lunes, 10 de mayo de 2010

INJERTO


La tarde estaba plomiza y muy fría.
Cuando subía al desván a buscar las púas sonaban los badajos de las máscaras de carnaval dando vueltas al tejo de la iglesia.
Siempre meto las púas de cerezo entre un hueco de las losas del tejado, allí les entra la ventisca y las conserva frías. De las doce que tenía, seis eran de reiner, me gustan las cerezas rojas, y las de reiner son grandes como puños y aguantan bien las granizadas. Cuando bajé a la cuadra a buscar el saco de boñigas de vaca, los badajos habían parado; ahora sonaban las pedradas sobre las campanas. Y cuando salí hacía Pena Moura caían algunas gotas de lluvia y el cielo casi se tocaba por las laderas de Sacho. Según subías había niebla baja que corría despacio ,y el camino estaba muy mojado, con muchas telas de araña brillando sobre los brezales.
Iba pensando que los injertos del año pasado fueron de yema y que ólo prendieron cuatro de tragana y uno de guindo, así que este año metería púas de reiner, que aunque es más insípida es bien dura aguantando las granizadas. Ahora ya iba metido por la niebla que me arropaba y me hacía invisible; sobre la loneta de la chaqueta de mi impermeable había gotas finas que chorreaban. Cuando abrí la cancela apenas apreciaba los cerezos, los más cercanos parecían extraños seres encantados, difuminados. Empecé por uno pequeño que tengo al lado de un peñón de cuarzo blanco que sobresale de la yerba; serré una rama vertical de unos cuatro centímetros de espesor, con la corteza limpia, y le hendí cinco centímetros la navaja, quedó lisa, y le metí la púa en forma de espita
- la púa tiene que estar muy fina y plana-, la até con bramante bien apretada y le envolví cuatro tiras de arpillera de saco de patatas, luego más bramante y el puñado de boñiga por encima y otra vez arpillera. Cuando acabé los seis cerezos casi era atardecida; ahora la niebla parecía una nube que naciese del suelo, y la lluvia era fina y densa. No se veía ni la cancela de salida, no sonaba ningún ruido de animal, y el viento no existía, sólo percibía mis pasos rozando sobre la yerba resbaladiza. A duras penas encontré la cancela para comenzar a bajar de nuevo por el camino embarrado.
Estaba llegando a los robledales de Nabalois, cuando sentí el sonido de aquel badajo, parecía acercarse hacía mí, pero no había ruido de pasos, lo que me pareció muy extraño. Disminuí mi marcha tratando de no hacer ruido, y entonces vi aquella figura cada vez más nítida que se acercaba, y que avanzaba por el borde del camino. Me quedé parado arrimando a una pared de señal repleta de zarzales. La vi pasar despacio. Los badajos se movían por arte de magia, y sonaban a ritmo de campana de difuntos, la figura iba tocada con saco emborcado sobre la cabeza, vestido con un traje haraposo de mortaja, sobre su cara una careta de cartón sin nada dibujado, sólo la abertura de los ojos y la nariz. Cuando pasó a mi lado levantó su mano y me mostró una soga de pita bien enlazada con nudo corredizo, y en uno de sus bolsillos vi asomadas seis púas de cerezo. Cuando se giró nuevamente para seguir su camino, comprendí de repente que aquellos ojos cansados que me habían mirado, eran como si fueran mis ojos que ahora penaban eternamente..., injertando yemas y púas, para después ahorcarme de nuevo sobre el chupón de un cerezo tardío en las praderas de Pena Moura, entre la niebla y la ventisca; todas las tardes de carnaval de todos los años venideros, asustando a mascaras y feligreses, porque hago sonar las campanas a muerto, atinando pedruscos desde la pilastra del poyo, aquí al lado de la iglesia.

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