martes, 1 de julio de 2014

A CUATRO PATAS.


A cualquier hora di la vuelta a una coqueta plazoleta llamada la curva de San Jeremías. Por fin algo que me ataba a la realidad más precisa. Precisa, no. Era la realidad. San Jeremías era la plazoleta donde vivía y le di la vuelta lentamente hasta un portal enladrillado muy estrambótico, decorado con azulejos llenos de motivos árabes. Quiere esto decir que un poco más de a cualquier hora ya estaba delante de mi puerta toda pintada de verde oscuro, casi irreconocible dada la plena penumbra existente -vuelvo otra vez: penumbra, oscuridad..., no me aclaro- Con mi cabeza empujé lentamente una de las hojas de la puerta y a través de la oscuridad (digamos eso) avancé sobre las escaleras, ahora reptando, hasta otra puerta entreabierta aún desde la mañana. Avancé por el pasillo hasta mi habitación. Lentamente, no sin cierta alegría, me dejé caer sobre la cama deshecha, primero con la barriga hacía abajo, luego con la barriga hacía arriba. Empecé a sentir fuertes dolores sobre mis rodillas y en las palmas de mis manos, algo que hasta entonces me había pasado extrañamente desapercibido. El dolor tiene esas cosas, algunas veces sólo está dormido, y se despierta.
Disfrutaba ahora de respirar con mi boca abierta y por mi nariz a la vez, o sólo por mi boca, o sólo por mi nariz. Disfrutaba ahora con mis ojos abiertos de aquella densa oscuridad que casi podía apartarse con las manos. Disfrutaba ahora de aquella libertad plena de sentirme a salvo. Y reflexioné mientras me fui quedando dormido de que nunca más, nunca más saldría a caminar a cuatro patas a la inmensidad del día que tanto me asustaba.


domingo, 29 de junio de 2014

BASTARME.




Debería bastarme
haberme encontrado ausente
esperando que se acerque la lejanía.
Hacerme la pregunta más antigua
no vale la pena.
Poder llevar mi viejo cuerpo,
en los momentos de gran tristeza.
Podría bastarme,
sobre este calor que espera la lluvia
a que huela la tierra,
para quedarme quieto
con todos los recuerdos.



jueves, 19 de junio de 2014

ÉPOCAS.



Diseñada para que el fuego en su costumbre,
dejara luces de colores
al quemarse su corazón,
para que sus ojos siempre te dijeran algo
en el sentido de voy abrir muchísimo los brazos.

La había elegido para muchos años,
desde aquellos tiempos en que posábamos la palma de la mano
llena de barro,
cuando el agujero de una botella podría ser  el fondo de un lago
y el miedo inventó nuestros dioses una noche de verano.

Surgió el sofá, la extraña campana de la cocina,
y las puertas, y una ventana que daba a otros mundos
con un trozo, arriba, de cielo purpura.
Pasaban nubes.
Pasaban los martes.

Estuvimos mucho tiempo cenando -ella de lado-,
casi treinta años, pasándonos cosas, el pan
y todas las dificultades, los dolores de los brazos,
a veces la lluvia.

Nos divertíamos pensando en los secretos
mintiendo con los ojos
yo a veces soñaba que hubiera sido una diosa Freya
de vez en cuando la luna en su equinoccio
atravesando un tendal lleno de ropa.
Pudiera ser la fortuna,
tenerte allí,
por si necesitaba que me ayudaras a levantarme.

lunes, 9 de junio de 2014

EL GATO DE SCHRODINGER.



