viernes, 15 de agosto de 2014

VUELTAS.



Esta historia empezaba así, pero no sé si acabará nunca.

El día que se marchó me dejó la cocina recogida. Para mi era muy hermosa. Varias veces le dije, y cómo iba a ganarse la vida, se lo dije así para darle miedo, se lo dije sin más. Yo por aquella ya andaba medio zombi, con las espaldas tiesas, las manos estiradas, y me daba miedo todo. El sonido de los ventiladores del patio de luces me ponía frenético cuando los dejaban por la noche. Le dije, ya me dirás cómo te vas a ganar la vida. Y se fue sin muchas cosas. Apenas tenía nada que llevarse.

Lo que habían pasado eran, posiblemente dos días, no mucho más.
La vi en la acera de enfrente el martes. Fue la segunda pasada de por la mañana. Yo estaba detrás de las cortinas, la podía ver con aquellos andares lentos decidiendo siempre la dirección que tomar, no sé si ella apreciaba que las cortinas se movían. A mi me vino mucho frío por las piernas. En la espalda se me puso un dolor extraño y una sensación a entumecido.

Mi mano ha cogido por fin mi sobra indeseable. Tenía que acabar de una vez.

A ella no la volví a ver más, quizás se había cansado de dar vueltas.

martes, 5 de agosto de 2014

AÚN, AHÍ.



Yo algunas veces me quedaba anonadado por el teorema de la ausencia de pelo y el espacio de Minkowski.
He de decir que llevaba tres meses sin salir de mi casa. Helge llegaba a eso de las cuatro y media de la tarde  y me descubría como me había dejado a las siete de la mañana, sentado en el comedor con la ventana entreabierta, mirando la arquitectura de la fachada de enfrente, que a unos cinco metros me mostraba un balcón por el que sobresalían unos visillos blancos agitados por una suave brisa de aire.

Helge me decía al llegar:
-Aún, ahí.
Yo a simple vista parecía contestarle con el pensamiento, pero no lo hacía. Seguía y seguía dándole vueltas al teorema de la ausencia de pelo. Nada de otro modo me hacía subsistir de forma tan extraña, casi ausente del mundo, sin dimensiones a un lado y al otro. Sin poder hacer simple el espacio de Minkowski, que estaba ahí desde los orígenes hasta su muerte por fin en la nada.

-Aún, ahí.

Y yo le contestaba, según su imaginación, aparentemente con el pensamiento.
Luego su mano por mi cuello en una caricia informal y distante, y el olor a un perfume desconocido por mi.

-¿Has dudado alguna vez que existe la censura cósmica? Ese lugar que no puedes ver porque el el espacio y el tiempo no existen.


-Aún estás ahí.

jueves, 31 de julio de 2014

XUAN.



Yo hurgaba por entre los tejados. El humo de las chimeneas en forma de intestino, era tan recto que no podía imaginar dónde estaba su final. Intentaba saberlo, pero no podía. Había petirrojos y todo la sublime sospechaba que estaba entre lo que no podía ver, entre la amplia luz y la suave brisa de la mañana.

Hasta que nexo de tiempo recordamos lo inmediato, lo oscuro.

Una vez arrojado de la cama, desnudo todo el culo, mi ano aún con aquel dolor supuestamente rojo y cedido. Lo único que supe hacer fue arrimarme a la ventana, aún con el letargo de cuatro largas horas de extraño sueño convulso, sin recordarlo, sólo esa leve sensación de que algo fuera de lo común había turbado mis pensamientos.

Mis ojos cegados por aquella extraña luz azulada, como si flotara dentro de la nada.

Las vacas de Xuan pasaban, la mula de Xuan que llevaba a Xuan sobre unas alforjas, y Xuan con un apeo sobre el hombro y así sobre la mula, guardando la verticalidad con aquel movimiento leve hacia los lados.

Me toqué aún más abajo del quicio por donde el escozor, me vi la mano con cierto rastro de sangre por el trasero, mientras la Galana y la Pinta y la Mula y Xuan se fueron yendo, alejándose, ahora como si reptaran a lo lejos.

A veces venían cuervos sobre un manzanal reinetero poblado de frutos que había puesto Santa Inés en nombre de todos los Santos. Los cuervos estaban allí oteando gusanos sobre las partes carcomidas del manzanal. Yo con mis dolores por la planta de arriba con mi mano en el culo oyendo sus graznidos. No sé de qué forma andaba con pasos muy cortos para que el dolor fuese mas leve.

