lunes, 31 de mayo de 2010

VELATORIO


Por lo poco que sé de aquel suceso, las cosas ocurrieron sobre las dos de la mañana de un mes de agosto, de hace cuarenta años. Estaban velando al muerto en la casa de Desiderio, era su abuelo, el Tuerto de Quiñones, con la caja posada sobre la artesa, en el salón de la galería que estaba encima del ganado. Allí había muchas enredaderas de pino, me acuerdo bien de aquel salón con las paredes ahumadas por la antigua cocina de leña, y el olor a estiércol que llegaba de la cuadra. Allí se calendaban de seis en seis pasándose de vez en cuando la botella de orujo. El milagro pasó, como digo, un poco antes de las dos. Los que estuvieron allí dicen que la luna casi se tocaba, y que fuera, por la cornisa, las golondrinas se arrumaban sin casi caber en los nidos. Dicen que tenían una torda y dos pintas en la cuadra, además de conejos, un borrico, y dos mulas de arrastre para la madera, y que puede que hubiese más vida allí, (gallinas también las había, y si eran las dos de la mañana puede que alguna jineta, acechadora, hubiese bajado de los bosques de la Grova).
Cuando se acababan de pasar la botella, el Tuerto tiró aquel pedo estruendoso y se quedó sentado en la caja, y abajo en la cuadra se montó un guirigay de dos pares ,increíble, y las golondrinas salieron todas hacia el resplandor que dejaba la luna en el río. Y los que estaban allí velando salieron despavoridos cada uno hacía un sitio sin encontrarse los unos a los otros, porque el miedo tiene esas cosas -da más miedo si te encuentras con otro que tenga miedo-; mientras que el Tuerto se fue cayendo hacia atrás, para quedarse de nuevo con las manos cruzadas, y el pañuelo de mortaja envuelto en la cara como si simplemente tuviera un flemón de muelas; y es que dicen los que lo vieron antes de tapar la caja, que se había quedado de un natural, que se había quedado incluso con color, como si estuviera vivo; quitando lo de aquel ojo , casi abierto, que te miraba desde cualquier lugar en que quisieses ocultarte.

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