Obsesionado por esos mundos imposibles de lo que no se puede medir. De cuál era la mínima unidad que extendida en una curvatura me diese la distancia más ínfima de todo lo mensurable.
Incluso esa particularidad de lo que no puedes definir en un mismo lugar, y por supuesto tampoco ni imaginar sus posiciones sucesivas que indiquen su trayectoria entre infinitas posibilidades.
Lo había preparado todo en nuestra alcoba, de una forma fugaz para que su mirada no descubriera la novedad de la pistola escondida con su largo silenciador, el mecanismo de accionamiento, el rayo de luz invisible que debería detener su cuerpo al acercarse desde el pasillo y poner en marcha el fatídico mecanismo de accionamiento.
Cuando estuvo todo dispuesto bajé al bar de enfrente para observar su llegada al portal. A la media hora la vi metiendo la llave, y salí precipitado tras ella subiendo por las escaleras, casi cuando el ascensor llegué al cuarto piso, y sentí la puerta de entrada cerrarse bruscamente. Esperé delante de la puerta algunos minutos y pensé en aquella paradoja del gato de Schrödinger. Mi estado de excitación era sublime, pretendía demostrar que en aquel preciso instante ella estaba viva y a la vez estaba muerta. Quizás así, en un solo estado. Imaginaba su metódico recorrido de todos los días: entrar en la cocina, dejar correr el grifo y beber  su baso de agua, asomarse a la ventana del patio de luces, dejar luego sus zapatos en el pasillo, entrar en el salón y posar las llaves sobre un taquillón, correr las cortinas para dejar entrar la claridad, y luego de que forma - quizás-, entrar en la habitación y cortar con su cuerpo el fatídico rayo de luz.
-¿Estaría muerta o viva a la vez?
Cuando di vuelta a la llave y abrí la puerta, sentí sobre mi cara una bocanada de aire cálido, sobre el pasillo la penumbra que llegaba desde el salón dejaba ver con dificultad el fondo oscuro del baño. Caminé despacio hacía la habitación. Mientras me acercaba pensaba que aún se cumplían los dos estados de la paradoja.
Me paré para escuchar un leve movimiento, quizás la ventana del salón entreabierta.
Luego pronuncie su nombre.

viernes, 2 de mayo de 2014

TUMBAS.




Estuve en una pradera larga con bordes recién segados,
olor a hierba machacada.
Bordee la tapia y una verja de hierro,
Tumbas de 1945, una del 19,
Y una del 36, asesinado.
Subí unas escaleras empinadas,
un grifo goteando entre botellas de plástico,
pasé las tumbas de los niños, lápidas destartaladas,
flores eternas de color azul, y ángeles.
Repasé varios pasillos y nombres:
Ernestina,
María,
Agustín,
Consuelo,
Pedro.
Y una lápida caída del 34,
rota.
Casi al final, en una hilera que daba al desagüe,
la tumba de mis padres:
1998, 1983.
Me quedé de pie, cerrados los ojos,
puse flores con color de recuerdos.
Y a la vuelta,
los niños, otros nombres,
y el olor a la hierba.

martes, 29 de abril de 2014

Y NUNCA MÁS.




Cinco años antes había llegado a la puerta. Aún la recuerdo, de dos hojas que se abrían a la mitad, la de abajo debía de permanecer casi siempre cerrada, la de arriba abierta para la ventilación. Llegar hasta allí fue relativamente fácil en el sentido de que sólo era caminar dando dos vueltas en zigzag para acabar en un tramo recto que te llevaba a la casa. Las vías del tren pasaban por la parte posterior, y cada doce minutos aproximadamente transitaba un mercancías o un tren de pasajeros, y siempre aquel pitido que empezaba en la lejanía, que se acercaba y se alejaba con diferente tono, como si la vibración se disipase al alejarse y se concentrase al acercarse.
Poco después estuve mirando por una ventana. Era usual en mi ver el camino por el que había llegado, reflexionaba cómo habría podido caminar tanto, cómo habría podido llegar hasta allí por aquel sendero lleno de tortuosidad, cómo habría podido guiarme por aquella senda cinco años antes.
De todas formas me acordaba como si fuera ahora mismo el primer silbido en la lejanía, sus fluctuaciones al acercarse, cuando ya estaba cerca como un chasquido, y luego el sosiego y su particularidad al alejarse hasta una suavidad casi infinita para entrar en un intervalo de casi silencio, sólo la brisa al agitar las hojas de los abedules que crecían en el entorno.
No sé cuánto. A veces pienso que aquel día el sonido empezó muy lejos. Y pude adivinar por su tono que era un mercancías. Puesto de pie con la cara vuelta a la ventana que daba a las vías. Había calculado con cierta dificultad la distancia desde una robusta viga larguera hasta un caldero de zinc emborcado sobre una mesa blanca y hule azul. En qué instante fue de ahora mismo en que procuré aquella coincidencia, el silbido en la lejanía acercándose, el calculo previo de mi balanceo, para que entre todo el estruendo, con aquella probabilidad cumplida, mis ojos se cerrasen sobre mi boca abierta.

Y nunca más.

miércoles, 2 de abril de 2014

POLILLA.