Trataba de acordarme de los delirios de ayer, de qué forma el suceso, con cierto hambre, dando vueltas por la alcoba ennegrecida, entre trenzados de mazorcas colgadas de ganchos amarrados a las vigas de madera, en el fondo, trasnochados, tres cuadros amarillentos con escenas tropicales de mares lentos y muy verdes.

El silencio es eso..., lo que quieras tú.
Ni entre el silencio recordaba lo que pudo ser una abducción.
El silencio son gorjeos del viento y sus mensajes interpretados, voces de otras épocas.

Llamaba a mi madre como cuando cabeceaba entre sus tetas, o dormido sobre sus rodillas oliendo su pistacho y el estiércol de sus manos, allí, aún, el resto malololiente del último viaje de mi padre.

Por la ventana ya no sentía nada, era el silencio que yo deseaba.
No me daba más. Me retorcía de dolores por donde mi tubo terminaba. La macabra abdución, casi sin voces podía recordar, una luz cegadora sobre mis ojos, un sonido del más allá a máquinas celestiales, mis manos atadas, mis pies atados, y quizás algo, un soniquete familiar, la voz de Xuan a lo lejos dándole varadas a la Galana.

No es por nada, creo que Xuan es un Capitán intergaláctico.

No lo dudo.

martes, 1 de julio de 2014

A CUATRO PATAS.


A cualquier hora di la vuelta a una coqueta plazoleta llamada la curva de San Jeremías. Por fin algo que me ataba a la realidad más precisa. Precisa, no. Era la realidad. San Jeremías era la plazoleta donde vivía y le di la vuelta lentamente hasta un portal enladrillado muy estrambótico, decorado con azulejos llenos de motivos árabes. Quiere esto decir que un poco más de a cualquier hora ya estaba delante de mi puerta toda pintada de verde oscuro, casi irreconocible dada la plena penumbra existente -vuelvo otra vez: penumbra, oscuridad..., no me aclaro- Con mi cabeza empujé lentamente una de las hojas de la puerta y a través de la oscuridad (digamos eso) avancé sobre las escaleras, ahora reptando, hasta otra puerta entreabierta aún desde la mañana. Avancé por el pasillo hasta mi habitación. Lentamente, no sin cierta alegría, me dejé caer sobre la cama deshecha, primero con la barriga hacía abajo, luego con la barriga hacía arriba. Empecé a sentir fuertes dolores sobre mis rodillas y en las palmas de mis manos, algo que hasta entonces me había pasado extrañamente desapercibido. El dolor tiene esas cosas, algunas veces sólo está dormido, y se despierta.
Disfrutaba ahora de respirar con mi boca abierta y por mi nariz a la vez, o sólo por mi boca, o sólo por mi nariz. Disfrutaba ahora con mis ojos abiertos de aquella densa oscuridad que casi podía apartarse con las manos. Disfrutaba ahora de aquella libertad plena de sentirme a salvo. Y reflexioné mientras me fui quedando dormido de que nunca más, nunca más saldría a caminar a cuatro patas a la inmensidad del día que tanto me asustaba.


domingo, 29 de junio de 2014

BASTARME.




Debería bastarme
haberme encontrado ausente
esperando que se acerque la lejanía.
Hacerme la pregunta más antigua
no vale la pena.
Poder llevar mi viejo cuerpo,
en los momentos de gran tristeza.
Podría bastarme,
sobre este calor que espera la lluvia
a que huela la tierra,
para quedarme quieto
con todos los recuerdos.



jueves, 19 de junio de 2014

ÉPOCAS.



Diseñada para que el fuego en su costumbre,
dejara luces de colores
al quemarse su corazón,
para que sus ojos siempre te dijeran algo
en el sentido de voy abrir muchísimo los brazos.

La había elegido para muchos años,
desde aquellos tiempos en que posábamos la palma de la mano
llena de barro,
cuando el agujero de una botella podría ser  el fondo de un lago
y el miedo inventó nuestros dioses una noche de verano.

Surgió el sofá, la extraña campana de la cocina,
y las puertas, y una ventana que daba a otros mundos
con un trozo, arriba, de cielo purpura.
Pasaban nubes.
Pasaban los martes.

Estuvimos mucho tiempo cenando -ella de lado-,
casi treinta años, pasándonos cosas, el pan
y todas las dificultades, los dolores de los brazos,
a veces la lluvia.

