lunes, 5 de abril de 2010

HOTEL


Nada puede ser tan sutil como un ataque de melancolía. Llega tan despacio, tan apático, tan fatigado, tan lleno de sopor acumulativo, que va creciendo como las dunas del desierto. Esta melancolía de la que te hablo está reservada a los mortales como yo, dejándonos el alma al descubierto como los pechos de los santos parroquiales, para que la lluvia los azote, para que el viento los roce con su penoso silbido, para que el sol los diluya en las tardes de solano. Pero a los melancólicos nos gusta la oscuridad, escuchar en el lecho que el tiempo no pasa, para que el pensamiento no sea medido y pueda viajar recreándose entre la escasa claridad de las cortinas, entre el abismo del techo y mis ojos abiertos como puños, o entre mis ojos y el cristal reflejado como una mueca viviente en la pared. Y es que hoy debo acordarme de ti otra vez, de una hora cualquiera entre las interminables horas en que descubrías mi cuerpo, entre todos los cuerpos moribundos y, te quedabas aquí, tan feliz, a mi lado, en el sopor de la siesta, desnudos sobre las sombras que nos arropaban; y es que te sueño ahora y, estás aquí conmigo, tan real y tan lenta, tan abrazados y atados a la costumbre de esta hora secreta, en este hotel trasiego de viajantes y seres llenos de secretos. Tú y yo escondidos de las miserias, por enésima vez abrazados en tierras neutrales, entre el abismo y la sensación del miedo al cazador furtivo, de tan absolutamente indefensos que estamos, esperando que alguien tire la puerta abajo, y nos dispare su ira. Pero no es nada. Ahora mismo mi boca está buscándote abierta y desesperada, para respirar dentro de ti, y sentir tu extraña suavidad, reposando mi cabeza entre tus piernas, oyendo cercano a mi tus frases apasionadas, sintiendo tus manos acariciando mi cabeza, y el estremecimiento, el estertor entrecortado que te lleva hacía una nube, para regresar no siendo nada, absolutamente nada, diciéndome tantas y tantas veces que me quieres.
Y hoy presiento que nunca llegarás, analizo los sonidos tras la puerta, y pasa todo el mundo, todos los sonidos que otros días no pasaron .Hoy ya sé que no vendrás a este lado del secreto. Y mi corazón empieza a quedarse dormido. Y mi sangre ya no es mía, es un arroyo que va hacia la puerta a dar la alarma de que me muero, mi amor, queriéndote tanto.

1 comentario:

Anais Nin Anais dijo...

Que decir Kenit, nuevamente me sorprendes. Deja que mi alma indómita aliente tu desgarrador dolor. Que mi condición de diosa mortal llore por ti, y que mis lágrimas calmen la sed de tu penar y expien tu suplicio.
Dejamé que abra tu ventana y sea la luz de tu mañana, para que encuentres paz, sosiego y calma. Dejamé lamer tus heridas y así devolver a tu vida un atisbo de color.