sábado, 1 de mayo de 2010

ZAPATILLAS


Cuando vivía mi padre, yo solía poner un magnetófono con una cinta de guitarra, y me acostaba encima de la cama a escuchar las guajiras, o unos tarantos a ritmo de zambra, hasta que me quedaba dormido.
Ahora estamos mi madre y yo solos y la sigo poniendo, y me sigo quedando dormido tan fácil como antes, no siento ni un susurro por la casa, y las tardes se caen encima con un sopor de muerte, quedando la luz reflejada con figuras grotescas en todos los flancos de la pared.
Un día abrió la puerta de la habitación mi madre y yo también abrí mis ojos, hasta ese punto imperceptible en el cual se puede ver sin darse cuenta el que es mirado, de esa forma la observé, su caminar cansado, sin ruido; traía en las manos unas zapatillas de color añil que posó al lado de la cama, alejándose de nuevo, de la misma forma que vino, procurando ir despacio, arrimando la puerta con un gesto delicado.
Sonaban por aquellos instantes, unos lamentos mineros con unas vueltas que amodorraban los sentidos. La tarde también era silenciosa, sumisa a la existencia y poco dada a la lucha. A mi llegaban sonidos de la calle, lejanos griteríos de niños.
Fue entonces cuando sentí el olor de las zapatillas, era gomoso, como a amoniaco; me fue tan familiar aquel olor, que de un golpe comprendí su historia, de improviso quedé despierto, vivo.
Me di la vuelta y me puse a mirar hacía arriba .Ante mi estaba el techo rasgado de hendiduras, riachuelos de mapa que lo atravesaban transversalmente. En la mesita el magnetófono emprendía una inspiración andaluza, y en el suelo aquel olor a medicamento, que me recordaba a mi padre. Eran de el aquellas zapatillas.
Más de una vez había reñido con mi madre,- no quiero ponerlas, esas zapatillas, no- Tuve intentos de levantarme para abrir la ventana y tirarlas a unos matojos que crecían a dos palmos, al otro lado de la pared. Pero me quedé allí soportando aquel olor engomado, úrico, lleno de presagios y con tantos recuerdos de mi padre antes de su muerte. Mientras a mi cabeza retornaban recuerdos y recuerdos de largas noches de enfermedad y sufrimiento.
En el magnetófono quizás sonaban unas seguirillas con compás lento, muy largo y muy pausado.Yo seguí mirando largamente al techo, hasta que me quedé dormido.

1 comentario:

LOSTTOTHERIVER dijo...

Hay olores que, para bien o para mal, nunca se olvidan. La memoria olfativa es poderosa. Buena noche.