Nos divertíamos pensando en los secretos
mintiendo con los ojos
yo a veces soñaba que hubiera sido una diosa Freya
de vez en cuando la luna en su equinoccio
atravesando un tendal lleno de ropa.
Pudiera ser la fortuna,
tenerte allí,
por si necesitaba que me ayudaras a levantarme.

lunes, 9 de junio de 2014

EL GATO DE SCHRODINGER.



Obsesionado por esos mundos imposibles de lo que no se puede medir. De cuál era la mínima unidad que extendida en una curvatura me diese la distancia más ínfima de todo lo mensurable.
Incluso esa particularidad de lo que no puedes definir en un mismo lugar, y por supuesto tampoco ni imaginar sus posiciones sucesivas que indiquen su trayectoria entre infinitas posibilidades.
Lo había preparado todo en nuestra alcoba, de una forma fugaz para que su mirada no descubriera la novedad de la pistola escondida con su largo silenciador, el mecanismo de accionamiento, el rayo de luz invisible que debería detener su cuerpo al acercarse desde el pasillo y poner en marcha el fatídico mecanismo de accionamiento.
Cuando estuvo todo dispuesto bajé al bar de enfrente para observar su llegada al portal. A la media hora la vi metiendo la llave, y salí precipitado tras ella subiendo por las escaleras, casi cuando el ascensor llegué al cuarto piso, y sentí la puerta de entrada cerrarse bruscamente. Esperé delante de la puerta algunos minutos y pensé en aquella paradoja del gato de Schrödinger. Mi estado de excitación era sublime, pretendía demostrar que en aquel preciso instante ella estaba viva y a la vez estaba muerta. Quizás así, en un solo estado. Imaginaba su metódico recorrido de todos los días: entrar en la cocina, dejar correr el grifo y beber  su vaso de agua, asomarse a la ventana del patio de luces, dejar luego sus zapatos en el pasillo, entrar en el salón y posar las llaves sobre un taquillón, correr las cortinas para dejar entrar la claridad, y luego de que forma - quizás-, entrar en la habitación y cortar con su cuerpo el fatídico rayo de luz.
-¿Estaría muerta o viva a la vez?
Cuando di vuelta a la llave y abrí la puerta, sentí sobre mi cara una bocanada de aire cálido, sobre el pasillo la penumbra que llegaba desde el salón dejaba ver con dificultad el fondo oscuro del baño. Caminé despacio hacía la habitación. Mientras me acercaba pensaba que aún se cumplían los dos estados de la paradoja.
Me paré para escuchar un leve movimiento, quizás la ventana del salón entreabierta.
Luego pronuncie su nombre.

viernes, 2 de mayo de 2014

TUMBAS.




Estuve en una pradera larga con bordes recién segados,
olor a hierba machacada.
Bordee la tapia y una verja de hierro,
Tumbas de 1945, una del 19,
Y una del 36, asesinado.
Subí unas escaleras empinadas,
un grifo goteando entre botellas de plástico,
pasé las tumbas de los niños, lápidas destartaladas,
flores eternas de color azul, y ángeles.
Repasé varios pasillos y nombres:
Ernestina,
María,
Agustín,
Consuelo,
Pedro.
Y una lápida caída del 34,
rota.
Casi al final, en una hilera que daba al desagüe,
la tumba de mis padres:
1998, 1983.
Me quedé de pie, cerrados los ojos,
puse flores con color de recuerdos.
Y a la vuelta,
los niños, otros nombres,
y el olor a la hierba.

martes, 29 de abril de 2014

Y NUNCA MÁS.




Cinco años antes había llegado a la puerta. Aún la recuerdo, de dos hojas que se abrían a la mitad, la de abajo debía de permanecer casi siempre cerrada, la de arriba abierta para la ventilación. Llegar hasta allí fue relativamente fácil en el sentido de que sólo era caminar dando dos vueltas en zigzag para acabar en un tramo recto que te llevaba a la casa. Las vías del tren pasaban por la parte posterior, y cada doce minutos aproximadamente transitaba un mercancías o un tren de pasajeros, y siempre aquel pitido que empezaba en la lejanía, que se acercaba y se alejaba con diferente tono, como si la vibración se disipase al alejarse y se concentrase al acercarse.
Poco después estuve mirando por una ventana. Era usual en mi ver el camino por el que había llegado, reflexionaba cómo habría podido caminar tanto, cómo habría podido llegar hasta allí por aquel sendero lleno de tortuosidad, cómo habría podido guiarme por aquella senda cinco años antes.
De todas formas me acordaba como si fuera ahora mismo el primer silbido en la lejanía, sus fluctuaciones al acercarse, cuando ya estaba cerca como un chasquido, y luego el sosiego y su particularidad al alejarse hasta una suavidad casi infinita para entrar en un intervalo de casi silencio, sólo la brisa al agitar las hojas de los abedules que crecían en el entorno.
No sé cuánto. A veces pienso que aquel día el sonido empezó muy lejos. Y pude adivinar por su tono que era un mercancías. Puesto de pie con la cara vuelta a la ventana que daba a las vías. Había calculado con cierta dificultad la distancia desde una robusta viga larguera hasta un caldero de zinc emborcado sobre una mesa blanca y hule azul. En qué instante fue de ahora mismo en que procuré aquella coincidencia, el silbido en la lejanía acercándose, el calculo previo de mi balanceo, para que entre todo el estruendo, con aquella probabilidad cumplida, mis ojos se cerrasen sobre mi boca abierta.

