martes, 9 de marzo de 2010

PUERTO DEL PICO


No sé por qué siempre vengo por aquí. Es una costumbre vieja de hace años, pasar por Ávila hacía Talavera de la Reina, y bajar las revueltas del puerto del Pico, viendo los empedrados de Gredos, y la calzada romana con sus angostas pendientes, mientras bajo despacio. Cuando está despejado se ve la amplia sierra. Los pueblos encalados al fondo que se van acercando. Hoy estoy descendiendo ensimismado, por el borde del petril, ajustando la raya central. Y voy pensando. Nada dispar de lo que ultimamente me obsesiona. Mi cabeza es una función teatral, pero el cielo está tan azul y es tan grande y tan lejano, que me apetece subirme a la grupa de las nubes. En estos instantes he llegado a la conclusión de que no tengo nada importante que hacer. Estoy llegando a la empinada curva del arroyo, -en el descenso es vertiginosa-. He pisado el acelerador a tope y he soltado el volante. Nadie me espera.

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