miércoles, 14 de abril de 2010

LA TRIPITA


Me dijo que se lo hiciese despacito. Eso para mi era un problema. No por que no me gustase. Es que con ese diapasón aguantaba mucho menos. A mi siempre me gustaba empezar con la boca anudando y anudando aquel cordelito de bramante y, cuando estaba todo preparado y húmedo , meter la tripita y, dar aquellos tironcitos, que eran como si dominase la situación, sin previo aviso, cuando estaba la tripita bien metida, y la postura era la adecuada, entonces el tironcito, entre violento y suave, moviéndome un poco hacia los lados, como le gustaba, y siempre susurrándole, cosas del día, mirándole a los ojos, sin mayor importancia, preguntándole cómo lo quería, como lo deseaba, para que entendiese que lo hacía para ayudarle a sentir toda la amplitud de la tripita. Muchas veces ella me cogía por atrás para darme más ímpetu, aumentar el ritmo, como ansiosa y, yo me sentía pequeñito, de tan amplia y lubricada como estaba, a decir verdad era muy suave, era como si me deslizase por la más entrañable viscosidad de aceites aromáticos y relucientes. Yo la sentía a ella. Llevaba un compás de suspiros y gestos no verbales, que me hacía adivinar el ritmo necesario, muy compenetrados, cuatro tironcitos suaves y un tironcito fuerte y seco, y a repetir, modificando el movimiento armónicamente acelerado, hasta que notaba su agitada respiración y, aquel estremecimiento sublime, abrazándome como si me quisiera para ayudarla toda la vida, porque hay que rendirse a la evidencia, la forma del movimiento, y la geometría de la introducción son las que marcan la pauta para hacer una buena serie de chorizos de Navelgas. Dar bien a la manivela es fundamental, aunque parezca absurdo. Su movimiento, ordenado y rítmico, evita que la masa forme grumos y, no entre uniforme en la tripita. Los chorizos siempre deben ser iguales, en amplitud y anchura. Eso se nota cuando los curas a humo lento de madera de roble y tarugos de castaño, colgándolos después en la bodega, con vueltas y vueltas, sobre varas de avellano, dejándolos olvidados a salvo de garduñas, por la cuesta de Enero arriba.

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