martes, 16 de marzo de 2010

FRAILE


Habíamos ido a buscar aquel fraile al coche de línea a la parada del Xeixo. Cuando se bajó ya cantábamos canciones enseñadas por los maestros en largas tardes de invierno. Lo vi descender con su capucha en la espalda y aquella barba blanca, la cara huesuda de grandes pómulos y tez morena. Hicimos dos filas los niños a un lado, las niñas al otro. Don Anacleto -el cura- Sarandeses -el maestro- y el Fraile en el medio. Así caminamos primero por el tramo asfaltado de la carretera, y luego por la rampa pastosa y marrón recién mojada por la lluvia. Cuando pasamos por la casa del Zapatero, olía a mimosas, por la casa del Malio olía a pan recién sacado del horno, en la casa de Mayorazo olía el estiércol cargado en un carro, en la casa del Pico olía a hierba seca, y por todos los sitios que pasaba la comitiva espantábamos a los tordos que habían salido a beber el agua recién caída sobre huertas, losas y empedrados. Cuando llegamos a la iglesia olía a incienso, repleta de gente, y en silencio casi eterno. El presbiterio estaba tapado por una gran cortina de sabanas negras. Casi asustaba aquella sombra de popelín –moviéndose ligeramente- que tapaba el contorno pronunciado de la virgen del Carmen - tan graciosa- Nos dispusieron en fila para confesar, mientras sonaba el monótono coro del rosario. Mi fila estaba delante del confesionario del fraile. Y sólo quedaban tres niños mudaditos para llegar. Me subió un rubor frió, la sensación de repentino miedo. Estaba a una distancia de unos dos o tres metros. La tarde ya se notaba con luz apagada por las claraboyas del crucero. El fraile tenía su capucha bajada sobre la cabeza, y en su faz sólo se adivinaba un contorno oscuro y plano, roto algunas veces por una mueca de su boca, o por su barba blanca.
Me empezó a invadir el miedo.
No sabía qué decirle. Cuando llegué casi temblaba. Me arrodillé, y sentí su mano larga y fuerte que me abrazaba. Percibí un olor a tabaco de cuarterón, y su respiración dificultosa, resonando asmática, su barba contra mi cara, y su boca húmeda posada levemente sobre mi cuello.

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