lunes, 12 de abril de 2010

ALMOHADA




La silla en que me siento a tú lado ya está desgastada.
Me gusta llegar rápido a casa para contemplarte, y poder darte besos. No quiero que llegue el atardecer y que estés sola. Ha sido tanto tiempo juntos, tanta pelea, que ahora eres como mi brazo, como mi pierna, o como mi corazón. Pero estoy tan triste porque creo que sufres y no te mereces esto. Y estoy triste porque no sabes quién soy, quien te aprieta la mano, quien te limpia la frente.
La silla en que me siento al lado de la cabecera de tú cama ya está gastada, algo sucia, de cuando aún podía reclinarte sobre almohadas, ponerte en postura de ser humano, alargarte cucharaditas de papilla de niño.
Pero ahora, cada vez que te contemplo entubada, con ese cansado respirar que te ata a lo que la vida significa, me da tanta pena que mis ojos intentan perderse en la penumbra de la habitación, tratando de no contemplar nada. O quedarme dormido a tú lado, sintiendo que aún palpitas, que aún desprendes calor, que tú vegetación es extrema e inanimada como una planta en el otoño.
Lo he pensado muchas veces, en el extremo opuesto de la desesperación, y me he dicho para qué, y por qué, siendo tan fácil arrastrar la almohada sobre tú cabeza, como ahora, y apretar muy suave, viendo como tus manos se encogen lentamente y se quedan abiertas como diciéndome adiós.

1 comentario:

Anita Noire dijo...

A veces esos gestos complicados, esos que parecen del horror pueden llegar a ser verdaderos gestos de amor. Pero imagino que para entenderlo hay que estar un poco loco. Yo pierdo la cordura a cada paso que doy. Me ha gustado. Mucho.