Yo había entreabierto la ventana. Ella abrió la otra, cinco minutos después. Luego —después del después— vino a decirme que había corriente, que aquello, que esto, que no podía generarse una corriente de aire entre dos ventanas apenas abiertas. Bien. Cerró la mía, y yo le dije: oye, ¿por qué tienes que meterte en mi vida? ¿Acaso yo me meto en la tuya? A todo esto habrían pasado unos seis minutos de circulación aérea: el aire cruzaba el espacio entre las dos ventanas, cruzaba también entre nosotros, que estábamos en medio. Seguimos discutiendo sobre nuestros respectivos espacios vitales asignados y sobre qué hacer con el aire. Bien. Transcurrieron unos diez minutos más, discutiendo sin alzar la voz, eso sí, sin alzar la voz. Y llegamos a un acuerdo consensuado: determinamos que ella había abierto su ventana primero, y por lo tanto tenía todos los derechos adquiridos sobre ella —y por extensión, también sobre la libre circulación del aire—. Cabe decir que los derechos sobre el aire...
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La lagartija, hendida, partida en dos, aún convulsionaba en sus dos partes. El segmento sin cola avanzaba en línea quebrada, privado de su timón natural. La larga extremidad cercenada daba tumbos erráticos, aunque a veces lograba un ínfimo avance. Mi vara de avellano, larga y tersa, sin su piel, ostentaba un vestigio leve de sangre fría, aguardando una decisión tácita de acabar con toda vida. La parte con cabeza, todavía investida de una vitalidad precaria, se impulsó unos metros sobre el lecho de hojarasca. Esperaba la mengua progresiva de sus espasmos, que efectivamente se atenuaron hasta casi desaparecer, en una curva silenciosa y lenta de espera hacia lo inerme, e inevitable. Lo abandoné todo a mi espalda y proseguí el camino. El sol, en su cénit inmóvil, inundaba el paisaje. Discernía las sombras rindiéndose al dominio de su luz. La ladera se erguía como el flanco de un monte: ora descarnado y pétreo, ora vestido de brezos donde insectos múltiples danzaban sobre flore...
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Me llamo Cesáreo Rendueles Beliehva , tengo sesenta años recién cumplidos y un trasnochado Xiaomi . Y además, soy un puto cerdo. Desde hace dos años, mi obsesión son las prendas íntimas de las mujeres. Aunque me atrae su desnudez, no es la desnudez total lo que me mueve, sino el vestigio, el pliegue, el secreto aún velado. La desnudez absoluta está exenta de rito, y el rito es esencial en mis ceremonias. Necesito el perfume encerrado, el calor contenido, la marca húmeda de una tarde de verano, la textura del roce, la sugestión de la ausencia, y el secreto. Adoro los sujetadores, sobre todo si son de algodón o de raso con algún encaje casi invisible. También me vuelven loco las fajas, aunque están en desuso. Me gusta su rigidez, el esfuerzo que exige quitarlas. En cuanto a las bragas, las prefiero de algodón, sin adornos, aunque también me gustan las de encaje si han sido usadas. Me excita encontrarme una compresa pegada, doblada como un origami sangrante. Me derrito si, por error...
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Deberías reflexionar antes de preguntar la hora a un desconocido. Ante la duda y la sorpresa, lo inmediato se presenta de forma inexacta. Entre el gesto de interpretar la pregunta, su mirada y luego su amable contestación, se gesta una incertidumbre. ¿Es cierto su tiempo marcado? Las ilusorias marcas progresivas en las que él cree vivir, dando por cierto su ritmo en la vida, son apenas una convención. Incluso si su reloj, atado a su pulso, estuviera descompuesto, incluso si los gusanos horadaran sus órbitas, seguiría existiendo la duda sobre la certeza de su tiempo transcurrido. El que te pregona la hora es un iluso. No alcanzo a sonreírme por vergüenza. Debería quedarme quieto y dudar de su verdad. Otear en qué dirección me propongo el desplazamiento. A veces me hastía recorrer los olores, el tacto, los colores, los sabores. Otras veces elijo caminos polvorientos que me llevan a colinas lejanas por varias vías y direcciones, todas inevitables. Escogí hacer con mi navaja un trozo...
