voces de Casiopea. Ya te dije como era aquello. Después de pasado el cerrojo de la puerta de entrada, si tú no hablabas, si yo no hablaba y me venían aquellas voces persuasivas, no podrían proceder de otro lugar que no fuese de Casiopea

Algunos gritos venían de la quinta estrella, la más brillante.
Algunos susurros de la tercera estrella, la más tenue.

Había una gota de la ducha cayendo sobre la bañera en morse: una raya corta y un punto, luego un silencio y la raya larga.
De la cisterna manaba un chorrito indeleble y después de no sé cuántos minutos era como si un asmático desesperado abriese la boca de  nuevo, se iba por la patita toda el agua.

Respirábamos.
Yo sobre mi corazón. Mi corazón estaba en mi cuello, y llegaba por el interior a mis oídos.
Cómo puede ser esto, estar calculando, de un lado al otro mi obra de teatro mental, personajes que desconocía. No sé cómo podía verlos con los ojos cerrados. Las piernas articuladas, ahora hacía arriba, ahora hacía abajo, ahora dando la vuelta, siempre con los ojos cerrados.

Llevo tanto tiempo sin trabajar que ya no sé cómo hacerlo.
He ido posando las manos sobre mí como si fuera una orden divina. Me sentía desnudo. Las manos iban bajando hasta acariciarme. Era una costumbre juvenil empezar a escarbar con mi uña dentro del pellejo del prepucio. En esos instantes las voces de Casiopea se iban. Me arrimaba a su culo, le levantaba una pierna como si me fuese a dar una coz y me masturbaba contra algo que era muy suave.

Era hoy cuando empezó a llover sobre los cristales. Algunas veces antes venía el aire y una brisa resbalaba sobre mi cara. Hoy no. Dijérase que la lluvia flotaba desde poniente en suaves rachas.

De todas formas...
-Por las noches hay épocas en que los días empiezan a ser más cortos como en los axiomas.
-No sé si esto es ciertamente así.
No puedo quitar de mi cabeza las voces que vienen de Casiopea.
Sería horrible apretarle el cuello mientras ella duerme.
La quinta estrella es la que más la odia.
-¿Debo seguir pensando?, o actuar ya.


miércoles, 1 de octubre de 2014

INSTANTE.


Masturbarme y meterme e a mi mismo el dedo en el culo ha sido un imposible. No pude hacerlo de acostado por lo imposible de elevarme la pelvis. De pie frente al lavabo es incómodo en el sentido postural. He de masturbarme con la mano derecha y meterme el dedo en el culo con la mano izquierda (esta vez por placer). Todo esto ha sido un fracaso por el exceso de atención en la maniobra. Y por otra parte la casi mínima concentración en el hecho en si mismo. Siempre he sido muy egoísta a la hora de querer obtener placer de dos partes de mi cuerpo a la vez: metiendo y sacando mi dedo del ano – suavemente-, y moviendo el prepucio de mi polla hasta la saciedad.


Debo pensar que soportaré la vida. Resistirse a cualquier nueva angustia en su modalidad obsesiva. Puede ser el miedo a una esquina por lo que tiene de final.

Siempre cerca de la puerta. Tirar sin peligro. Contar escalones.
El sol es ciertamente cegador a eso del medio día.
Es necesario poner un nombre al camino, para señalar el retorno. En caso de olvido un nombre circunstancial tendrá, siquiera, la certeza de la duda del viandante que deba señalarte en el retorno.
-¿Es ese el camino de vuelta?
-No hay absoluta certeza de poder justificar nuestro regreso por el sitio de la huida-.


Un segundo esperando, o más de un segundo.

No me he decidido aún a tomar impulso para seguir en esta ridícula postura el dedo ahí, la mano ahí, delante del espejo por si acaso consigo unos segundos de placer.

martes, 30 de septiembre de 2014

LARGO DÍA.



Estuve cierto tiempo cerciorandome si es que me miraba con ojos tristes, siempre al levantarse,
como si tuviera todo el día por delante.
Me olía a tres días de distancia.
Y su pelo era una selva llena de moho y líquenes verdes.
Aún así. Yo tenía ganas. Y la puse mirando a los platos sucios. No sé cómo decirte.
Al principio entraba mal. El ambiente era de domingo gris, lluvia que venía de poniente.
Los cristales no dejaban mirar lo que se agitaba, ramas vivas.
Tuve un presentimiento, era yerma, pero yo empujaba.
A veces me imaginaba mariposas sobre los cristales, y algún sonido de gorrión desde la chimenea, y para el caso le decía insistente, siempre te quise.
Una vez dentro de ella, me paré. En realidad no sentía nada. Sobre la nuca su pelo lacio abierto en dos, y unas espaldas muy grandes, y el culo donde yo estaba, blando, hiperbólico y gracioso.
Yo no llevaba amor cuando se la empujaba por sorpresa. No había amor en nada.
Si no hay amor lo ves de color purpura, y oyes rasguidos de dedos sobre la cal,
y si estás allí dentro un poco de calor acaso.
Hay gente que habla de cosas en estos casos, que estuvieron en París, y en Praga,
que bajaron a Barcelona, o de las consecuencias de un domingo mal levantado.
Quería estar más adentro, sacársela más para adentro, aún no era tarde.
Nuestros espíritus ululaban por un largo pasillo, esperando que fuese amor lo que hacíamos.
Por decir, ni una sensación que nos supiese al resto del aliento de la noche,
ni una mariposa en los cristales, ni unas gotas con forma de lágrima.
Quedaba todo por hacer sobre los cacharros sucios.
Hubo un instante que sentí lo que se llama delirio, y me apreté mucho.
Por unos instantes sus amplias caderas fueron un refugio.
Al salirme, casi de repente, tuve que cerrar los ojos.
Ella ni se dio la vuelta para darme un beso. Sé que estaba muy triste.
Lo he adivinado.




jueves, 25 de septiembre de 2014

LUGAR.