Y nunca más.

miércoles, 2 de abril de 2014

POLILLA.


Cuando por la noche hay mucho silencio se escuchan las polillas oradar las vigas largueras. Algunas veces pienso que están dentro de mi y que me comen. No hay nada más íntimo que estar sólo cuando hay mucho silencio.Si es de noche el silencio es tan espeso que no puedes apartarlo con las manos.
Dana se fue el mes pasado de abril y no la esparcí por las laderas de Pastur. Es una promesa incumplida a una muerta. La tengo dentro de la lacena junto a los tarros vacíos que juntábamos para hacer mermelada de manzana. Tuve la ocurrencia de ir bebiéndola con el café, mezclada con el azúcar que lo hizo pardo. Todos lo que venían a verme llevan un poco de Dana en sus entrañas, o no sé si queda algo allí, en las entrañas, o se caga o se mea, y a dónde va después, si al río, por torrentera, o se queda en la tierra, o en el cuerpo como un metal pesado. El caso es que desde hace unos días tengo esto aquí, en el estómago, como si fueran las polillas que abren túneles sobre las vigas maestras.

Me resquema el alma o eso que se te pone y no sabes donde está cuando te pasas las manos en plena desnudez.

Vino su prima Zaida la de Busmente y me dijo la echaste donde ella decía y yo le dije la esparcí todo por entre la ballicada y las hierbas de la maldición, y parte del polvo voló sobre el tejo de la santa de Pastur, y otro poco salio hacía arriba, muy alto, y no puedo decirte a donde llegó. Mientras sacaba ropas de Dana de la cómoda yo le hice un café sin achicoria y le metí antes del azúcar dos cucharillas medianas de la urna, y el café se puso más negro aún, como si se cortara al revolver. El azúcar lo puso ella a buenas dosis y lo tomó soplando entre sorbos, y yo la miraba como se le iba poniendo la cara coloradita, y fue que se metió la mano en el regazo apretándosela mucho, eso después de unos cuantos minutos, como sofocada y mirándome con fulgor, muy extraña su mirada a ojos altos de deseo. Suspiro muchas veces y me senté con ella sobre la artesa amarrándola por allí a un puñado que no me cabía su coño, me calentaba la mano, que estaba que ardía, y no dijo nada, suspiraba más, ahora con la boca abierta. La engarce a braga subida de lo caliente que estaba, y cuando jadeaba talmente me parecía la carraspeada y áspera garganta de Dana cuando le cuadraba la segunda semana. Se la metí hasta atrás y la sostuve como un hombre. Las pantorrillas se le pusieron así, con una costra suave y grasienta.

Me sube como un sopor.
Es como si llenaran una botella de vino rosado.
Una sensación como si me fuese llenando de algo desde los pies a la cabeza. Algo tenue que va marcando mi piel de una endeble sombra colorada.

Es ella.
Se ha metido en mi.

Vino la cría de la Perota con sus diecinueve añitos a traerme el libro de familia con la Dana cerrada donde las defunciones. Le dije, Marita, no te vas de aquí sin tomar un café, y ella que no quería, y yo insistiendo, venga mujer, que aún te queda toda la mañana en el ayuntamiento, y así, que mientras esperaba viendo los cerezos de la huerta tan blancos, le puse dos de la urna y una y media de azúcar con unas rebanadas de brazo de gitano. Lo tomó muy rápido, la veía sorber mirándole a la carita rellenita, mientras sus papitos tomaban aquel color carmesí. Esta fue algo así como si le entrara escozor, era como si no estuviera en si misma, los ojos muy abiertos mojándose los labios con la lengua. Me arrimé a ella desconfiado y también le puse la mano allí abajo, estaba como una ascua, derretida, la envergué a tirón llevándome el virgo por delante, dio una mueca de dolor pero disfrutó a lo bruto, a lo muy hombre también, y sin miramientos. Se fue con la sayalita manchada con unos puntitos de sangre.