VEINTE CÉNTIMOS.
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Yo iba por la calle Modesto Areas con ese andar que me caracteriza con pasos irregulares, cansino, de quien arrastra historias colgando de los hombros. Cuando camino así, es que voy pensando en algún momento especial de mi vida..., casi siempre injusto. Al llegar a la altura de la Sidrería La Checlaina, vi la máquina expendedora de "Serventa", encajada entre una cámara frigorífica que daba a la calle y una tienda de prendas íntimas. Me detuve, observando aquella mezcla. De un lado, sujetadores con aros para todos los bustos, camisones de tirantes finos, bodys, fajas de encaje, braguitas bordadas con flores. Del otro, las bocas inanimadas de un sargo mediano, un besugo tristón, un lenguado que parecía vestido de negro, una lubina enroscada mordiéndose la cola, y mucho perejil tirado entre el hielo. Dejé el maletín en el suelo, introduje dos euros en la "Serventa" y seleccioné el A-28: "ensalada ligera con brotes de soja". Abre fácil, ponía. Esperé. Miré ...
MOSCAS.
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La manilla era de bronce, resobada por el tiempo. La mano queda con ese poso de un rastro metálico. Abro la puerta y, con una lentitud ritual, me siento en el borde de siempre. La cama gime bajo el peso de mi cuerpo. Me dejo caer poco a poco hasta encontrar la almohada. La perfección puede ser una postura de reposo, la única certeza incuestionable. Lo absoluto se traza en la huella del cuerpo sobre el lecho, en la sensación de casi ingravidez, como si la responsabilidad de existir se disipara en el aire. Abro los ojos y el techo se extiende en su plenitud indiferente. Tres hendiduras en zigzag se abren paso con su desenlace trágico en la esquina. La luz es ajena, filtrada por la ventana entreabierta. Percibo el leve indicio de un rastro azulado. Todo lo que me rodea es desorden. Restos de otros habitantes resuenan en la disposición errática de los objetos: una fotografía de un mar distante, un cuadro inclinado de un barco apenas visible en su horizonte imaginario, flotando sobre ...
SUCCIÓN.
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Fuimos siempre de la opinión de que, si llovía, había que abrir el paraguas. Hasta ahí, de acuerdo. Incluso, cuando el sol caía a plomo, el paraguas seguía abierto por su utilidad. Nada que discutir. Para pasarle el brazo por el hombro, otra posibilidad: el paraguas, siempre abierto. Me daba no sé qué la anchura de sus espaldas, el volumen generoso de su trasero, sus piernas robustas con las rodillas tocándose al caminar. Sentía su calor de un lado; avanzábamos juntos, cogidos quizás, de la mano o de otra forma, pero cogidos. Y por algún motivo que ahora se me escapa, con un paraguas abierto aunque ya no era necesario. Llegamos al "succionador municipal" de Santa Engracia, el que está al lado del estanco y de la floristería, esa que siempre huele a camelias, a gladiolos, a fragancias dulzonas mezcladas con el aroma rancio de tallos podridos y tabaco. Era el primer succionador de la calle Santa Engracia. Había cuatro personas delante; esperamos. Le dije: —Si llevas un euro s...
HABITACIÓN.
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No sé muy bien cómo describir este fracaso anatómico. Lleno de un aburrimiento lento, lleno de dudas y de malas noticias. Dispuesto a realizar un ejercicio imposible. Ocurrencias que me vienen por estar tan lleno de soledad, satisfecho de ocupar y habitar el espacio que me corresponde, tan lleno de soledad. Masturbarme mientras me introduzco el dedo por el culo ha sido siempre un imposible. Tumbado, la pelvis se resiste a elevarse lo suficiente; incluso de pie, frente al lavabo, la postura se vuelve una incómoda parodia de equilibrio. He probado con la mano derecha en la polla y la izquierda hundiéndose en el ano —esta vez por puro placer, no por obligación—, pero todo terminó en derrota. Demasiada atención en la mecánica del acto, demasiado poco el placer mismo como recompensa por tanto esfuerzo. Desde que me da el recuerdo, estoy casi seguro de que nunca he dado placer a nada. Nunca mi mano escribió palabras sobre una espalda ajena, ningún gesto con esa intención. Nunca ningu...