Cuando por la noche hay mucho silencio se escuchan las polillas oradar las vigas largueras. Algunas veces pienso que están dentro de mi y que me comen. No hay nada más íntimo que estar sólo cuando hay mucho silencio.Si es de noche el silencio es tan espeso que no puedes apartarlo con las manos.
Dana se fue el mes pasado de abril y no la esparcí por las laderas de Pastur. Es una promesa incumplida a una muerta. La tengo dentro de la lacena junto a los tarros vacíos que juntábamos para hacer mermelada de manzana. Tuve la ocurrencia de ir bebiéndola con el café, mezclada con el azúcar que lo hizo pardo. Todos lo que venían a verme llevan un poco de Dana en sus entrañas, o no sé si queda algo allí, en las entrañas, o se caga o se mea, y a dónde va después, si al río, por torrentera, o se queda en la tierra, o en el cuerpo como un metal pesado. El caso es que desde hace unos días tengo esto aquí, en el estómago, como si fueran las polillas que abren túneles sobre las vigas maestras.

Me resquema el alma o eso que se te pone y no sabes donde está cuando te pasas las manos en plena desnudez.

Vino su prima Zaida la de Busmente y me dijo la echaste donde ella decía y yo le dije la esparcí todo por entre la ballicada y las hierbas de la maldición, y parte del polvo voló sobre el tejo de la santa de Pastur, y otro poco salio hacía arriba, muy alto, y no puedo decirte a donde llegó. Mientras sacaba ropas de Dana de la cómoda yo le hice un café sin achicoria y le metí antes del azúcar dos cucharillas medianas de la urna, y el café se puso más negro aún, como si se cortara al revolver. El azúcar lo puso ella a buenas dosis y lo tomó soplando entre sorbos, y yo la miraba como se le iba poniendo la cara coloradita, y fue que se metió la mano en el regazo apretándosela mucho, eso después de unos cuantos minutos, como sofocada y mirándome con fulgor, muy extraña su mirada a ojos altos de deseo. Suspiro muchas veces y me senté con ella sobre la artesa amarrándola por allí a un puñado que no me cabía su coño, me calentaba la mano, que estaba que ardía, y no dijo nada, suspiraba más, ahora con la boca abierta. La engarce a braga subida de lo caliente que estaba, y cuando jadeaba talmente me parecía la carraspeada y áspera garganta de Dana cuando le cuadraba la segunda semana. Se la metí hasta atrás y la sostuve como un hombre. Las pantorrillas se le pusieron así, con una costra suave y grasienta.

Me sube como un sopor.
Es como si llenaran una botella de vino rosado.
Una sensación como si me fuese llenando de algo desde los pies a la cabeza. Algo tenue que va marcando mi piel de una endeble sombra colorada.

Es ella.
Se ha metido en mi.

Vino la cría de la Perota con sus diecinueve añitos a traerme el libro de familia con la Dana cerrada donde las defunciones. Le dije, Marita, no te vas de aquí sin tomar un café, y ella que no quería, y yo insistiendo, venga mujer, que aún te queda toda la mañana en el ayuntamiento, y así, que mientras esperaba viendo los cerezos de la huerta tan blancos, le puse dos de la urna y una y media de azúcar con unas rebanadas de brazo de gitano. Lo tomó muy rápido, la veía sorber mirándole a la carita rellenita, mientras sus papitos tomaban aquel color carmesí. Esta fue algo así como si le entrara escozor, era como si no estuviera en si misma, los ojos muy abiertos mojándose los labios con la lengua. Me arrimé a ella desconfiado y también le puse la mano allí abajo, estaba como una ascua, derretida, la envergué a tirón llevándome el virgo por delante, dio una mueca de dolor pero disfrutó a lo bruto, a lo muy hombre también, y sin miramientos. Se fue con la sayalita manchada con unos puntitos de sangre.

Vino la maestra a traerme unos bordados de canutillo olvidados en la catequesis del centro social.
Vino la mujer del secretario, la Pura, con una cesta de higos rojos.
Vino Prudencia la de ultramarinos el Coloso.
Vino Adriana la mujer del Ciprian el de la Ferretería, a interesarse.
Pasaron muchas mas ya tomadas en años o con el virgo reciente.
Todas tomaron café espeso dandole muchas vueltas.
Y todas en un momento u otro, cuando la tenían dentro, jadeaban como Ella, de esa forma desesperada, con aquel gorjeo como si Dana estuviera dentro de sus bocas y fueran los gemidos del mismo demonio.

