martes, 25 de mayo de 2010

DIGESTOR


Por circunstancias que desconozco este sueño se repite en mí con cierta frecuencia.
No puedo determinar si es de origen orgánico, o puede obedecer a alguna oscura profecía hacía mi persona. Por un extraño fenómeno natural me siento “abducido” a mi mismo mientras estoy comiendo una manzana. Dijérase que comienzo en un estado de “obnubilación” y acabo como simple pulpa jugosa y estirada por mis dientes.
Para esto que os quiero contar no es necesario muchos conocimientos técnicos del trayecto gastrointestinal; todo lo que veo consiste en un túnel lleno de suaves limos y olores nauseabundos, entre extrañas oscuridades y biliosos ácidos corrosivos. Estando aquí, dentro de uno mismo, el significado espiritual no tiene sentido -quizás lo angustioso del largo viaje, y las impresiones aportadas, que pueden ser desazonadoras-. No caminas, reptas; no descansas, eres obligado a deslizarte; formas parte del camino, y eres como una serpiente que se desplaza en todas las posiciones posibles. Del alimento original no queda nada, es destrozado por baños de jugos y ruedas que le dan vueltas, mazos que lo machacan, manos que lo exprimen entre heridas abiertas que rezuman sangre- todo eso lo observo sin que a mi persona le pase nada-. El gran digestor: destroza, comprime, exprime, disuelve, extrae; y genera detritus en una secuencia fabril agitada e interminable. Nada escapa a esta “lindez”, que por un raro axioma forma parte de la filosofía existencial. Es como si fuese engullido por la vida en el más estrafalario de los escenarios; como si fuera fagocitado abriéndome hacia dentro, para devorarme a mi mismo, quitando el mal sabor que le doy a mi boca, mezclándome entre la pulpa de una simple manzana.