Mi especie anda descosida. Ves los murciélagos,
así
pero andando.
Y me dan miedo,
-el pensarlo es un estremecimiento-.
Pero a veces camino hasta un acantilado que tiene mirilla,
y me dejo llevar,
viendo las aves que vuelan bien
abriendo las alas simplemente.
Llego hasta aquí al atardecer
para quedarme quieto e invisible
adivinando que ponen las nubes antes de irse.


viernes, 19 de septiembre de 2014

GALENO.




Deduce mi galeno.
Es entre la filosofía y locura (casi lo mismo). Los galenos están para eso. Saber de todo un poco.
Hacen unas chapucillas de nueve de la mañana a las dos de la tarde.
Sí, hasta esa hora ramplona tan degradada en el reloj. No es hermosa esa hora.
-Nunca lo será, le ha tocado ser esa hora por un designio divino.
Ya eran casi las dos de la tarde y de repente la prisa en sus ojos. Casi media hora sometiéndolo todo, con cierto orden, a tanta profundidad  obsesiva en mi cabeza.
- No te puedes imaginar cuánta angustia en tan poco tiempo le pasé aquel fulano.

Una bata blanca o un quimono. Una parafernalia de objetos sobre los anaqueles. Bolitas eternas dándose por el culo unas a las otras sin acabar nunca de darse (zas,zas,zas, y zas y zas), odiaba no captar como iba disminuyendo la amplitud de sus golpes. Su boca a veces moviéndose, viendo como su boca se mueve casi imperceptible en lo que deben ser unos simples susurros, y yo en mi pequeño hueco, deseando salir a rastras debajo de mi oscuro caparazón para meterme dentro de la oscuridad donde me hablo a mismo repetidamente del mismo tema sin entenderme.
Otra vez desando eso.
Desde la ventana de su consulta, él contra la claridad, hablándome como un dios dispuesto para abrir su vademecun en una página olvidada e ir moviendo su dedo tonto donde la fortuna le indicase que debía pararse.
-A (tú) te ha tocado esto, me dice (enfatizando con cierto sarcasmo).

-Ya eran las dos de la tarde.
-Casi una hora sometiendo a la mirada que había en mis ojos.  
con el fin de poder definirme por el paisaje más hermoso.
-Ladeada la cabeza  un extremo y a otro,
al contrario de donde partía la luz a través de los cristales.
-Entre dos trechos un árbol solitario,
deduje su falta de amor,
luego las ruinas de un valle verde lleno de paredes.
Tal vez eran vencejos los que huían sobre las colinas.
-Por aquel entonces mis estados de oscuridad a plena luz
en el despacho del galeno.

-Cómo he de decirte que no vuelvas a este lugar. Pululo por el pasillo de vuelta y no me paro de decirte cuándo ha de suceder lo que esperas a todas las horas con tanta obsesión.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

DISTANCIA.





Después de tratar de entenderlo, pude resumir esta teoría:
Dos puntos que se atraen no tienen por qué elegir forzosamente la recta para encontrarse aunque sea el procedimiento más corto. Los hay que prefieren el infinito en un afán inconsciente de hacerlo inalcanzable.

No podría decir cómo era el día, nubes muy altas y lisas con ese gris uniforme, y los primeros fríos de septiembre. En aquellas primeras horas de la mañana algo de rocío.

El sargento del puesto se alejó con el dedo en la sien, girándolo de un lado a otro mientras miraba a los otros compañeros: “Está como una cabra”.

Los buzos bajaban y subían.
Había arneses colgados de una pértiga de grúa improvisada con una roldana de la que también pendían cuerdas que casi no se sabía hasta dónde llegaban. Y aunque nadie veía nada yo veía unos ojos allí, observándome, detrás aquel verde que alguien parecía alumbrar desde el mismo fondo del abismo.

Yo le había dicho ayer para zanjarlo todo, lo de no me toques los cojones más, y me había ido huerta abajo haciendo ruido entre los tallos del centeno como un verdadero zorro. Huía de mi mismo.

Mis manos estaban esposadas a mi espalda mientras miraba hipnotizado aquel rastro verde del agua.

Hubo un día en que me fijé en ella más que otras veces, como si hubiera llegado de un largo viaje, como si de repente la hubiese visto por unos instantes a cámara lenta igual que una flor que se marchita en unos segundos.

Ella y mi referencia temporal en aquellos ojos cansados y tristes que ahora me obsesionaban. Sólo por ella había pasado el tiempo. Yo estaba ajeno a mi envejecimiento. No existía el tiempo para mí.
Ese día empezaron los insultos.


Entre la penumbra verdosa del agua empieza a verse la forma nítida de una sombra y dos brazos abiertos.

martes, 16 de septiembre de 2014

INSTANTE.


Un millón de leguas para dos dedos.
Nada.
Sólo el desierto y tanta luz y tanta sed.
Del fuego eterno sólo quiero un poco de calor.
Donde empieza tu espalda.
Quiero subir por aquí si tú me dejas.