Estoy casi lleno, con una marca endeble que se me aprecia en el mentón.
El labio inferior como ceniza.

Fueron muchas noches de silencio y de carcoma, las manos estiradas hacía donde ella reposaba.
Cuando llegó septiembre la urna tenía casi los diez dedos menos. Cogí a la Encastrada y la cinche con la albarda de tiro. Me subí a la mula a eso de las seis de la mañana con luz por las lomas del Xisto, llevaba la urna envuelta en un mantel blanco con bordes de filigranas azules. La niebla estaba puesta según íbamos por las retuertas, de esa forma pegajosa dejando lastrones húmedos y las hojas con gotas como lágrimas. Cuando llegamos a Pastur era una raya quebrada arriba azul y abajo verde.
No me bajé de la mula, desenvolví la urna y la agité al aire, fue como un soplo turbio sobre algo transparente, iba hacía arriba y a los lados, me quedé allí mirándolo como si tuviera forma de un ser del otro mundo. Y me di la vuelta.

jueves, 27 de marzo de 2014

NACER.



Todo estaba por nacer.
Sólo me vencían en los sueños
los largos caminos.
Me faltaban los brazos.
La luz apenas. Ni un ánfora
con agua por si hubiera sed.
Sin sílabas.
Sin lágrimas.
Por nacer las tardes lluviosas.
El llanto. Y tanto dolor.
Las risas.
Sin necesidad de las noches.
Quedaba todo el tiempo para tantos viajes.
Sin contar los días.
Sin deseos.

miércoles, 26 de marzo de 2014

TOMATES CHERRYS.



Me dejas balancearte entre las ramas de fréjoles – medio solos en el bosque-.
Déjame, anda.
Fagocítame.
Por fin he salido expulsado de esta gravedad a otra gravedad.
Y voy por ahí con todos los conocimientos adquiridos.
Y el último sabor de tú coño sulfatado, entre las redondas hojas de los kiwis.
Es difícil predecir el comportamiento humano. Su coexistencia no es lógica. Aunque excepcionalmente exista algún milagro -creo firmemente en la teoría del caos-.
Y en la formación profesional a todos los niveles, minuciosamente,
elaboradamente, estudiado pacientemente:
licenciado en electrodinámica cuántica, y un máster sobre las Reglas de Feynman.

He contado tantas veces cosas que se mueven. Tantas veces he contado los lados de los objetos que no son curvos. Las aristas de todo lo que contiene aristas. Mi propio desplazamiento en pasos: a la ida y a la vuelta. He jugado muchas veces a regresar contando de nuevo lo que había contado hacía la ida, y haciendo sumatorios algebraicos a la vuelta. He jugado con cifras, con números aleatorios, los resultados contados en sí,
si eran capicúas,
o no lo eran.
¿Existen múltiplos de PI?
Y todo aquí en mi cabeza.
Dando vueltas, perfectamente deformado.

Luego también me he coordinado paradójicamente. Por fin, doblarme y sentarme.
He decidido meterme debajo de polímeros apestosos - no encontré otra cosa-.
Allí,
oliendo a insecticida,
ya estaba Áymara de Arequipa, con su lomo en forma de serpiente.
Oliendo a fresas, a tomates cherrys, a pimientos del piquillo.
No quiero que me castiguen las aguas de Terranova.
Me horroriza el mar.
Allí está el mar furibundo e infinito, y mis parientes del Yucatán y de Guinea.
Me quedo en el Maresme, tan apacible al atardecer...



TORREMOLINOS.




