ABDUCIDOS

Aún es temprano, pero no tanto como para que la luz no haya comenzado a adquirir ese sesgo metálico del otoño. Voy por la Senda de Cortines, un camino de madereros que asciende hacia la sierra con la paciencia de las cosas que saben que el tiempo no es una línea sino una senda. Robles y abedules flanquean el trazado; sus copas, aún frondosas, se tocan en lo alto como arcos que sostuvieran una nave que ya nadie recuerda. El suelo, mullido por las primeras hojas caídas, amortigua mis pasos con la delicadeza de una alfombra tendida para un ceremonial que ignoro. Sobre nosotros, nubes altas y tan diluidas que parecen más una idea de nube que nube en sí mismas: apenas un velo donde la luz se piensa a sí misma antes de caer.
Castor, mi perro, va delante, con ese olfato que es su manera de leer el mundo —un mundo para él sin metáforas, donde los zorzales, los mirlos, las perdices y el zorro que nos observa desde el límite de su territorio son datos puros, no símbolos. A veces envidio esa inmanencia. A veces la temo. Porque yo, a cada paso, voy traduciendo el paisaje en signos: las colmenas que hubo, resguardadas del oso por altas construcciones circulares de piedra —el Cortín de Chozas—, la memoria de los que trabajaron estos claros, sus nombres ya sin rostro, su fatiga anónima que ahora es solo una palabra en un mapa. Camino sobre estratos de olvido. Tal vez sea eso la soledad: la conciencia de que uno es el único traductor vivo de un lenguaje que nadie ya escucha.
Atravieso la zona amplia y despejada donde el Cortín se abre como un espacio litúrgico. El silencio que viene después no es el silencio habitual del campo, ese que está tejido por mil ruidos menudos. Es otra cosa: una suspensión. Castor se ha detenido, vuelve a mi lado con las orejas gachas, y de pronto advierto que no canta un pájaro, no grajea un cuervo, no se oye el latido lejano de un motor ni el roce del viento en las ramas bajas. Es un silencio que no se describe por ausencia sino por plenitud: como si el mundo hubiera contenido la respiración para escuchar algo que yo todavía no puedo oír.
Entonces el cielo sobre la vertical se tiñe.
No es un color, sino un modo de la luz: un halo violeta con tonalidades rojizas que no parecen provenir de fuera sino que emergen del aire mismo, como si la atmósfera hubiera empezado a sangrar. Las piedras del cortín, los árboles, el lomo de Castor: todo se vuelve contorno borroso. El mundo sensible se retira, no con violencia sino con la precisión de quien cierra una tras otra las puertas de un edificio que ya no necesita habitar. Me pregunto si esto es un sueño, pero la pregunta es absurda porque el sueño exige un despertador, y yo no estoy seguro de haber dormido nunca. ¿Y si toda vigilia no fuera sino una forma más lenta de ser soñado por algo?
Una fuerza vertical, suave e inapelable, comienza a elevarme. No es vértigo, no es vértigo. Es la liberación del peso como si la gravedad hubiera sido solo un hábito al que el mundo renuncia en este instante. Mis pies abandonan el suelo con la misma naturalidad con que antes lo pisaban. Castor flota a mi lado, su cuerpo tenso, las orejas gachas, pero no huye. Me mira con esa fidelidad que no se funda en la comprensión sino en la decisión de no abandonar al que no comprende.
Estoy en un túnel cilíndrico. Las paredes no son materia sino algo que se parece a la posibilidad de la materia: una textura que el ojo no acaba de fijar, un continuo que vibra en los bordes de lo visible. Y al fondo, una boca de luz amarillenta hacia la que me desplazo sin avanzar —o avanzando sin movimiento, que es una de las formas más puras de la contradicción que conozco. No sé si me acerco yo o si es la luz la que viene a mí. El lenguaje, que hasta ahora me servía para nombrar robles y abedules, para llamar a Castor y contar colmenas, se ha quedado atrás, en el suelo mullido, con las primeras hojas.
Pienso en lo que dirán cuando no me encuentren: que un hombre y su perro se adentraron en la sierra y no regresaron. Buscarán mis huellas, pero mis huellas dejan de existir en el momento en que el pie deja de ser peso. Pienso en la Senda de Cortines, que seguirá ahí, ajena, recibiendo las hojas del otoño que vendrán, los pasos de otros que nunca sabrán que un día, en esta coordenada precisa del espacio y del tiempo, alguien fue elevado hacia una luz que no supo nombrar. ¿Será esa la verdadera soledad: no estar solo en el camino, sino ser el único que recuerda que el camino, en algún punto, dejó de ser camino?
Castor se pega a mi costado. No tiembla, pero hay en su respiración algo que reconozco como miedo —o quizás asombro, que en los animales es lo mismo que el miedo cuando no encuentran una causa. Me pregunto si él ve lo mismo que yo. O si ve otra cosa, más simple, más verdadera. Tal vez toda esta geometría de túnel y luz no sea más que el esqueleto de un significado que mi conciencia se empeña en construir para no disolverse. Tal vez sea eso lo que llamamos experiencia: el último intento del sentido por justificarse ante lo que no tiene sentido.
La boca amarillenta crece. Ya no es un círculo al fondo sino una membrana que me contiene, una pupila que me absorbe. El mundo conocido —los robles, los abedules, las colmenas de piedra, el nombre de la senda— se contrae hasta ser un punto minúsculo, un recuerdo de recuerdo. Y sin embargo, en ese punto, en ese casi nada, está todo lo que he sido: mis preguntas sin respuesta, mis caminatas sin destino, este perro que ahora respira a mi lado como si su única metafísica fuera mi presencia.
El túnel vibra con una frecuencia que no oigo pero que siento en los huesos como si alguien estuviera tocando la nota fundamental de mi estructura. Y en ese instante comprendo que no me están llevando a ningún lugar. Me están mostrando que el lugar siempre ha sido esto: el intervalo entre un paso y el siguiente, la distancia entre el nombre de un árbol y la sombra que proyecta, la pequeña falla en el tejido de lo real por donde cuelan, alguna vez, estas luces que nos desarman.
No sé si regresaré. Pero si regreso, caminaré de nuevo por la Senda de Cortines, y sabré que debajo de las hojas, debajo de los nombres, hay un suelo que no es suelo, un tiempo que no transcurre, una senda que no conduce a ninguna parte porque es la parte misma. Y Castor irá delante, con sus orejas atentas a los ruidos del mundo, olfateando lo real sin traducirlo, fiel a una verdad que nunca necesita palabras.
La luz nos acoge. Y en su centro, donde no hay arriba ni abajo, solo la pura inmanencia de estar siendo, algo —no un sonido, no una voz, sino una suerte de reconocimiento sin lenguaje— me dice que toda ausencia es una forma de presencia que aún no sabemos leer.
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