lunes, 22 de marzo de 2010

EL MÓVIL


Era como una costumbre rutinaria. Más o menos cada tres días por la tarde, la llamaba por el móvil. Subía con el coche los cuatro kilómetros que lo separaban del Cerro del Puerto; pasaba las ruinas romanas, bordeando los prados siempre verdes, y se metía en la plaza de aparcamiento más alejada y solitaria. Muchos días el mar estaba sin bruma, totalmente despejado. Siempre había algún barco cercano soltando aquel largo pitido de aviso al práctico y; cuando bajaba la ventanilla del coche, sentía los ruidos metálicos del puerto. La llamaba era siempre a eso de las cuatro y media. Sabía su costumbre de dormir un poco la siesta. Cogía el móvil, marcaba, y al otro lado estaba su voz cercana. Empezaban a charlar de temas sin importancia. El le describía lo que estaba viendo, la bruma, o el mar despejado y hermoso. Alguna vez llevaba la conversación al tono más intimista y afectivo, comenzaba a mandarle caricias con su voz; tenía ese don de la descripción metódica, pausada, y tremendamente descriptiva e inmediata. A los pocos minutos las palabras de ella comenzaban a ser entrecortadas, casi susurros entre una respiración más agitada. El le describía la ensoñación de sus manos sobre su cuerpo, lo que hacía su boca entre sus piernas, como luego se erguía sobre ella, como se movía. Había un instante en que el teléfono solo intercambiaba un raro lenguaje de susurros -estremecimientos reales o fingidos-, mientras el se acariciaba, con la mirada perdida hacía el mar; viendo aquella ralla, clara y limpia, lejana y perfecta, como si la estuviera dibujado un niño.

1 comentario:

Noe Dominguez dijo...

Me gusta, Kenit. Es muy bueno; esa frase que decia algo así como: suspiros reales o fingidos... Es lo que tienen las relaciones virtuales: malentendidos que, a veces, no se sabe como reparar. Un beso.