Cuando marchamos del hotel Bajoncillo de Torremolinos mi suegra Amadora, La Florencia y yo, llevábamos las maleta de la Amadora llena de toallas, jabones, albornoces, las sabanas y fundas de la cama, y las lámparas candil de la pared. Yo el día anterior a la marcha me subí un destornillador de estrella del Volkswagen y arramplé con dos apliques esquineros, los toalleros y la televisión tedete que colgaba sobre la pared, también baje un embellecedor de repisa con espejo, y los floreros de plástico que había en el hall de entrada, las tapas del vater, y los tapones de registro de los videts.
A mi me vinieron aquellos retorcijones como si me hubieran apuñalado cuando estaba sobre la cama desatornillando los colgantes de piedra de la lámpara del techo. Fue cuando me entraron aquellas ganas de ir al baño, igual que si me estuvieran agujereando con un abre cartas, y lo hice todo como de papilla amarillenta, que no suelo, que soy de un estreñido de mete el dedo y dale vueltas. Le dije a la Amadora, usted salga pitando para el Volkswagen mientras yo liquido con los pingüinos del hotel. Al contrario que su hija, obedece, es muy sigilosa y pensativa, habla poco La Amadora.
Yo a la Amadora la llevo follando desde hace cuatro meses que me casé con su hija. Los primeros días de casados empezó viniendo a casa por la mañana, cuando Florinda fregaba en los Juzgados. La Amadora tiene cara de indígena como el Evo Morales pero a lo guapo. Se llegaba por allí con toda la boca pintada de rojo, a lo Marylin, y con el moreno le hace algo exótica. Un día yo ya tenia el traje de vigilante puesto, y era como si la cosa del uniforme le fuera en plan sádico o a lo guarro, entró directa a la cocina con esa ropa que se pone tan prieta, enseñándome la regaña de las tetas. Pues me vino aquello de que algo “ me quería” la muy zorra. Yo me crezco y no deduzco, a lo lanzao, y la arrimé contra la nevera y del golpe que le dimos se puso a cargar el freón como si fuera un reactor. Se hizo la violada con unos chillidos de cría de coneja, le tuve que hacer la presa del espatarrao, piernas sujetas con rodillas, mano atrás fijada a la espalda y la otra mano al coño. Cuando le cogí el mondongo como que se quedó indefensa, tenía pelos hasta el ombligo, y le metí el dedo y supe que lo quería de la valvulina que soltaba, luego le dije, o se queda quieta o le pego dos hostias, que le doy, vale, que le doy un hostión que la dejo sorda, que se me quede así, ¿vale?. La cosa fue que paró de repente y se lo hice allí mismo, cinco minutos de culeo por delante, y cuando se la saqué se calló de bruces del gusto que le dio, estaba llorando como una magdalena arrodillada de lado. Y le dije, pues todo suyo, arregle un poco esto que yo marcho, y si nos hace una tortilla con pimientos, muy agradecidos. Luego vino muchas veces, siempre con los labios como la Marylin, y partir de aquel día ya fue sin prolegómenos, lo hacíamos en la cama de matrimonio, total ella me decía que olían a lo mismo, cosas de mujeres, la Amadora y la Florencia usaban los mismos mejunjes, que yo llevo muchas veces en los labios ese sabor de polvos y cosas de perfúmenes, y no lo quito; beso a la una y a la otra y es como el mismo vino de la misma botella.
(La Amadora es de follar reposado, vieja pécora, le tengo aguantado hasta treinta minutos con ella dentro).
La Amadora y la Florencia no cabe duda que huelen a lo mismo. La Florencia es más a lo Letizia Ortiz, desgarbadita, pero cuando la chupa bien es como si te la sorbiera una catadora de Westfalia. Me viene por las noches cuando llego a las doce con infusiones de anisitos para mis retorcijones. La noto como un poca ida, en otro mundo, le tengo que llevar la cabeza allí y antes iba sola, ahora es como si no quisiera o no supiera, o hubiese sudores paranormales de la otra bruja en la entrepierna.
Antes iba sola, yo no sé si le huele ese rastro de sudor de vieja que queda de por las mañanas. El olor es un sentido extraño, algo demoníaco, es como si el presentimiento fuera oleaginoso y lo destapasen las esencias. A la bruja le digo que no se le escape un pelo, y los rebusca como azafrán en rama, luego lo dobla todo, pliegue a pliegue, inmaculado, con las flores bordadas en la misma parte de la cabecera, y los cojines en esa proporción simétrica, entre un sol de trapo que queda desparramado en la misma esquina de siempre, puesto como un huevo. Luego abre las ventanas y lo airea todo.
Me viene ese frío repentino en el estómago cuando me marcho de vigilante por las mañanas.
En la esquina de siempre y casi sin ganas se lo dije, es que la Florencia sospecha, que lo sé, y ella me dijo lo del perfume, que huelen igual, que huelen igual, pero yo la veo a ella como algo santera, me da que lo de los anises es cosa de magia, y que las dos me follan y me envenenan por igual; como que ayer Domingo estaba colocando en el baño los apliques del Bajoncillo sobre una silla, y la Amadora me cogió por los huevos mientras mi mujer hacía una tortilla en la cocina.
La mujer no fue hecha para levantar sacramentos, son muy raras, lo mismo me están matando.
Me ha venido una cosa aquí a la garganta y me he ido a mirar al espejo, miro la repisita que puse del Bajoncillo y me miro a mí, y las siento a ellas como un siseo lleno de secretos. Tengo la tortilla aquí debajo de la nuez y no puede salir. Sobre el espejo mi cara no es de este mundo y presiento que este silencio tampoco lo es. Al reclinarme sobre el lavabo me viene un mareo de balancín de feria, repentino, como si toda mi sangre se hubiera puesto de ojos para abajo.
Cuando me estaba cayendo ingrávido sobre los azulejos, me dio tiempo a ver mi cara, y detrás de mí a ellas dos con una mueca casi rijosa, como si hubieran venido para verme morir (porque era verdad que me estaban matando).




