viernes, 2 de abril de 2010

OLORES


Mi padre queda en el pajar destilando orujo. Cuando marchamos de allí mi hermana y yo olían las uvas machacadas, el sarmiento, el roble quemado, y las manzanas maduras colocadas sobre la hierba seca. Bajamos corriendo por el prado hasta la compuerta de riego. Ahora veíamos el río Navia a nuestro mismo nivel totalmente manso, como si sobre su superficie hubiese papeles de celofán moviéndose lentamente. Bajamos la compuerta de madera, y el agua dejó de entrar en el canal con apenas medio metro de altura, luego abrimos un pequeño aliviadero al nivel del fondo, y una torrentera en forma de coleta empezó a bajar prado abajo. Cuando el agua fue disminuyendo de nivel comenzamos a ver sus lomos plateados moviéndose al trasluz, y cuando ya no hubo agua, las cinco truchas movían desesperadas su cola, abriendo una y otra vez la boca buscando el aire. Allí donde estábamos empezaba a olerse la madera podre de la ribera, y ahora el río tenía un tono verde y estaba completamente plano. Las truchas seguían muriéndose abriendo la boca muy lentamente. Fue una decisión inmediata, nos miramos a los ojos, cerramos el aliviadero, corrimos a la compuerta y la abrimos con rapidez. El agua entró de nuevo y las truchas comenzaron a mover la cola para escapar a la profundidad plateada del río. Luego caminamos prado arriba muy despacio, cuando entramos en el pajar, el orujo caía gota a gota dentro de una botella, y ahora si que olía el destilado, las manzanas, el roble quemado, y la hierba seca.

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