Vino la maestra a traerme unos bordados de canutillo olvidados en la catequesis del centro social.
Vino la mujer del secretario, la Pura, con una cesta de higos rojos.
Vino Prudencia la de ultramarinos el Coloso.
Vino Adriana la mujer del Ciprian el de la Ferretería, a interesarse.
Pasaron muchas mas ya tomadas en años o con el virgo reciente.
Todas tomaron café espeso dandole muchas vueltas.
Y todas en un momento u otro, cuando la tenían dentro, jadeaban como Ella, de esa forma desesperada, con aquel gorjeo como si Dana estuviera dentro de sus bocas y fueran los gemidos del mismo demonio.

Estoy casi lleno, con una marca endeble que se me aprecia en el mentón.
El labio inferior como ceniza.

Fueron muchas noches de silencio y de carcoma, las manos estiradas hacía donde ella reposaba.
Cuando llegó septiembre la urna tenía casi los diez dedos menos. Cogí a la Encastrada y la cinche con la albarda de tiro. Me subí a la mula a eso de las seis de la mañana con luz por las lomas del Xisto, llevaba la urna envuelta en un mantel blanco con bordes de filigranas azules. La niebla estaba puesta según íbamos por las retuertas, de esa forma pegajosa dejando lastrones húmedos y las hojas con gotas como lágrimas. Cuando llegamos a Pastur era una raya quebrada arriba azul y abajo verde.
No me bajé de la mula, desenvolví la urna y la agité al aire, fue como un soplo turbio sobre algo transparente, iba hacía arriba y a los lados, me quedé allí mirándolo como si tuviera forma de un ser del otro mundo. Y me di la vuelta.

jueves, 27 de marzo de 2014

NACER.



Todo estaba por nacer.
Sólo me vencían en los sueños
los largos caminos.
Me faltaban los brazos.
La luz apenas. Ni un ánfora
con agua por si hubiera sed.
Sin sílabas.
Sin lágrimas.
Por nacer las tardes lluviosas.
El llanto. Y tanto dolor.
Las risas.
Sin necesidad de las noches.
Quedaba todo el tiempo para tantos viajes.
Sin contar los días.
Sin deseos.

miércoles, 26 de marzo de 2014

TOMATES CHERRYS.



Me dejas balancearte entre las ramas de fréjoles – medio solos en el bosque-.
Déjame, anda.
Fagocítame.
Por fin he salido expulsado de esta gravedad a otra gravedad.
Y voy por ahí con todos los conocimientos adquiridos.
Y el último sabor de tú coño sulfatado, entre las redondas hojas de los kiwis.
Es difícil predecir el comportamiento humano. Su coexistencia no es lógica. Aunque excepcionalmente exista algún milagro -creo firmemente en la teoría del caos-.
Y en la formación profesional a todos los niveles, minuciosamente,
elaboradamente, estudiado pacientemente:
licenciado en electrodinámica cuántica, y un máster sobre las Reglas de Feynman.

He contado tantas veces cosas que se mueven. Tantas veces he contado los lados de los objetos que no son curvos. Las aristas de todo lo que contiene aristas. Mi propio desplazamiento en pasos: a la ida y a la vuelta. He jugado muchas veces a regresar contando de nuevo lo que había contado hacía la ida, y haciendo sumatorios algebraicos a la vuelta. He jugado con cifras, con números aleatorios, los resultados contados en sí,
si eran capicúas,
o no lo eran.
¿Existen múltiplos de PI?
Y todo aquí en mi cabeza.
Dando vueltas, perfectamente deformado.

Luego también me he coordinado paradójicamente. Por fin, doblarme y sentarme.
He decidido meterme debajo de polímeros apestosos - no encontré otra cosa-.
Allí,
oliendo a insecticida,
ya estaba Áymara de Arequipa, con su lomo en forma de serpiente.
Oliendo a fresas, a tomates cherrys, a pimientos del piquillo.
No quiero que me castiguen las aguas de Terranova.
Me horroriza el mar.
Allí está el mar furibundo e infinito, y mis parientes del Yucatán y de Guinea.
Me quedo en el Maresme, tan apacible al atardecer...