martes, 25 de marzo de 2014

PACHARÁN.





En el informe.
Parte de el escrito por un puño tembloroso.
No quebrantada la luz. Ningún vértigo.
Sabía que hasta allí llegaría su sombra. Más allá sólo una pared blanca.

Este paciente se llamaba Aniceto Loirán Expósito. Con cincuenta y tres años. De mediana estatura, enjuto, con ojos escarbados, de espaldas anchas y ligeramente caídas. Con leve andar catatónico, dado a la ceremonia a la hora de avanzar. Vestía siempre muy bien.
Paradógicamente muy pulcro con su higiene personal
Fue ingresado por su alcoholismo crónico. Un año antes había sido expulsado de Alcohólicos Anónimos (A A). Tenía una capacidad innata para la persuasión. A las dos horas de haber dicho: ...me llamo Aniceto Loirán Expósito, y soy alcohólico..., había logrado que los diez compañeros presentes y el terapeuta cogieran una gran borrachera a base de apacharán, bebido compulsivamente chupando a través del irrellenable de la botella, como si fueran amamantados como bebés.

En cuatro pruebas diferentes después de lo de A A, había accedido a un sanatorio especializado en Alcohólicos Crónicos (A C), con los mismos resultados, intensa borrachera con Anís del Mono de ocho pacientes, dos médicos internistas y cuatro enfermeras.
Tenía la particularidad de ver acciones antiéticas en cualquier amigo o familiar, incluso conocidos cercanos, lo que le obligaba a beber compulsivamente con el fin de atreverse a persuadirles para enmendar su conducta.
Con su esposa, una mujer abnegada y paciente, de fuertes convicciones religiosas, había comenzado a experimentar raras excentricidades en la intimidad, pidiéndole con insistencia, en sus estados de intoxicación etílica, ir a la bañera para practicar lluvias plateadas y doradas, siempre que ella tuviera reservorio en su vejiga o intestinos.

Había empezado a beber tres días después de la toma de la isla de Perejil por el ejercito español.

Aunque siempre decía que nunca había tenido muchos problemas para controlar su hábito, hasta ocho días antes de su ingreso en un Hospital General (H G), por un diagnóstico de hipotiroidismo. Coincidiendo con esta dolencia comenzó a sufrir alucinaciones durante unos cinco días . Se decía a si mismo y a los demás que era artillero durante la toma de la Isla de Perejil. Escondido en cualquier esquina, detrás del aparellaje médico, incluso arrastradose por el suelo, siempre con posturas bélicas de ataque o defensa, de toda índole guerrillera– como resultado de su descontrol hubo que atarlo varias veces en la cama con camisa de fuerza-.
Está anotado en su historial que por aquel tiempo se presentaba con una tarjeta que entre otras cosas
ponía: Sargento de Primera, Veterano mutilado de la toma de la Isla Perejil.

En los dos años siguientes, después de varias recaídas fue ingresado varias veces en A C , sin buenos resultados.

Una de sus costumbres preferidas era beber en casa asomado a una ventana que daba al patio de luces, con el atardecer marcado sobre los tejados. La mayoría de las veces aburrido y agresivo, solía llamar pedorras y soputonas a las vecinas, mientras arrojaba la botella de pacharán vacía a la solera del patio con el consiguiente alboroto.

El atardecer mientras tanto, compasivo, casi sin colores se iba sobre los tejados.
Aquella sombra, inquebrantable, siempre llegaba hasta allí ya próximos al equinocio.

