viernes, 12 de febrero de 2010

LA TORTILLA ESPAÑOLA


Quizás eran las tres de la mañana, cuando me desperté sin ningún motivo aparente. Últimamente duermo entrecortado, a saltos, y me quedo despierto largas horas. Desde que me dejó mi mujer, instintivamente estiro la mano y compruebo que sigo sólo. Eso es algo que trato de olvidar. El martes pasado, sucedió lo inesperado. No fueron ruidos habituales los que subieron de la planta inferior. La planta inferior parecía extrañamente habitada. Sentí pasos, la radio encendida, y una tenue claridad asomaba por el inferior de la puerta de mi habitación. No soy dado a los estremecimientos, pero de repente me asaltó una inesperada angustia, con irracionales pensamientos, sobre cosas de las que no creo en absoluto. Pero la realidad era otra, y la interrogante inmediata existía: Cómo estando yo sólo podía sentir vida en la planta inferior, siempre inanimada.
Me armé de valor, nervioso, me puse la bata, me calcé las zapatillas y comencé a bajar a oscuras. La luz que estaba encendida era de la cocina. Sentía mover de platos, y un tenue canturreo de la emisora españoleando sobre cosas del querer. Seguí sigiloso, mi corazón latía sobresaltado. Me quedé parado en la esquina de la escalera, comencé arrastrar mi cabeza por el borde de la pared, hasta que conseguí avistar un pequeño ángulo de la cocina, fue entonces cuando la vi, como flotando un tenue arco azulado. Era mi ex suegra pelando unas patatas, para lo e parecía ser su plato preferido. Una tortilla española.

Mi suegra falleció el 20 de noviembre de hace dos años. Me acuerdo siempre, por ser el aniversario del Ogro.

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