viernes, 12 de febrero de 2010

LOS CUERVOS.


Ahora estoy aquí sentado sobre saliente del ábside al lado del presbiterio de la iglesia mientras hacen la misa.
Los vivos están ahí, pero sólo pueden ver los cuervos revolotear. Están posados tras el cristal policromado de una claraboya profunda y circular.
Lo llevaba pensando desde hacía varios meses. Había días que lo meditaba con mucha intensidad, hasta casi llegar a la obsesión. No fue una acción repentina, algo que decides sin venir a cuento. Fueron casi dos años desde que me vino a la cabeza esa idea de acabar con todo. Cuando piensas en eso, tienes algunas veces momentos de irascibilidad con los que te rodean, como si los culparas, de que para ti no hay salida por ningún camino posible ni figurado. Y te surgen esas reflexiones de llevarte a varios por delante. Considerando que su culpabilidad hubiera sido manifiesta, en la causa directa de tú autodestrucción.
Los prolegómenos son extrañamente metódicos. Digamos que es muy mental. No obstante, lo difícil en estos casos es escoger el día. Eso lo dejas siempre para el final, como si todo estuviera claro, y trascendente, cuando tienes una gran tarea que realizar y la pospones porque no te resulta del todo agradable.
Me decidí por fin el día 19 de abril, (santos Rufo y Expédito). Aunque la logística no era complicada, también medité sobre que cuerda seleccionar, y qué tipo de árbol escoger, y en que zona. Nada desdeñable esto último, de ello dependería cuánto tiempo tardarían en encontrarme. (Tampoco deseaba que me comiesen las alimañas).
Una semana antes del acontecimiento bajé a la Ferretería de Rufo el de la parada, y compré cuatro metros de cuerda de pita del dieciocho, siempre me pareció excelente por su poca dilatación al tiro; muy importante que haya poca deformación en estos casos, para no calcular mal, y además aguanta muy bien, (Os comento esto por si alguno tiene la misma intención, nunca se sabe). O sea, ya tenía la cuerda. Con lo del árbol me decanté por la higuera de Eulalio, el de Cabañas, casi centenaria. Está en un huerto del fondo del pueblo, y es muy visto por los que regresan del otro lado del río, con las caballerías y el ganado.
Fue todo el lunes, a las siete de la mañana. Comí queso, y dos buenas hebras de lacón cocido, y tomé unas seis copas de orujo. Cogí la cuerda, y me dirigí sin prisas a la huerta. Por el camino sólo encontré a la señora Apolonia que venía corrida con dos hogazas de pan. Me saludó de pasada.
Sabéis. Al llegar a la higuera no me lo pensé mucho, el nudo ya estaba hecho, la rama escogida, por la mejor zona para subirme. Me lo puse en el cuello. Miré por última vez las montañas de San Román, algo oscuras, aún. Y me tiré.
Lo extraño de todo esto, es que cuando acabé de patalear, me vi a mi mismo colgado. Llevo así dos meses y medio, vagando por el pueblo, sin que nadie me vea. El cura ni una misa dijo. Ni dentro del cementerio me enterraron. No sé cuanto tiempo debo vagar. Necesito que digan tres misas, pero no tengo forma de dar una señal. Me acompañan los tres cuervos de un lado al otro, algunas veces hago que piquen las ventanas. Pero para ellos, los vivos, no es una señal, son puñeteras aves de mal agüero que vienen a avisar al próximo.
Cuando acabe la misa, seguiré vagando. Ahora estoy aquí sentado.

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