De buena educación en la consciencia de su propio yo. Había cursado sus estudios en el Arcángel San Gabriel de la Calle Puértolas, con los salesianos. Obteniendo al terminar su profesión de archivador una buena posición profesional, ya que era de gran competencia y responsabilidad en épocas de vigilia alcohólica.

Tenía muchos amigos, pero casi nunca tendía a tener confidencias con ninguno. Nunca trataba de ser sociable. Se apreciaban en él evidentes muestras de conflictos internos, con mucha propensión a estados ansiosos que era incapaz de reprimir. Paradójicamente a veces se desvivía hasta la saciedad en su proselitismo persuasorio. Muy voluble.

Le gustaba permanecer en casa los días festivos, no era proclive a sacar a la familia a actos sociales. Se ensoñaba largas horas tirado en el sofá del salón comedor antes de coger su botella de pacharán y succionarla como un niño a la teta materna. Incapaz de pasear al lado del mar, -creo que lo odiaba-, no era dificultoso detectarle sus tendencias agarofóbicas en tales estados de proximidad a la infinitud del horizonte, con una tendencia obsesiva al síndrome del mástil que iba a desaparecer para nunca jamás, con sus muecas en la cara, rígido el cuerpo, sin querer mirar hacía aquel punto lejano que se difuminaba.
También le perturbaba la limitación de lo pequeño dentro de su entorno. El campo con su extenso paisaje, sus seres diminutos. La soledad y el porvenir de una hormiguita cargada con una hoja gigante, perdida, sin saber a dónde ir entre la tortuosidad de su camino lleno de obstáculos, sin ver más allá de unos pequeños pedruscos que para su mundo eran gigantescos roquedales.
Semejante al síndrome de aquel ser descrito por Cajal en un cuento, que por un prodigio podía ver a simple vista lo que un microscopio ampliaba con cientos de aumentos. Ser que en su horrorosa locura moría contorsionándose entre la más extraña de de las agitaciones.


Nunca admitía su propia insuficiencia. Nunca delegó en sus esposa los quehaceres que tenían cierta responsabilidad en el hogar. Quehaceres que para él eran insuperables la mayor parte de las veces, llenos de ceremonias de la suerte antes de su inicio en un bucle interminable que lo imposibilitaba.

En A C, siempre expresaba su deseo de dejar la bebida. En estados de vigilia alcohólica su sensibilidad e intelectos estaban intactos. Como ya dije muy lábil emocionalmente, aunque algo nervioso, irascible y trémulo. A pesar de todo siempre intentaba ser participativo y cooperar.

Para él las salas del hospital estaban llenas de rutinas. Se hacía notar con los demás internos como superior a los demás pacientes. En su último ingreso de dos semanas estuvo más calmado. Era propenso a ver todos los días los atardeceres de agosto. Se quedaba hierático, inmóvil como una estatua hacia poniente observando el cambio de color que tomaba el cielo sobre los tejados hasta que llegaba la oscuridad más absoluta, teniendo entonces que ser obligado por las enfermeras a retornar a su sala.

Cuando finalmente exigió que se le diese de alta, contrariando la opinión del personal médico, no existía ni las más mínima evidencia de que hubiese logrado alguna autocognición en su situación de cómo dejar de beber.

Fue la décima salida de A C.

Era ese día el diecisiete de agosto, con leve viento de levante. Día claro con un fuerte azul.
Aniceto caminó de nuevo por la senda empedrada guardada por sauces llorones que daba a la puerta principal. Iba cogido del brazo por su esposa Maite.
No estaba con los sentidos en ninguna parte, no era feliz, pero tampoco estaba triste.
Llevaba aún aquel ansia por chupar y sentir de nuevo el dulzor del pacharán en su boca.


Por el mismo borde
llegará la oscuridad
para aquel que cree recordar
el rumor de los ríos de su infancia.



lunes, 10 de marzo de 2014

MILES DE VECES.



Concluida una historia muy larga,
tantas veces a esta hora en este día,
la esquina que daba a la ventana,
el pan blanco, dos platos,
dos vasos.
De cierto no sé cuánto tiempo,
viendo avecinarse el futuro,
hasta que un día la casualidad
se detuvo,
y fue más amplia la luz,
más difuminada la penumbra,
más solitario el hueco,
sin nada,
en silencio,
aquella hora repetida,

miles de veces.